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Víctimas y culpables

20/02/2016 04:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hasta donde yo conozco, no existe tal cosa como la fobia a la violencia. Y en cierto modo tiene su lógica, ¿cómo iba a existir tal cosa? Toda nuestra sociedad encajaría con tal diagnóstico

Existen un sinfín de fobias raras. A las personas, a los espacios cerrados y abiertos, y a los objetos más pintorescos. Todas médicamente adornadas con un término de raíz griega que le confiere el empaque requerido para toda patología psicológica.

Sin embargo, hasta donde yo conozco, no existe tal cosa como la fobia a la violencia. Y en cierto modo tiene su lógica, ¿cómo iba a existir tal cosa? Toda nuestra sociedad encajaría con tal diagnóstico. Desde nuestro punto de vista la violencia propia del medio natural es un mal a evitar. Al menos la violencia física en su expresión más directa.

La sociedad se ha dotado de medios mucho más refinados y del monopolio de ejercerla. No sólo del modo más evidente, através de leyes más o menos justas, si no a través de los reglamentos que rigen los intercambios económicos que a la postre son, a día de hoy, la forma de violencia más extendida en las sociedades que gustan definirse como avanzadas.

El resultado es mucho más parecido del que cabría esperar a tenor de la diferencia en los medios para ejercerla. Muerte, sometimiento, esclavitud. Todo ello sin que nadie tenga el mal gusto de dar un golpe sobre la mesa. En caso contrario siempre hay una celda dispuesta a contener tales expresiones tan contrarias al orden social establecido. La violencia, nos enseñan, es inaceptable. Por lo menos del modo en que emana del propio individuo.

Crecemos por lo tanto educados en una aversión hacia tales conductas que podrían encajar con los requisitos para otras fobias. La violencia justificada en el mundo de hoy se resume en las guerras que emprenden los estados unos contra otros y la que aplican hacia aquellos ciudadanos que de un modo u otro transgreden las reglas. Y una más: la legítima defensa.

Nada más lejos de mi intención que hablar en defensa de tales conductas. De hecho, aunque por cualquier motivo quisiera realmente hacerlo, es posible que estuviera contraviniendo alguna legislación que regula para este caso específico la libertad de expresión. Por lo tanto no hay sólo un veto activo hacia tales conductas sino también hacia cualquier amparo o defensa de estas. No deja de ser paradójico de todos modos que en la inustria del entretenimiento la violencia, y en muchos casos desaforada, tenga un papel clave. Al final es algo arraigado tan hondo como el propio instinto de supervivencia en los animales que seguimos siendo.

No abordaré aquí más que tangencialmente el papel de la violencia ejercida mediante organismos estatales, mi intención es más bien indagar en algunos casos de violencia producida por individuos concretos en momentos concretos. Y es importante no confundir en ello el análisis de las causas con la justificación de tales conductas. No creo en las conductas irracionales. No creo que existan. Existen en cambio razones torcidas, desviadas, equivocadas. Y de hecho es únicamente desde el análisis de las causas desde donde poder prevenir y evitar tales conductas, tales acontecimientos.

A grandes rasgos se pueden dividir dichos eventos en dos grandes grupos. Por una parte hallaríamos crímenes y sucesos que se enmarcan dentro del terreno de las psicopatías y similares. En el otro lado podríamos situar a las acciones derivadas de la lucha armada y actos terroristas. En el caso de los primeros la repulsión social que despiertan es absoluta. Si ya nos produce cierta fobia el uso de la violencia, su uso arbitrario por parte de un individuo sin ningún respeto por la libertad del resto es totalmente abominable. Poco más allá se sitúan las acciones de grupos terroristas o similares. Aún sin compartir ninguna de las razones que puedan impulsar tales actos, somos capaces de distinguir un cierto razonamiento tras ellos. Aún así, la repulsa roza poco menos que el absoluto anterior en la mayoría de casos. De hecho la propia ley ya limita el ámbito de la opinión en tal sentido.

Volviendo al primer grupo, asociado frecuentemente con lo que definimos como enfermedades mentales, vemos casos que se reproducen con cierta frecuencia. Los metemos en una cajón con un letrero de alguna patología psiquiátrica, lo cerramos, y seguimos con nuestras justas vidas. ¿La causa? La enfermedad mental, sin duda. Es el individuo el que crea un grave problema en la sociedad y esta se defiende con su arresto y encarcelamiento o tal vez abatiéndolo en su detención, si es que no se suicida antes. Vale la pena mencionar que la llamada violencia de género se situaría en esta zona.

Tenemos a alguien con algo en él que está mal y por motivos irracionales actúa en un modo del que la sociedad se defiende. Y desde luego es una desgracia ir a recoger a un hijo al colegio y hallar la noticia de su fallecimiento. O enterarse por la televisión de que un familiar ha muerto a manos de su pareja, o de un desconocido o tal vez que ha desaparecido sin dejar rastro. Las razones de la sociedad, que son sin duda las correctas, siempre las conocemos. Nos es imposible comprender en un sólo ápice las de la otra parte. No hay nada que justifique tal violencia, en absoluto.

Al parecer no somos capaces de entender motivo alguno tras dichas situaciones que no quepa en ese gran cajón que es la psicopatología. Y eso, huelga decir, invalida cualquier razón, ya que las razones de un loco, no son razón alguna, por lo menos ninguna válida. Al menos esa parece ser la manera en la que digerimos tales desgracias. Es tal vez la forma más aséptica de, mejor o peor, poder seguir con nuestras vidas. Cerramos el cajón, del mismo modo que la puerta de la celda, y tiramos la llave. Hay sitios donde saben como tratar con ese tipo de personas.

Asumimos que, dado que sus razones no nos resultan válidas, su cerebro funciona mal, y una lobotomía farmacológica servirá al menos para que dejen de ser una amenaza para los gestores de su reclusión. Esa es la manera en que se lidia con estos casos. Ahora bien, si vamos a asumir que la génesis de tales conductas se sitúa en el marco de la psicopatología parece sensato abordar sus causas. Aunque aquí estás el punto donde los hechos se pueden empezar a tornar inconvenientes.

El discurso actual de la enfermedad mental como causa de tales episodios centra el 100% de la responsabilidad en el individuo. El motivo de esto y de la lectura que se da a tales acontecimientos es sencillo y claro. Desde que las personas que disfrutan de existencias prósperas en nuestras sociedades son las que elaboran el discurso dominante, son los individuos los responsables de sus éxitos (fundamentalmente los suyos) y de sus fracasos (generalmente de los de peor fortuna).

Así que el mecanismo que opera como una despreocupada y negligente forma de desprenderse de cualquier responsabilidad como colectivo. Este mecanismo funciona exactamente en los mismos términos en el marco económico y no por casualidad. Así que es fácil prever que la ciencia promovida por lo que podemos denominar abiertamente stablishment va a ir siempre a buscar las causas de tales enfermedades (y por lo tanto de los desafortunados acontecimientos vinculados a veces a ellas)  en los genes, en la herencia exclusiva del individuo que éste, a diferencia de otros, no ha sabido gestionar.

Poco se van a esforzar en promover el análisis de los factores de entorno y las enormes presiones que de él se derivan, y que cuestionan en numerosos casos ya no la prosperidad del individuo, sino su propia supervivencia. La humillación contínua, la falta de alternativas y en definitiva la gran injusticia que es para muchos el presente sistema socioeconómico. Por una parte es natural, los que deciden el enfoque de la cuestión nunca han conocido tales circunstancias. Por otro lado hay una negación sistemática de la injusticia que el sistema es para tantos otros, fundamentada básicamente en el hecho de preservar una serie de privilegios económicos.

Se comprende que algunos se lleven las manos a la cabeza preguntándose ¿cómo ha podido suceder algo así? ¿qué clase de persona es capaz de eso?

Así que por una lado, cuando suceden tales desgracias, se comprende que algunos se lleven las manos a la cabeza preguntándose ¿cómo ha podido suceder algo así? ¿qué clase de persona es capaz de eso? y cuestiones similares. Ciertamente, algunos no lo comprenden. Lo desconocen. También es cierto que desde esa posición la vida es mucho más cómoda, y para qué atender asuntos desagradables que sólo conciernen a los demás y no le afectan a uno. En el momento que, a través de tales situaciones, empiezan a afectarle a uno, entonces es cuando se lleva las manos a la cabeza. Eso dice bastante de nuestras sociedades.

La sociedad por lo tanto, desde el discurso dominante no asume aquí responsabilidad alguna. Tales actos parecen obedecer a algún tipo de lógica termodinámica en el que las responsabilidades retornan de algún modo a su origen. Lo que nos resulta tan desgarrador es la muerte de inocentes tan desconectados de la génesis del problema. Esa es prácticamente la definición de injusticia. Pero, realmente ¿están esos inocentes (hasta que se demuestre lo contrario) tan desconectados de las causas del citado problema? ¿no son acaso parte integrante de los engranajes de la sociedad que genera tales episodios?

La cruda verdad es que no se recoge más que lo se siembra. Pero no sólo a nivel individual, como nuestras prósperas clases dominantes contemplan su éxito desde la autocomplacencia, no. También a nivel colectivo. Evidentemente, en las cabezas de los individuos que pierden la razón hasta los extremos de llevar a cabo tales actos, los motivos jamás se presentarán de este modo. Aparecerá probablemente algún odio exacerbado de género, raza, religión u orientación política. El individuo se siente agredido pero carece por lo general de la capacidad de identificar a su agresor de un modo preciso y todas la humillaciones y explotación acumuladas a lo largo de su vida van tomando forma concreta en una identidad a la que combatir. Se fabrica al adversario que no puede identificar para poder dirigir su odio. Se va fraguando lentamente una figura contra la que arremeter y lamentablemente, todos y cada unos de nosotros nos hallamos inmersos en ese proceso en mayor o menor medida.

Lo cierto es que la sociedad es en gran medida un campo minado. Todos somos en cierto modo bombas de relojería. Por supuesto habrá individuos dotados de forma natural de una mayor propensión a la estabilidad, igual que entornos más proclives a ella.

La principal fuente de violencia en nuestro entorno es producto directo de los intercambios socioeconómicos. Esa violencia, no se puede hacer desparecer, es simplemente transmitida y se va acumulando de forma inversa a lo que entendemos por bienestar. Y el exceso en la acumulación de esa violencia estalla esporádicamente en acontecimientos como los que se han venido describiendo. Carencias materiales, afectivas, de expectativas, Hay una fuerte interrelación entre ellas y forman parte del caldo de cultivo necesario.

En términos económicos es mucho más barato meterlo en el cajón de las psicopatologías y que, los que le pusieron la etiqueta con tal nombre al cajón, puedan continuar con sus prósperas existencias a pesar de algún episodio lamentable. No hay por lo tanto intención alguna de dar una solución de fondo a la cuestión en cuanto a los costes que ello supone. Eso es, renunciar en gran medida a los privilegios de clase. Es mucho más rentable gestionarlo mediante la represión violenta de lo que es a la postre una dinámica natural.

Más allá de la razones desordenadas, muchas veces incongruentes, de lo que hemos catalogado como enfermedades mentales (y sin duda las hay y hemos visto que factores las desencadenan en muchos casos) habíamos identificado otro subgrupo. En él se engloba lo que podemos entender como terrorismo o actividades afines. A pesar de que el desde el discurso dominante se efectúa una deslegitimización total de las razones que pueda haber tras tales actividades, no es difícil apreciar que aparecen algunos motivos hilvanados, razonables en mayor o menor grado. Estaríamos pasando de lo que era la sinrazón a las razones equivocadas. Entonces, no es casual la correlación aquí de dichas actividades con la esfera política, que no es más que ordenamiento socioeconómico.

Sigue dándose aquí también el fenómeno de la fabricación del enemigo, aquel al que devolver el golpe, pero probablemente con algo más de tino. No en el caso particular, por supuesto, sino en el general, en el que de hecho se está atacando a un sistema mediante la violencia para sustituirlo con otra propuesta que al final es política.

El sistema, que ha dispuesto la política más como garantia de inmovilismo que como mecanismo de cambio, apoyado por el stablishment, que considera vivir en una sociedad mucho más justa de lo que es, a tenor de sus propios éxitos, se defiende con todos los medios a su alcance tratando de reconducir cualquier iniciativa de cambio violento a la dispuesta vía muerta de la política.

La condena de la violencia efectiva, es absoluta. No así de la violencia estructural inherente al propio sistema económico, que el discurso imperante representa como una remuneración justa al esfuerzo de cada uno.

De ahí la importancia de desplazar la violencia al terreno de la psicopatología. El sistema es justo y cualquier tentativa violenta sólo puede hallar razones en una mente enferma. De hecho para el sistema la única forma vagamente aceptable de violencia es hacia uno mismo en la forma de suicidio. Y aún así es lamentable, pues cada individuo aporta su cuota para nutrir la prosperidad del establishment mediante los mecanismos económicos defendidos por todos los medios.

Es precisamente esa violencia estructural, sostén de la clase dominante y opresión de los muchos, la que sitúa otras formas de violencia en un terreno cercano al de la legítima defensa. En algunos casos articulada en violencia con fines políticos y en otros casos individuos que sucumben a sus propias debilidades y a las presiones del entorno, en este último caso más en forma de reacción refleja e inconsciente. Al final la verdad incómoda es que, colectivamente, todos somos víctimas y culpables. Los culpables tienen mucho de víctimas, y las víctimas, también tienen, como tenemos todos, algo de culpables.

No se trata de equiparar responsabilidades, ni mucho menos. Se trata de desmontar el discurso dominante del stablishmente en que la responsabilidad es exclusiva del individuo, como si este se tratara de una parte aislada de la sociedad. Ese discurso donde sus éxitos personales se muestran como los éxitos colectivos de la sociedad y los fracasos son responsabilidad exclusiva de los individuos. Son, sencilla y literalmente, como el sistema socioeconómico demuestra de modo objetivo, unos irresponsables.

Vuelvo a repetir, y lo subrayo con toda sinceridad: no hay en estas líneas defensa alguna de conductas violentas. Personalmente entiendo que no puede ser el camino que conduzca a algo mejor. Lo que sí hay, espero, es un análisis de sus causas desde un punto de vista distanciado del discurso dominante que parece no tener ningún interés en reconocer determinadas razones.

Y lo que busco con ello no es desde luego paliar dolor alguno, no creo que haya palabras para ello, pero sí por lo menos que las manos no se vayan a la cabeza preguntándose ¿cómo es posible? y poder vencer la absoluta repulsión hacia lo que no somos capaces de comprender. Aunque, como suele suceder, la sabiduría popular va muy por delante de los análisis más fríos y desapasionados. Y es que en realidad ya sabemos todos que cuando alguien se pregunta ¿por qué pasan estas cosas? la respuesta correcta es: porque el mundo es una mierda.


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