Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Mi Pequeña Aportación escriba una noticia?

Sobre la memoria histórica

19/02/2016 05:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se trata de un problema no resuelto, que puede empañar la convivencia entre españoles, y que, seguramente, no se resolverá solo, únicamente con el paso del tiempo

Hay algunos ciudadanos que se indignan y escandalizan porque se quitan placas u otros elementos que conmemoran a personas que fueron asesinadas por “los rojos” durante la Guerra Civil de 1936-1939. Estos ciudadanos indignados, parecen olvidar que los familiares de aquellos que fueron igualmente asesinados por “los nacionales”, ni siquiera han tenido la oportunidad de instalar recuerdos análogos, hasta que se empezaron a implantar las actuaciones de la llamada “Memoria Histórica”.

Así como están documentadas situaciones en las que se produjeron, en las primeras semanas de la Guerra Civil, muertes de personas pertenecientes al clero, o militantes y simpatizantes de partidos conservadores, o “de derechas”; también lo están las muertes que tuvieron lugar, durante el transcurso de la guerra, con ocasión de la “liberación” de pueblos, ciudades, o territorios, y que afectaron, en estos casos, a personas afiliadas a sindicatos de clase, o a militantes y simpatizantes de partidos progresistas o “de izquierdas”.

Una vez concluida la Guerra Civil, fundamentalmente durante los primeros meses después del final de la contienda, el bando vencedor realizó operaciones de depuración que aumentaron el número de muertes y desapariciones entre las personas que fueron consideradas ligadas de forma significativa al bando derrotado.

En los primeros años de la posguerra, las organizaciones afines al bando vencedor de la contienda, algunos de cuyos integrantes habían muerto en las condiciones mencionadas, así como los familiares de dichas víctimas, y, también, las instituciones del Estado o las municipales, hicieron instalar elementos conmemorativos en muchos lugares del territorio español. Recuérdense, por ejemplo, los monumentos “a los caídos” en muchos pueblos y ciudades, que incorporaban una relación nominal de los vecinos de la población que habían muerto combatiendo, en el bando vencedor.

Sin embargo, los familiares de las víctimas que habían combatido contra los vencedores, o habían pertenecido a organizaciones consideradas por ellos como enemigas, no pudieron hacer lo mismo. Evidentemente, tampoco las organizaciones en las que se habían encuadrado pudieron hacerlo, pues fueron declaradas ilegales y, por ello, no disponían de ninguna capacidad para actuar. Esta situación se prolongó durante más de 40 años, hasta el final de la transición política española, en 1982. Por otra parte, tampoco era posible, en la inmensa mayoría de los casos, determinar el lugar en el que emplazar un eventual elemento conmemorativo, para honrar a esas víctimas, pues nunca nadie dijo a los afectados dónde se hallaban los restos de sus familiares muertos. Más tarde, se ha sabido que muchas de estas víctimas fueron enterradas, de forma ilegal, en bosques, cunetas, fosas comunes, campos de trabajo, junto a tapias de cementerios, etc.

Tuvieron que transcurrir todavía 25 años más hasta que, en 2007, se promulgó la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, conocida como “de memoria histórica”, para que se empezara a plantear la posibilidad de equiparación en el tratamiento de las víctimas de ambos bandos de la Guerra Civil. Esta Ley ha suscitado sentimientos opuestos en las personas ligadas ideológica o sentimentalmente a cada uno de los dos bandos protagonistas de la contienda. Así, mientras para algunas personas con inclinación hacia el bando republicano, la Ley es insuficiente en su alcance; otras personas, proclives al otro bando, la han calificado de innecesaria, revanchista, e, incluso, como recoge Wikipedia: un intento [de reescribir la historia, ] para “ganar la guerra civil” (Luis María Ansón, 4 de octubre de 2005).

Por lo que respecta a los elementos conmemorativos de las víctimas de la Guerra Civil, y de la posguerra, tal vez lo más sensato sería no intentar borrar los recuerdos establecidos por el bando vencedor, sino, más bien, en todo caso, procurar instalar también placas y otros elementos conmemorativos de las víctimas causadas por ese mismo bando, y por supuesto, recuperar los restos de esas víctimas, cuando sea posible, y razonable.

Respecto a los nombres de calles, y otros elementos conmemorativos, que recuerdan a actores individuales destacados de la Guerra Civil (de ambos bandos, como es natural), se debería de perseguir la búsqueda de un consenso entre los ciudadanos.

No se trata de borrar los recuerdos establecidos por el bando vencedor, sino de instalar, también, elementos conmemorativos de las víctimas causadas por ese mismo bando  

Ese consenso podría alcanzarse, por medio de un procedimiento enmarcado en el ámbito de la Democracia Participativa, basado en votaciones.

Puesto que el número de calles y monumentos que se podrían dedicar a este fin es, necesariamente, limitado, sería preciso decidir, para empezar, cuantos nombres, en total, se han de tener en cuenta. Para ello, se podría solicitar a los ciudadanos una propuesta de los nombres de las personas que sería necesario incorporar, la mayoría de las cuales, lógicamente, habrían militado en el lado republicano. Se tomarían en consideración, también, los nombres de las personas, con significación en las etapas franquistas, que actualmente están recogidos en el callejero, y en la relación de elementos conmemorativos.

Se podría establecer un número mínimo de votos a favor de cada nombre o elemento, para que pueda ser tomado en consideración en la propuesta final. En todo caso, sería, sin duda, ilustrativo, conocer cuántos votos a favor hay para cada caso y deducir, a partir de este dato, el verdadero interés de la ciudadanía en recordar a ese personaje o individuo concretos. Por supuesto, el hecho de tener pocos votos, en principio, no debería de hacer que se ignorase al personaje automáticamente. Por ello, habría de actuarse con generosidad en la elección del número umbral de votos, estableciendo un valor lo suficientemente bajo para no eliminar todas las opiniones minoritarias, y lo suficientemente alto para que el número de nombres y elementos a tener en cuenta sea razonable.

Habría, de esta forma, una especie de “nota de corte”, o “númerus clausus”, según los cuales, por un proceso que evoca al de selección natural, los elementos conmemorativos o personajes con menos de ese número de votos no serían tenidos en cuenta. Eso sería de aplicación, tanto para los nuevos nombres o elementos que se propongan, como para los que ya estaban instalados, respecto a los que sería preciso decidir si se mantienen, o se suprimen.

A partir de esa información, se podría elaborar una propuesta concreta sobre lo que se plantea hacer, y volver a pedir, de nuevo, la opinión a los ciudadanos, para que se manifiesten sobre cada uno de los casos. En esta segunda “ronda”, sería adecuado un criterio de mayoría simple: cada nombre o elemento que cuente con más del 50% de votos a favor, sobre el total de los emitidos en relación con ese caso, será mantenido, si ya estaba instalado, o será incorporado, si no lo estaba. Como es natural, los elementos que no obtengan el voto favorable, según este criterio (es decir, los que obtengan menos del 50% de los votos), no serán instalados, si son nuevos, o serán eliminados, si ya estaban instalados.

El proceso que se sugiere en este texto, es laborioso, pero, con los medios de que se dispone en la actualidad, es posible y, probablemente, la ocasión lo merece.

Naturalmente, este proceso habría que llevarlo a la práctica en cada municipio, considerando, como en unas elecciones municipales, las personas con derecho a voto en cada uno de ellos.

Tendría que haber, también, un compromiso firme de todas las fuerzas políticas, en el sentido de que, una vez finalizado este proceso, todas las formaciones renuncian, de forma explícita y permanente, a la posterior revisión de las decisiones adoptadas por la ciudadanía.

La actuación en este sentido, sería, tal vez, la mejor forma de cerrar el asunto, de una vez por todas. Las personas que decidan no votar habrán renunciado a su derecho a opinar, y, por tanto, a criticar el resultado. Las personas que, efectivamente, participen aportando sus votos, en el sentido que consideren oportuno, deben de asumir el compromiso de aceptar el resultado de la votación democrática, tanto si dicho resultado coincide con sus deseos, como si no es así.

 


Sobre esta noticia

Autor:
Mi Pequeña Aportación (23 noticias)
Visitas:
3326
Tipo:
Opinión
Licencia:
Distribución gratuita
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.