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Reelección en América Latina: No es fácil dejar el sillón presidencial

14/06/2013 16:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La reelección presidencial en varios países de América Latina es vista con recelos por quienes temen una vuelta de las dictaduras o del fenómeno del caudillismo. Para otros, facilita el tiempo necesario para hacer trasformaciones sociales duraderas.

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El Tribunal Constitucional de Bolivia acaba de allanarle el camino al presidente Evo Morales para que acceda a su primera (o segunda, según se mire) reelección. El primer mandatario indígena pretende así presentarse a los comicios de 2014 con el ánimo de seguir aplicando su programa de transformaciones sociales.

En reciente visita a España, el presidente del TC, Ruddy Flores, declaró que es perfectamente legal que Morales opte por ocupar la silla presidencial una vez más, pues su primer mandato, comenzado en 2006, no había sido completado cuando, en 2009, se sometió a referéndum una nueva Constitución y se refundó el país como "Estado Plurinacional de Bolivia". Las elecciones de 2009, en las que Morales resultó vencedor, serían en tal sentido las primeras, por lo que no habría que contarle el período entre 2006 y 2010 como un primer tiempo.

Según el magistrado, la Constitución no es "de aplicación regresiva". Sin embargo, la singularidad del caso estriba en que en 2008, para que los parlamentarios de la oposición acabaran de dar luz verde a la entonces nueva Carta Magna, Morales aceptó la inclusión de una disposición transitoria en el texto, la 1.II, que estipulaba lo siguiente: "Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones".

El propio Evo Morales aseguró entonces, celebrando el resultado, haber renunciadoa ser "reelecto por segunda vez, para que vean que no soy egoísta". "Donde dije digo...".

De cualquier signo político

La reelección se ha vuelto práctica común en muchos países latinoamericanos, los cuales, a poco de salir de las dictaduras que asolaron el continente, tomaron "precauciones" constitucionales para alejar la tentación de algún político de postularse una y otra vez al primer puesto.

México, al término de los casi de 30 años del Porfiriato (entre finales del XIX y principios del XIX), desterró de sus normas electorales la posibilidad de reelegirse a la presidencia, aunque a cambio otorga a sus mandatarios un periodo generoso de seis años. En Chile, tras la caída del régimen de Pinochet, la reelección solo es posible tras dejar pasar al menos un período de por medio; y es lo que va a intentar Michelle Bachelet –presidenta de 2006 a 2010– para las elecciones presidenciales de este año.

La memoria de los períodos dictatoriales, sin embargo, no fue óbice para que el tiempo no indujera a muchos presidentes a reformar las leyes. En Venezuela, donde la Constitución de la IV República impedía la reelección inmediata, la Carta Magna aplicada por el gobierno de Hugo Chávez la hizo práctica legal. Además de ello, el mandatario bolivariano apostó por ir más allá, hacia la reelección indefinida, y aunque la idea fue derrotada en una primera consulta pública en 2007, más adelante, en 2009, el electorado la sancionó con más del 54por ciento de los votos.

Mas no solo políticos de la izquierda le han tomado cariño al cómodo cojín de la silla presidencial. Mucho antes de que Chávez llegara por primera vez al Palacio de Miraflores, el peruano Alberto Fujimori y el argentino Carlos Ménem se las arreglaron para trastocar las reglas y repetir.

Asimismo, otro que también estaba en las antípodas ideológicas del venezolano, el colombiano Álvaro Uribe, logró en 2005 una reforma constitucional (no sin la sombra de sobornos en el Congreso) por la que se hizo de un nuevo mandato entre 2006 y 2010. Un intento posterior, para buscar un tercer período, sí fue rápidamente abortado por los expertos constitucionalistas, por lo que debió ceder el testigo a uno de sus ministros, el actual mandatario Juan M. Santos (en vías de reelección él mismo).

Los presidentes no pierden

A día de hoy, además de en Bolivia, Venezuela y Colombia, es posible la reelección inmediata o diferida en Argentina, Brasil, Nicaragua, República Dominicana, Ecuador, etcétera. Según datos manejados por el sociólogo Daniel Zobatto –un crítico de los procesos reeleccionistas–, desde 2009 hasta hoy han tenido lugar comicios presidenciales en 17 países latinoamericanos, y en todos los que existía la figura de la reelección continua, los presidentes la obtuvieron.

Evidentemente, la facilidad de tener a la mano los recursos e instituciones del Estado para competir por quedarse en el primer puesto, es un factor de ventaja que nadie pasa por alto.

En el caso de Cuba, de sistema de partido único y en el que la reelección ha tenido carácter indefinido, el presidente Raúl Castro decretó en 2011 que los cargos públicos, incluida la presidencia, sería posible ejercerlos únicamente dos veces. Habida cuenta de que si llega a concluir su segundo quinquenio al mando, en 2018, tendrá 87 años, no extrañará que lo deje. En cualquier caso, cerrará tras de sí la extensa etapa en la que los guerrilleros que derrocaron a la dictadura de Fulgencio Batista, en 1959, envejecieron al timón de un país que, por generaciones, solo ha conocido un modelo económico y político.

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En Europa y en América

El fenómeno de la reelección no es, ni de lejos, exclusivo de América Latina. En la propia Europa, países en los que el poder lo ejerce la fuerza parlamentaria más votada (sea que el sistema cuente con una monarquía, como España y Reino Unido, sea que al frente del Estado esté un presidente con funciones más protocolarias que ejecutivas, como Alemania o Italia) han contado con líderes que parecieron difíciles de remover de su puesto.

En España, el socialista Felipe González apuntaba a su quinta legislatura en los comicios de 1996, cuando perdió por estrecho margen ante el PP de José María Aznar. Dos años más que González estuvo el conservador Helmut Kohl en la Cancillería germana, y un caso "clínico", Silvio Berlusconi, ha pasado al menos tres veces por el Palazzo Chigi, sede del ejecutivo. La recién fallecida Margaret Thatcher, por su parte, solo abandonó el poder ante un motín interno de sus correligionarios, tras haber regido el destino de Gran Bretaña desde 1979 hasta 1990.

Pese a que estas y otras figuras de la vida política europea ejercieron bastantes años como jefes de gobierno, a muy pocos analistas políticos y medios de prensa se les ocurrió seguramente tildarlos de "populistas" o de tener ambiciones dictatoriales. Ello queda reservado -quizás gracias a la complicidad de las evidencias históricas desde el siglo XIX- a ciertos líderes latinoamericanos.

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Desconfianza en los políticos tradicionales

La figura de la reelección en América Latina se ha visto avivada, de modo indirecto, por la situación de crisis en la que ha permanecido por décadas amplias capas de la población, hartas de ver sucederse los gobiernos de los partidos tradicionales que no han elaborado planes contigentes para suplir las necesidades generales de salud, educación, empleos bien remunerados, acceso a alimentos y agua potable, etcétera. Así, una vez que determinada personalidad, aupada por las masas, llega al poder y pone por obra transformaciones sociales en tal sentido, la simpatía popular le hace sentirse legitimada para mover los hilos necesarios para buscar un nuevo tiempo en el puesto.

El caso de Bolivia sirve como botón de muestra. País con abundantes recursos naturales, se vio relegado por mucho tiempo al furgón de cola de América Latina, con cifras de pobreza solo superadas por las de Haití. En octubre de 2012, sin embargo, la representante de la ONU en el país andino reconoció que la extrema pobreza se había reducido en los últimos seis años del 38 al 26 por ciento en las zonas urbanas, y del 60 a menos del 50 por ciento en las zonas rurales. Casi tres millones de personas, gracias a la redistribución estatal de la riqueza, habían salido de esa indeseada categoría.

No es de extrañar, por tanto, que la gestión de Morales goce de un 59 por ciento de simpatías, según un sondeo reciente de Mitofsky sobre el grado de aceptación de los líderes latinoamericanos. Curiosamente, el primer lugar de la encuesta se lo lleva otro reelecto, y de izquierdas: el ecuatoriano Rafael Correa, con un 90 por ciento.

Reelegirse sí, pero con límites

Que un período presidencial –de cuatro o cinco años– es muy poco para desplegar un amplio programa de transformaciones, es cosa sabida, a menos que se trate de una sociedad en la que otras generaciones de políticos hayan hecho el trabajo antes, y a los nuevos que llegan solo les quede ejecutar modificaciones cosméticas o poner a punto algunos mecanismos.

En América Latina podría decirse que este último no es el caso, sino el primero, y lo evidencia que no es hasta muy recientemente que se habla de un ascenso de la clase media en la región. Que sea ahora, tras 200 años de independencia, que se constate un mejor nivel de satisfacción de las necesidades básicas de las mayorías, es señal de que había que efectuar cambios de envergadura, para los que pueden no bastar cuatro años en un palacio presidencial. A Correa, a Morales, al nicaragüense Daniel Ortega y a algunos otros les ha parecido así.

La idea de postularse una y otra vez tiene detractores y simpatizantes. Michael Shifter, presidente del centro de análisis Dialogo Interamericano, con sede en Washington, aseguró a AFP que el auge de la reelección puede interpretarse como una señal de "progreso democrático" y de la ya mencionada necesidad de continuidad en las políticas clave. El experto, no obstante, ve un peligro en que ello se haga de modo ilimitado, por el riesgo de que las reformas constitucionales afecten al Estado de Derecho.

Otro problema, quizás el mayor, y del que parecen no tomar nota los reelectos, es que al estar todo el tiempo las cámaras sobre ellos, cala en la conciencia popular la percepción de que solo ellos pueden llevar adelante los cambios necesarios en la sociedad. De los demás de su equipo, o bien se tienen vagas noticias, o bien se recela de su capacidad para estar al nivel del "número uno". Luego, cuando este falta, se vacila acerca de a quién otorgarle la legitimidad. El venezolano Chávez, por ejemplo, ganó sus últimos comicios, en octubre de 2012, por 11 puntos porcentuales más que Enrique Capriles, su rival, mientras que el pupilo del bolivariano, el actual presidente Nicolás Maduro, lo venció por poco más de un punto.

¿Cómo es posible que tantas personas, votantes "seguros" del proyecto bolivariano, cambiaran de opción política en cuanto cambió el candidato? Quizás la respuesta está en la debilidad que roe silenciosamente a las instituciones -incluidos los partidos políticos con sus programas- cuando el líder ha llevado demasiado tiempo la carga.

Es algo que deberán tener en cuenta varios de los gobernantes latinoamericanos, si no quieren que los avances logrados se vayan por la borda al primer traspié que les ponga el devenir político.


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Autor:
Rodolfo Varela (1379 noticias)
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rodolfovarela.blogspot.com
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