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Algunas precisiones sobre el Imperio español

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31/07/2017 17:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En el mural de Diego Rivera, del Palacio Nacional, puede verse a un Hernán Cortés enfermo, raquítico y deforme

No es casual que esta sea la imagen de Cortés, que no hace más que exteriorizar su desequilibrio mental producto de la avaricia y la megalomanía. La imagen de Hernán Cortés es también la misma que, por extensión, se hace a todo el Imperio español y, a fin de cuentas, a toda la conquista. La conquista americana se presenta en la mayoría de los casos como una acto barbárico y sádico perpetrado por desequilibrados mentales. La relación masomenos armónica en la que vivían los indios se vio violentamente finalizada por la llegada de hombres que, por sus ansias de riqueza, explotaron, mataron y saquearon a los indios, destruyendo todo vestigio de las culturas indígenas a su paso.

¿Pero, es esto lo que verdaderamente sucedió?

La labor del historiador debe ser la de triturar los mitos. Criticar lo que se da por sentado. Limpiar la historia de leyendas que de ella hicieron, por distintos motivos, los que quisieron sacar rédito en algún momento determinado. Limpiar los mitos de la historia del Imperio español supone una labor monumental, por su extensión, por los años de vida y por la cantidad de leyendas que de él se vertieron en sus último años de existencia. Parte de todo aquella perorata se construyó tras las independencias hispanoamericanas acaecidas a inicios del siglo XIX. Cuando los países se encontraron con el desafío de erigir sistemas republicanos (oponiéndose al sistema monárquico que habían dejado atrás), cayeron en una feroz hispanofobia que ayudaba entre otras cosas a escribir su propia historia. Se reescribieron los trescientos años de conquista bajo este contexto, pero no habí­a que inventar demasiado: franceses, británicos y holandeses ya habí­an hecho bastante para desfigurar la historia española, y parte de ese legado fue transcrito sin crítica alguna por los liberales republicanos hispanoamericanos. A este acto de reescribir la historia como una gran leyenda trágica Julián Juderías la denominó, con gran tino, "la leyenda negra".

El Imperio español no puede ser sacado de su contexto histórico, sin hacer siquiera una historia comparativa al menos. Quizás sea válido sostener que ciertos españoles que pisaron tierras americanas eran bárbaros y sanguinarios, pero, ¿acaso quién no lo era en el siglo XVI? Las hogueras también se encendieron en Flandes y en París. Y aquellos que condenan, protestantes muchos de ellos, a la barbarie cristiana (se insiste en la Inquisición), se olvidan del fideísmo luterano, representante del espíritu frailuno más medieval y arcaico, que insistía en el odio a los judíos; odio que siglos más tarde se materializaría en los campos de exterminio nazi. Porque para hablar de barbarie también es necesario olvidar las hordas de moros que entraban a degüello saqueando y quemando las ciudades cristianas que ocupaban, o las cabezas de dispersas tribus mexicanas que rodaban sobre las escalinatas de los grandes templos de México-Tenochtitlan. ¿No fueron los propios Incas quienes sometieron a las distintas etnias peruanas a la mita mucho antes de que la descubrieran los españoles? ¿Y cómo se explica que un ejército tan pequeño como el de Hernán Cortés en el momento de encontrarse con Moctezuma contaba ya con un ejército que sumaba miles de indígenas?  ¿Acaso esos miles de indios no estaban deseosos de zafarse del dominio imperial mexica o inca?

Es ridículo que un antropólogo cultural, en su calidad de tal, suscriba documentos solemnes cotejando retrospectivamente a Hernán Cortés como actor del genocidio de la cultura y del pueblo azteca. ¿Acaso Hernán Cortés no era un hombre como lo era Moctezuma? ¿Acaso un antropólogo cultural no ha de interesarse tanto por las acciones que los españoles llevaron a cabo contra los aztecas, como puede interesarse por las acciones que los aztecas llevaron a cabo contra los tlaxcaltecas?

Cuando los historiadores usan el concepto “conquista” o “imperio”, sin más, engloban en dichos conceptos todas las conquistas, sean del siglo XX como las del siglo I. Tampoco es lo mismo hablar del Imperio español que del Imperio Británico, por ejemplo. Para comenzar creo necesario hacer una distinción fundamental para la cual me veo obligado a citar aquí­ al filósofo español Gustavo Bueno; en su libro España frente a Europa distingue dos tipos de imperios: los imperios generadores y los imperios depredadores.

Un imperio es generador cuando, por estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho. En otras palabras, son aquellos imperios que incorporaron mediante el acto de la conquista al territorio ocupado. Con incorporación nos referimos a la fundación de ciudades, al establecimiento de una burocracia gubernativa, a la creación caminos, a la construcción de redes cloacales y acueductos,  a la evangelización, al hecho de compartir las últimas innovaciones científicas, armamentísticas y filosóficas. Quizás uno de los puntos más importantes sea el del mestizaje, acto por el cual las sangres de colonizadores y colonizados se fundan en una misma sangre. En este primer grupo el mayor ejemplo fue Roma, pero también lo fue España.

Un Imperio es depredador cuando por estructura tiende a mantener con las sociedades por él coordenadas unas relaciones de explotación en el aprovechamiento de sus recursos económicos o sociales tales que impidan el desarrollo político de esas sociedades, manteniéndose en estado de salvajismo y, en el límite, destruyéndose como tales. En el segundo grupo se encuentran aquellos Imperios que tras la colonización construyen ciudades-puerto en la costa, a fin de mantener un contacto prácticamente nulo con las poblaciones dominadas, con el único fin de extraer recursos (materias primas) y mano de obra esclava. El mestizaje es prácticamente nulo, no hay caminos, no hay regadíos, no hay sistemas jurídicos, no hay instituciones públicas. Los británicos, franceses y holandeses son el ejemplo más claro de esta depredación (comparen sino a Cuba con Haití). El desprecio de los anglosajones por los negros, que aún hoy se mantiene en los altos índices de muerte a afroamericanos en la sociedad estadounidense, contrasta con el bautizo rápido de la Malinche, progenitora de unos de los primeros mestizos indo-españoles ni bien iniciada la conquista.

¿Es que los británicos, grandes difamadores de la leyenda negra, pararon en algún momento la conquista para preguntarse qué hacer con los africanos? John Elliot se lamentaba, con justa razón, que mucha sangre se hubiera ahorrado el Imperio inglés si hubiese tenido un Bartolomé de Las Casas. Pero es que España no solo dio un Las Casas, también forjó, escolástica mediante, toda una escuela de pensamiento, que se desarrolló bajo el calor de la conquista.  Vitoria y Sepúlveda, que debatían, con el patrocinio de Carlos V, sobre la naturaleza de los indio, el derecho natural, el derecho divino, la forma de gobierno que debían darle, su estado de racionalidad y si era posible instituir en los distintos grupos etnicos la esclavitud. Vitoria se convertía así en el pionero del derecho de gentes, hoy conocido como derecho internacional. La escolástica era el sistema filosófico más potente en ese tiempo, que lejos de ser irracional, supo combinar el racionalismo aristotélico con la fe católica. Estos debates dieron lugar a una serie de decretos relaes unicos en su tipo (1512, 1527, 1549)

Pero no fue todo un idilio, los excesos existieron, las revueltas indias se callaron con fuego, la idolatrí­a se pagaba con la vida, la extracción argentífera devoraba hombres, el azogue con mercurio secaba las carnes, los negros eran desterrados del corazón del África para morir en los campos del azúcar o el café; los ambiciosos mataban junto con la peste. ¿Pero eso debe empañar todo lo demás o, más aún, ocultarlo? ¿Fueron todos los españoles bárbaros y brutos? La evangelización en muchos casos terminó con prácticas aberrantes como la antropofagia o los sacrificios humanos. Fueron los españoles lo que implementaron el calendario gregoriano, que suplanto al juliano, más preciso para medir el tiempo que utilizamos todavía hoy. El uso de la bruja, la cartografía y el dominio técnico naval hizo posible surcar los mares para ser los primeros en dar la vuelta al mundo. Fueron los que pararon una conquista para filosofar, los que le dieron el estatuto y la condición de hombres, así como la libertad y prohibición de ser esclavizados a los indios. En la América hispánica se levantaron iglesias, se construyeron caminos, se transcribieron las lenguas indígenas, se dotó de alfabetización a los indios para que leyeran la biblia, se dieron las herramientas necesarias para que florezca el barroco americano en paralelo al Siglo de Oro español.

La emancipación americana no puede explicarse sin el bagaje de trescientos años de conquista, que no pueden ser borrados. El pactismo de los distintos reinos americanos fueron el germen de los futuros estados nacionales. Fueron los jesuitas, una vez expulsados de America, los que escribieron desde su estadía en Italia largas cartas oponiéndose a franceses que aún insisten en la brutalidad de los indios. Y es que fueron los jesuitas residentes en Italia los que formaron el primer embrión de los nacionalismos. Las revoluciones hispanoamericanas son el claro ejemplo del nivel de ideas, discusiones y conocimientos que tenían los criollos hispanoamericanos a la hora de emprender la revolución. Basta ver el desarrollo de las distintas juntas americanas que funcionaron en paralelo a las juntas españolas. ¿Es necesario aclarar que los futuros contornos de los países y provincias fueron el fruto del Régimen de Intendencias de Carlos III?

Creer en la leyenda negra es caer en esa constante victimización que nos caracteriza. Aquellos cinco siglos igual que nos canta Gieco no hacen más que insistir en un complejo de inferioridad que se justifica en un mito histórico. Queda en nosotros desterrar el mito.


Sobre esta noticia

Autor:
Rodrigo Aznar (9 noticias)
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Tipo:
Opinión
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