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Víctor Manuel RuizMiembro desde: 17/03/18

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03/09/2019

El 15 de junio de 1977 España celebra sus primeras elecciones tras la dictadura franquista

Las primeras elecciones en la España democrática.

El 15 de junio de 1977 España celebra sus primeras elecciones tras la dictadura franquista.

Un número superior a 200 partidos políticos se presentó a las elecciones, con apenas 5 semanas de tiempo, para convencer a sus votantes.

Comprenderá el lector que no haré referencia a todos los partidos, me centraré exclusivamente en los más votados.

Unión de centro democrático encabezada por Adolfo Suárez, se presentaba con el lema “juntos por España”. Esta coalición sería la más votada, obteniendo un número de votos exacto de 6.310.391 y 166 escaños.

Partido socialista obrero Español, encabezado por Felipe González con el lema “La libertad está en tu mano” quedaría en segundo lugar, obteniendo un número exacto de 5.371.866 votos y 118 escaños.

Partido comunista de España encabezado por Santiago Carrillo con el lema “votar comunista es votar democracia” quedaría en tercer lugar obteniendo un número exacto de 1.709.890 votos y 19 escaños.

En cuarto lugar quedaría la federación de partidos de Alianza Popular, encabezado por Manuel Fraga con el lema “ Democracia en Libertad” obtendría un número exacto de 1.504.771 y 16 escaños.

Evidentemente unión de centro democrático de Adolfo Suárez recibió un apoyo mayoritario de los ciudadanos.

Se dice que Adolfo Suárez despertaba fervor entre los ciudadanos de España, tenia un talante especial.

El proceso de la transición en España fue un proceso político que servía como modelo para el mundo, pues se consiguió un amplio consenso.

Podría calificarse como un proceso donde se olvidaron las diferencias y las rencillas, y todos se dieron la mano para caminar juntos en “ una España en Democracia”

De el talante de Suárez y su partido Union de centro Democrático no queda nada, hoy a mi entender no existe un centro democrático con esas características.

Suárez apostaba por la hermandad y la unión de todos los Españoles, dejando de lado cualquier diferencia entre los ciudadanos y buscando siempre la cohesión social.

Hoy por hoy no encuentro un líder político con el nivel de humanidad respeto y sentido de Estado que tuvo nuestro expresidente Adolfo Suárez, y como muestra de ello les dejo una parte de su discurso de dimisión el día 29 de Enero de 1981: He llegado al convencimiento de que hoy, y, en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la Presidencia.

Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la petición y las presiones con las que se me ha instado a permanecer en mi puesto, con el convencimiento de que este comportamiento, por poco comprensible que pueda parecer a primera vista, es el que creo que mi patria me exige en este momento.

La transición en España fue un modelo ejemplar

No me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos.

Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar de mí con la de una persona aferrada al cargo. Todo político ha de tener vocación de poder, voluntad de continuidad y de permanencia en el marco de unos principios.

Pero un político que además pretenda servir al Estado debe saber en qué momento el precio que el pueblo ha de pagar por su permanencia y su continuidad es superior al precio que siempre implica el cambio de la persona que encarna las mayores responsabilidades ejecutivas de la vida política de la nación.

Yo creo saberlo, tengo el convencimiento, de que esta es la situación en la que nos hallamos y, por eso, mi decisión es tan firme como meditada.

He sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de presidente. Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años, ha permanecido tanto tiempo gobernando democráticamente en España.

Mi desgaste personal ha permitido articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio de personas y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España.

Trato de que mi decisión sea un acto de estricta lealtad.

De lealtad hacia España, cuya vida libre ha de ser el fundamento irrenunciable para superar una historia repleta de traumas y de frustraciones; de lealtad hacia la idea de un centro político que se estructure en forma de partido interclasista, reformista y progresista, y que tiene comprometido su esfuerzo en una tarea de erradicación de tantas injusticias como todavía perviven en nuestro país; de lealtad a la Corona, a cuya causa he dedicado todos mis esfuerzos, por entender que sólo en torno a ella es posible la reconciliación de los españoles y una patria de todos, y de lealtad, si me lo permiten, hacia mi propia obra.

Pero este profundo sentimiento de lealtad exige hoy también que se produzcan hechos que, como el que asumo, actúen de revulsivo moral que ayude a restablecer la credibilidad en las personas y en las instituciones.

Quizás los modos y maneras que a menudo se utilizan para juzgar a las personas no sean los más adecuados para una convivencia serena.

No me he quejado en ningún momento de la crítica. Siempre la he aceptado serenamente. Pero creo que tengo fuerza moral para pedir que, en el futuro, no se recurra a la inútil descalificación global, a la visceralidad o al ataque personal porque creo que se perjudica el normal y estable funcionamiento de las instituciones democráticas. La crítica pública y profunda de los actos de Gobierno es una necesidad, por no decir una obligación, en un sistema democrático de Gobierno basado en la opinión pública. Pero el ataque irracionalmente sistemático, la permanente descalificación de las personas y de cualquier solución con que se trata de enfocar los problemas del país, no son un arma legítima porque, precisamente pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de convivencia.

Este discurso de dimisión de Adolfo Suárez ya nos alertaba entonces de los modos y las formas, creo sinceramente que el desgaste y la crítica, no son ni serán nunca la forma correcta de hacer política.

Como es costumbre en todos mis escritos les dejaré una cita para que reflexionen.

Así pasa en las cosas del Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve.”

Nicolás Maquiavelo

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