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Por Carlos Fuentes

Llegaron a ser treinta mil, aunque hoy apenas se nota su presencia en Marrakech. La ciudad conserva vestigios de los vínculos históricos de la comunidad judía con Marruecos, antaño fuente de prosperidad y prestigio por sus trabajos de metales y materiales nobles. En la Plaza de los Hojalateros arranca un paseo por las callejuelas y las casas de adobe del antiguo Mellah de Marrakech. Un barrio de palacios y sinagogas, tumbas y mucha vida en la calle.

imageMinaret in Fes Jdid, one of the three parts of Fes ? Morocco

La presencia de la comunidad judía en el norte de África hunde sus raíces en la historia antigua. Al menos desde el siglo XV hay constancia del establecimiento de ciudadanos de fe hebrea en las ciudades de Marruecos, especialmente en la imperial Fez, donde surgió el término mellah para definir al sector del barrio antiguo en el que habitaban los judíos. Mellah, la palabra, proviene del término árabe al-mallah, que se puede traducir como las salinas, porque fue una zona de salinas la que se acondicionó en 1438 para acoger a la población judía de Fez. De allí el apelativo mellah pasó a definir aquellos barrios en los que residían seguidores del judaísmo en las ciudades más importantes del sultanato.

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En Marrakech, la principal puerta de entrada de turistas y viajeros a Marruecos, la judería ocupa una zona vecina al Palacio Real. Allí se asentaron muchos de los judíos que hace cinco siglos fueron expulsados de España después de la conquista de Granada. Fue el sultán saadí Moulay Abdallah quien ofreció este lugar a la comunidad judía para evitar, en lo posible, roces con la mayoría de población de fe musulmana. Rodeado por una muralla que solo tenía dos puertas, el antiguo mellah de Marrakech se cerraba cada noche hasta el día siguiente, cuando la actividad comercial abundaba en sus calles. La colonia judía, que llegó a estar formada por treinta mil personas, disponía de un mercado propio, varias plazas públicas, muchas sinagogas y un gran cementerio para enterrar a sus muertos.

Abandonado por la mayoría de los creyentes hebreos, muchos de los cuales no dudaron en aprovechar la creación del estado de Israel en mayo de 1948 para acogerse al plan de colonización de las tierras de Palestina, el antiguo mellah de Marrakech apenas conserva huellas de la histórica e influyente presencia judía en la ciudad. Sobreviven un par de sinagogas. El templo de Lazama es, sin duda, el motivo principal de visita al antiguo barrio judío. La sinagoga rinde culto a la tradición sefardí y aún es objeto de discusión si fue levantada en 1492, año de la victoria de los Reyes Católicos en Granada, o algo después. El edificio actual data de inicios del siglo XX y puede visitarse para contemplar los añejos candelabros judíos que custodian pergaminos que contienen la Torá, la ley fundamental de los creyentes en el judaísmo. No tuvo tanta suerte la cercana sinagoga de Negidim, fundada a principios del siglo pasado y que hoy apenas es visitada por extranjeros.

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Patrimonio religioso aparte, el antiguo barrio judío de Marrakech ofrece un viaje en el tiempo sin tanto ajetreo ni ruidos como sufren otras zonas comerciales de la ciudad roja a cuentas del creciente turismo. Vecindario de familias humildes que ocuparon las viviendas que dejaron vacías los judíos que emigraron a Israel, el ambiente de sus calles es una verbena de escenas domésticas. Los niños juegan por las esquinas, los carniceros preparan el género y unas pequeñas ventas de abastos atienden las compras cotidianas. Si busca algún recuerdo de la prestigiosa artesanía hebrea, la mejor opción es acercarse al viejo zoco cubierto o kyssaria que está junto a los muros exteriores del Palacio Real.

Como epicentro social del antiguo barrio judío de Marrakech, la Plaza de los Hojalateros se presenta ahora totalmente renovada con cafés y terrazas en sus arcadas laterales y media docena de tiendas de recuerdos turísticos. Es la mejor opción para comenzar un paseo por el viejo mellah de Marrakech, a medio camino de las pocas ruinas que quedan del palacio El Badi, inspirado en la Alhambra granadina y levantado por orden del sultán saadí Ahmed al-Mansur para celebrar su victoria decisiva sobre las tropas portuguesas en la batalla de Alcazarquivir. Allí, a quinientos kilómetros al norte de Marrakech, venció al joven rey portugués Sebastián, nieto de Carlos I de España, en la llamada batalla de los Tres reyes, porque tres reyes murieron en el combate ocurrido el 4 de agosto de 1578.

imageAben Danan Synagogue interior located at Fez, Morocco

Mejor conservado está el vecino Palacio de la Bahía, de finales del siglo XIX, que ofrece un paseo relajado por sus ocho mil metros cuadrados de jardines. La parte más antigua, conocida como Dar Si Moussa, se construyó entre 1859 y 1873 por órdenes del gran visir Ahmed ben Moussa, ministro del sultán Abdelaziz ben Hassan. También quedan cerca las tumbas saadíes, un conjunto de sepulturas sagradas de varios sultanes que no fueron descubiertas ni visitadas por viajeros europeos hasta los años veinte del siglo pasado.

Otro lugar emblemático del antiguo mellah de Marrakech es el cementerio judío. Situado en el costado derecho del barrio, orientado hacia el este, este camposanto o miâara está delimitado por parte de las antiguas murallas marraquechíes y el trazado serpenteante de la avenida Taoulat El Miara. En su interior, ya sin el ruido del tráfico, desde su creación en 1537 alberga centenares de tumbas blancas construidas con materiales austeros, apenas piedras, cemento y cal. Con 52 hectáreas, es el mayor cementerio judío de Marruecos y en él se conservan restos de siete mil niños judíos que murieron a causa de una epidemia de tifus así como las tumbas de varios santones y personalidades religiosas de la fe hebrea.

Un par de marquesinas protegen de un sol de justicia, una tarja reproduce un pasaje del libro sagrado de Isaías ("revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno todas las sombras") y, al fondo, si la primavera no termina de despuntar, todavía se atisba la silueta nevada de las cumbres de la cordillera del Atlas.

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