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Rubén Salazar E.Miembro desde: 27/02/19

Rubén Salazar E.
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07/03/2019

En la actualidad, a nivel mundial, podemos distinguir una creciente tendencia de veneración que provocan ciertos líderes por medio del populismo, la demagogia y, en algunos casos, a través de discursos abiertamente místicos

Cuando escucho hablar acerca del culto a la personalidad que promueven, para sí mismos, algunos líderes políticos, inmediatamente vienen a mi mente, entre otras, figuras como Mussolini, Ho Chí Minh, Mao Tse Tung y la Reina Isabel II.

Sin embargo, la lista pudiera ser casi interminable, y es que, para una considerable cantidad de personajes políticos, el poder les trae una gran carga de protagonismo que, a través de la adulación de sus seguidores, muy fácilmente se puede transformar en ego desmedido hasta el punto de sentirse tocados por divinidades.

En la historia moderna de México tenemos grandes ejemplos del culto a la personalidad. Basta recordar a los expresidentes Luis Echeverría y José López Portillo. Cómo olvidar esas imágenes donde dichos mandatarios se paseaban por las calles de la Ciudad de México en autos descapotados mientras miles de papeles tricolores caían a su paso. Cómo no recordar sus intervenciones en la Cámara de Diputados al recibir la banda presidencial y al rendir sus informes presidenciales; ahí, los legisladores les recibían como auténticos monarcas y durante las eternas ceremonias les rendían tal pleitesía, que incluso rayaba en lo religioso.

Pues bien, en la actualidad, a nivel mundial, podemos distinguir una creciente tendencia de veneración que provocan ciertos líderes por medio del populismo, la demagogia y, en algunos casos, a través de discursos abiertamente místicos. Trump, Putin, Maduro, Bolsonaro, Kim Jong-un, etc., basan mucha de su fuerza en la demostración de la admiración que les profesan las masas (aun cuando en algunos casos esta se da por miedo), así como por los mitos que les rodean y que en gran medida han sido generados por ellos mismos.

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En nuestro país, con el arribo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) al poder, estamos iniciando con lo que yo denominaría una presidencia de culto.

Para una gran cantidad de seguidores y algunos de sus colaboradores, AMLO representa no solo a un dirigente político, sino a un guía espiritual. Para ellos, la palabra del tabasqueño vale por el simple hecho de ser pronunciada por él; en el consciente e inconsciente colectivo pro-AMLO, el caudillo no se equivoca, no comete errores, pues es perfecto. Y todo esto ha sido provocado de manera metódica y muy inteligente por el propio Andrés Manuel.

Es por ello que, por ejemplo, las conferencias mañaneras del presidente no deben entenderse, en esencia, como un ejercicio de rendición de cuentas ni mucho menos un simple capricho. En realidad, la exposición diaria ante los medios, es una representación casi solemne que se asemeja mucho a las ceremonias que realizan los pastores evangélicos con todo y citas bíblicas aderezadas con referencias al amor, el perdón y la moral. Así mismo, la interacción con los periodistas es un mero conducto para marcar la (su) agenda política, misma que se refleja en las discusiones cotidianas de sus seguidores y opositores. Es decir, todo, absolutamente todo lo importante que hoy ocurre en el país, gira alrededor de una sola persona, el presidente de la República.

Pero ahí no queda todo, el avasallador culto hacia AMLO, es, para algunos que se autonombran “oposición”, una gran oportunidad de venderse como los paladines de la corrección política y la salvación de México. Es por ello que hoy podemos ver a expresidentes y exfuncionarios subirse al escenario para intentar jalar algún reflector que les dé visibilidad y, así, convertirse en fieles de la balanza y construir su propio culto a la personalidad.

La política mexicana está llena de egos y soberbias, creer que los dimes y diretes que provienen de la clase política son todos por el bien del país, es pecar de ilusos. Al final, en mayor o menor medida, los empoderados son felices alimentándose de la alabanza.

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