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19/12/2011

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Aun teniendo la seguridad de que este ensayo es un ejercicio sin mayor sentido destinado a la papelera y que su lectura no estará nunca entre las prioridades de las brillantes mentes que dictan y disponen las leyes de comportamiento por las que se pretende tutelar al conjunto de los creyentes, mis simples inquietudes existenciales me comprometen para alzar la voz sobre el alboroto y al menos fijar mi posición ante el absoluto desbarajuste que vivimos en unos tiempos caóticos donde todos los valores sobre los que se ha cimentado la evolución humana se van transformando en objeto de escarnio.

Estos son los pensamientos de un hombre normal sin grandes angustias, pero reflexivo ante el panorama que observamos cada día. No pretendo otra cosa que no sea dejar constancia de mis dudas ante las teologías mal enfocadas y peor resueltas, ante la lucha de orientaciones intolerantes y ante las consecuencias que acarrean. Es por esto que le escribo a usted, patriarca de los fieles seguidores del Cristianismo, para que tome nota de que la apatía crece exponencialmente cuando se trata de imponer las meras palabras como hechos demostrados y se ocultan las realidades palpables: los vicios se anteponen a las virtudes y el camino emprendido hace ya muchos siglos no conduce a ninguna meta.

Vayamos a ello:

El agnosticismo se extiende porque la falta de autoridad de la Iglesia nos ha llevado a un punto de no retorno donde proliferan una ingente cantidad de asociaciones y sectas seudo- religiosas, la mayoría de las cuales se dedican a aprovecharse de la sencillez de las gentes, de su credulidad, de su sed de un credo sin enigmas incomprensibles; una religión humana y realista que se ajuste a su sensibilidad. Las sectas surgen en la medida que las religiones obvian las cuestiones fundamentales que, naturalmente, basan en la fe. Como consecuencia se crean necesidades esenciales que los calculadores fomentan con silogismos apoyados en los anhelos de trascendencia, encaminadas a la captación de indecisos que se engendran desde el mismo núcleo del Catolicismo. Porque no es cierto que se haya producido una crisis religiosa a nivel mundial; no es cierto. El hombre de hoy es más religioso que nunca por dos razones: la primera, que precisa de la religión para poder sobrevivir mentalmente en un universo materializado, hosco y duro; la segunda, que la propia inteligencia evolucionada le impulsa a la búsqueda de la verdad, fin de la vida. La crisis religiosa solo afecta a las arcaicas religiones y cofradías que contra viento y marea, apoyadas en la indudable atracción que lo inextricable ejerce en la raza humana, se preocupan más en demostrar su grandeza con disquisiciones estúpidas y mutuas acusaciones de herejía, relegando a planos secundarios la finalidad ya referida.

Pero el barco está tocando puerto. Las nuevas generaciones pensantes imponen sus maneras, sus voces, sus negaciones, y la batalla presenta un claro vencedor. Ustedes dicen que Cristo es Dios y ellos lo aceptan. Pero anhelan un Dios Justo, Todopoderoso y Compasivo, no un juez airado e inflexible como se sigue predicando y pretendiendo. No les asusta Dios, le can¬tan y le hablan porque para ellos es un amigo, el mejor, el que no falla, tan grande en su humildad que según las crónicas encarnó, sufrió y murió por sus her¬manos. No temen a Dios porque un dios temible y brutal que condena por sistema la menor equivocación estaría despojado de sus cua¬lidades y no sería tal dios. No les da miedo Dios; le aman. A su Dios. Al Dios liberador. ¿Puede haber otro? La Iglesia Católica actual nos obliga a limitar patéticamente el concepto de Dios, lo reduce de manera drástica, lo interpreta según su propio provecho y dirige las esperanzas en función de los beneficios, sean de la clase que sean.

En general las Iglesias, incluso la que ustedes califican de original y que nada tiene que ver con Jesús, se sorprenden y cuestionan el resurgimiento de mesías y profetas de pacotilla cuando la explicación está en la misma necesidad de las gentes de idealizar y miti¬ficar, desesperados ante la falta de evidencias no materiales sino espirituales. Quieren saber, conocer, atisbar esa luz que tan fácil sería suministrarles si el pavor a una reacción que descubriera popularmente el principio de la vereda no fuera tan previsiblemente intensa. Es obvio, a mi entender, que los históricos desmanes no pueden ser reconocidos oficialmente porque ello conllevaría la aceptación de inmoralidades y corrupciones inadmisibles a lo largo de los siglos pero sería dar un gran paso en el acto de contrición. ¿Cuántos muertos han generado las guerras religiosas? ¿Cuántos asesinatos y atrocidades de todo tipo se han cometido en nombre de Dios? El largo período de la Inquisición es una buena muestra, y si entramos en la historia del Papado la corrupción de sus antepasados era la norma imperante. No importa que circulen con libertad miles de libros sobre el tema y millones de comentarios, la Iglesia se parapeta en el silencio y continúa su marcha. ¿Hacia dónde? ¿Cuándo van a aceptar que la Iglesia no son curas y patriarcas sino los fieles creyentes que la sostienen?

La Iglesia Católica se arroga la representación del Dios verdadero, de ese Dios Humilde que vestía una simple túnica y eludía honores. La Iglesia, sus cardenales y obispos, modernos pasantes de Cristo, viven en la opulencia. Rodeados de sirvientes departen con reyes y políticos, viajan en primera clase y a menudo, hermoso gesto, regalan bendiciones al enfebrecido gentío... Se crean departamentos en la gran empresa: la Limosnería Apostólica, que atiende súplicas y peticiones por orden y reparte migajas de caridad; a mayor altura, se efectúan donaciones que son aireadas a diestro y siniestro. Las sobras del monumental pastel, no más. En mi entorno, Señor, a eso se le llama cinismo.

Pero hay que cubrir las formas y se dispone un secretariado para los no creyentes cuya principal intención consiste en estudiar el fenómeno por el cual las ovejas ya no balan. Fantástica estratagema. ¿Quiénes son los promotores de apostasías?

Se anatematiza y se condena en la certidumbre de considerarse depositarios de la Verdad Absoluta. No se aceptan innovaciones fundamentadas y constructivas; cada religión niega a las otras, lo bueno y lo malo de cada una, y se juega con el término catolicidad, palabra que pretenden hacer sinónimo de universalidad, disfrazando los propios extra¬víos...

Los creyentes necesitan de una Iglesia fuerte. Fuerte sí; no débil. Autoritaria y consciente; que recoja, reco¬pile y unifique, sin ceder a otras presiones que no sean las de la verdad y la certeza del bien, esa es la Iglesia Universal, la Iglesia del futuro. Compuesta por hombres que empleen su vida en un tra¬bajo espinoso pero compensador: el pastoreo de almas, la enseñanza de una religión hermosa y santa formada por hombres que sirvan y no se sirvan; hombres a los que las masas escuchen con veneración, no con aburrimiento; hom¬bres sencillos y prudentes, no hombres espectáculo educados en escuelas de relaciones públicas duchos en el arte de las sonrisas y las concesiones a la galería. Hombres que hablen con el corazón y no lean complejos discursos que ni siquiera han preparado ellos. Hombres que electricen los ambientes con sus gritos porque les saldrán de lo más profundo de su ser. Los hay y habrá más porque la revolución ya ha comenzado.

¿Recordáis a Gandhi? Una soberana lección... No me tachéis de rancio. Para predicar la humildad hay que ejercerla. Y aquél que dé pruebas de estar en paz con su conciencia, de creer en lo que dice, de competir por unos ideales de justicia, de paz y de confraternidad, será oído y sus enseñanzas serán asimiladas. Y la Humanidad avanzará. No con palabras que se pierden sino con hechos que permanecen.

Pienso que ha de llegar un día en que los Evangelios sean inter¬pretados correctamente, no como a la Iglesia o a cada cual conviene. Y esa labor, esa palabra, será convalidada por todos porque los intereses, el miedo, la dictadura de unos pocos, habrán desaparecido y solo contará la realidad escrita en el Libro del Universo.

La ciencia se fusionará con la religión en una perfecta simbiosis porque ambas irán en pos del mismo objetivo: el enaltecimiento espiritual de la raza humana. Y ya no se inventarán más Teologías que ateniéndose a normas inapelables pretenden desentrañar el mensaje de Dios en función de objetivos espurios porque los hombres discernirán por sí mismos.

La revolución se masifica. Las alternativas de hoy son la confirmación del mañana. ¿Pero qué hace la Iglesia? Con sus normas pretéritas están obligando a la gente a huir de los templos y a crear su propia religión, yo soy el vivo ejemplo. La Iglesia como institución es la única culpable de la falta de vocaciones porque persiste en sus errores y sus devotos se ven obligados a buscar nuevos caminos y regentes que no piensen sólo en su propio lucro. Tal vez se haya erradicado el nepotismo debido a las implicaciones sociales que hay que cubrir y disimular pero hay muchas llaves que abren las puertas de los privilegios. Y los rebaños ya no atienden a las órdenes del pastor porque son conscientes de las artimañas, de las mentiras, de los pretextos, de los artificios y de los fraudes. La Iglesia, apegada a sus descomunales intereses declina responsabilidades, esconde intenciones y continúa su carrera de perdición. ¿Es que nadie se apercibe de la inminente catástrofe?

La Iglesia, Santidad, tiene al enemigo dentro de ella.

[Continúa]

Reflexiones: www.twitter.com/@zant19

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