20-01-2013 16:12
Hace unos días tuve la fortuna de ver la película "El artista y la modelo" de Fernando Trueba, recién estrenada y premiada con 13 nominaciones a los premios Goya y no sé cuantas cosas más, pero de hecho no me importan mucho los premios que haya recibido, la película es a mi juicio una gran obra del séptimo arte. Ya sé que este blog no va de cine, pero teniendo en cuenta que el film cuenta la historia de un artista escultor/pintor y su relación con una modelo y que además el cine es un arte que emociona (La emoción del arte) me parece muy adecuado en este blog recomendaros ferviertemente ver esta obra maestra del celuloide.
La historia transcurre en la Francia ocupada de 1943 cerca de la frontera española, donde vive retirado un viejo y famoso escultor que se siente hastiado de la vida y de la locura de los hombres. Ya nada es capaz de animarle, de servirle de estímulo. Sin embargo, con la llegada de una joven española que se ha fugado de un campo de refugiados y que le servirá de musa, renace en él el deseo de volver a trabajar y esculpir su última obra.
La película está rodada en el francés original y en un blanco y negro perfecto que hace resaltar los claroscuros sin distraer nuestra atención, sin duda el color desvirtuaría su belleza; la fotografía y unos planos tan cuidadosamente construidos parecen salidos de un a pintura de Vermeer. No tiene apenas banda sonora sino solo al final de la película y las escenas están rodadas con una meditada lentitud. Acostumbrados al prolífico y fugaz cine americano, en el que las escenas y la música se suceden de manera vertiginosa, este film sosegado y meditado puede parecernos lento, pero es imprescindible que sea así para mostrarnos la profunda visión atenta del artista en la observación de las cosas que le rodean.
Aristide Maillol Aunque en la película no se menciona, el viejo escultor está inspirado en Aristides Maillol (1861-1944), en cierta manera un artista que retorna al clasicismo griego pero con una sencillez de formas pulidas y redondeadas que le llevaría hacia la representación vital y rotunda de la feminidad genuinamente mediterránea, factor que le posicionaba en la modernidad del Novecentismo.
Los dos personajes protagonistas no podían estar más acertadamente elegidos. Ella, Merçé (Aida Folch) una muchacha sencilla a la que el arte le es desconocido, que posee aquella ingenuidad propia de la juventud y que sin embargo se sorprende ante la profunda visión del anciano artista, Marc Cros ( Jean Rochefort). Entre ambos, poco a poco, llega a establecerse una relación de admiración: él embriagado por la belleza femenina, máximo exponente de la obra de Dios que brota junto a la propia naturaleza; ella admirada por la sabiduría, la profundidad y la pasión por el arte y la naturaleza que el anciano artista posee y que le transmite abriéndole los ojos a nuevas emociones que desconocía. Se diría que entre ambos hay un mutuo reconocimiento íntimo y, pese a su diferencia de edad y de cultura, lleno de complicidad. Una película rodada con carboncillo y barro, con secuencias memorables en la que la cámara recorre el cuerpo de la modelo en planos muy cercanos, cincelando las formas. Evocadoras miradas entre artista y modelo que no necesitan palabras; esa timidez primeriza de ella ante la desnudez que se convierte en complicidad después; esa mirada de él que observa la obra de Dios con respeto, pero también con deseo y con la humildad del artista que desea realizar "una emanación directa de la naturaleza". Memorable escena aquella en la que el artista nos enseña la grandiosidad del arte a través de un pequeño croquis de Rembrandt.
Rembrandt
Niño aprendiendo a caminar (1660)
La ola En definitiva, una película silenciosa y visual que nos hace reflexionar sobre la belleza y grandiosidad de la existencia a través de aquellas pequeñas cosas que se nos escapan y que no sabemos ver porque no aprendemos a mirar. Quizás a mi juicio, lo único que puede desconcertar al espectador es su inesperado final. En cualquier caso una película que os recomiendo sin ninguna duda.
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