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Emiro Vera SuárezMiembro desde: 03/07/17

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Hace 11h

En un abril fue inaugurada la estación Chaika, en las inmediaciones de la laguna de Nejapa, un antiguo cráte

Hombres que hacen Historia

 

Ya Cuba, (La Habana), no refleja la gran incógnita para Moscú. La penetración estratégica del Kremlin en Centroamérica viene dando sus frutos y, los movimientos de Vladimir Putin son claves para motivar a Daniel Ortega Saavedra a impactar toda la región.

Uno de los jefes del Comando Sur estadounidense, Kirt Tidd, advirtió en una oportunidad que «los rusos están llevando adelante una actitud inquietante» en Nicaragua, lo que «impacta en la estabilidad de la región». Estados Unidos no está alarmado, pero sí vigilante, ha dicho The Washington Post.

En un abril fue inaugurada la estación Chaika, en las inmediaciones de la laguna de Nejapa, un antiguo cráter situado al suroeste de Managua. Oficialmente es una estación terrestre del sistema navegación por satélite ruso Glonass, versión alternativa del GPS estadounidense y del Galileo europeo. Las instalaciones están a cargo de Roscosmos, la agencia espacial de Rusia, y a ellas accede solo personal ruso. El proyecto ha sido llevado a cabo con completa opacidad, sin ofrecer información sobre el contrato con Roscosmos, los costes y características de las instalaciones y su funcionamiento.

 Rusia está creando una red de estaciones para ese sistema de navegación (Roscosmos dice que también hay en Brasil, Sudáfrica y la Antártida y que pronto abrirá más en otros países), pero «la curiosa cercanía a la embajada de Estados Unidos y el exagerado tamaño invitan a la sospecha», afirma un grupo de generales estadounidenses. Expertos consultados por BBC Mundo llegan a la misma conclusión: después de haber cerrado al término de la Guerra Fría la base de escuchas que tenía en Cuba, Rusia estaría procurando disponer de nuevo de estaciones fijas de espionaje en el Gran Caribe. Pero, sin contar con la ayuda de Raúl Castro y de Venezuela por las debilidades del gobierno, en torno a los espionajes.

El Gobierno de Daniel Ortega ha promovido la autorización de entrada en el país de unos cuatrocientos militares extranjeros. Básicamente se trata de tropas rusas, oficialmente presentes para fines de adiestramiento en operaciones humanitarias y militares y para participar en ejercicios conjuntos. También incluye las tripulaciones de barcos de guerra rusos que hacen escala en Nicaragua, cuyo

El Gobierno nicaragüense está buscando financiación para construir un puerto de aguas profundas en su costa caribeña. En 2015, Ortega anunció que sería en las inmediaciones de Bluefields, reconociendo con ello implícitamente que el canal de Nicaragua es ya un proyecto fracasado (el trazado de este preveía tener el puerto en otro punto). Ortega espera financiación de Taiwán (otra muestra de que el canal chino está muerto) y de otros países, entre ellos Rusia.

China no quiere invertir en Latinoamérica, su paso por ella, refleja un carácter estrictamente comercial, ya que, en lo militar, el ejército y la marina de las aguas del Sur se encuentra con carencias que van desde lo estratégico a políticas de vanguardia en defensa del narcotráfico y del terrorismo.

En 2016 llegaron a Nicaragua los primeros veinte tanques T-72B de los cincuenta acordados a Rusia. Aunque se anunció un precio de 80 millones de dólares, posteriormente el Gobierno nicaragüense vino a reconocer que se trataba de una donación. Se desconoce si son donaciones o compras otro armamento ruso enviado ya Nicaragua o que Moscú se ha comprometido a enviar: en la lista figuran cuatro lanchas patrulleras, dos embarcaciones lanzamisiles y un número no especificado de aviones de combate y entrenamiento; con anterioridad Nicaragua obtuvo doce sistemas de defensa antiaérea y dos helicópteros.

Con la ayuda de los franceses en turismo, Raúl Castro busca estabilidad económica y, en su proceso de apertura, los cubanos desean encontrar vías de consolidación económica y financiera

 La petrolera estatal rusa Rosneft anunció un acuerdo con la empresa estatal cubana Cubametals para suministrar a la isla 250.000 toneladas de petróleo y productos refinados (alrededor de 1, 8 millones de barriles). A mediados de mes de esa entrega, debía llegar un primer cargamento, con 249.000 barriles de diésel. De acuerdo con Reuters, el suministro completo podría tener en el mercado un valor de 105 millones de dólares, si bien se supone que La Habana nunca lo acabará pagando, como tampoco paga el petróleo venezolano. Porque es un convenio de servicio. Si tuviera fondos, en realidad podría recurrir a diversos productores.

Se trata de un claro salto cualitativo, pues entre 2010 y 2015 Rusia solo había enviado a la isla crudo y derivados por valor de 11, 3 millones de dólares, cifra notablemente reducida teniendo en cuenta además que la mayor parte de esos años el precio del petróleo era aproximadamente el doble.

Aunque a comienzos de 2014 Moscú expresó interés en volver a Cuba –el ministro de Defensa, Sergei Shoigu, anunció la intención de contar de nuevo con una base militar en la isla, así como en Venezuela y Nicaragua–, las urgencias de entonces en Ucrania y luego en Siria aparcaron cualquier plan al respecto. El año pasado, Rusia volvió a comentar su deseo de «reabrir» bases en el exterior, y no descartó que la lista incluyera Cuba, donde hasta 2001 estuvo operativa la estación de radar de Lourdes (hoy tendría más cerca que nunca al presidente de EE.UU., dado que Donald Trump despacha muchos asuntos sensibles en Mar-a-Lago, su complejo hotelero en Miami). El notable aumento de la subvención petrolera por parte de Rusia es la primera expresión visible de ese nuevo regreso a Cuba, de una manera parcial.

La crisis en que ahora se encuentra Venezuela

, ha hecho que los envíos a la isla hayan bajado a unos 60.000 barriles diarios, lo que supone una reducción del 40%. Eso supone que Cuba ya no puede mantener las ventas al exterior que luego realizaba, de forma que en 2016 tuvo unos ingresos por ese concepto de apenas 15 millones de dólares, frente a los 500 millones que obtenía en 2013, antes de la abrupta caída de los precios del crudo (un descenso del 97%).

EL 7  de mayo de 2000, casi coincidiendo con el día de la Victoria en Europa, que conmemora el triunfo aliado sobre el régimen nazi en la que para los rusos será siempre la “Gran Guerra Patriótica”, Vladimir Vladimirovich Putin se convirtió  formalmente y por derecho propio en el segundo presidente de la Federación Rusa, sucesora mayor de la extinta Unión Soviética y también .por vocación histórica y a pesar de la forzosa hibernación a la que estuvo sometida durante el gobierno de Boris Yeltsin- del Imperio de los zares.

Fue precisamente Yeltsin quien lo designó Primer Ministro en agosto de 1999.  Y fue también Yeltsin quien, con su inopinada renuncia el 31 de diciembre de ese mismo año, acabó de impulsarlo al centro de la palestra política, en la que muy pronto empezó a demostrar tanto su audacia como su astucia, y que al cabo de 15 años sigue dominando prácticamente por completo, aupado primero en la eficacia de la “mano dura” con que puso fin al conflicto armado en Chechenia, en la bonanza del petróleo y otras materias primas después, y finalmente, en la reivindicación cada vez más vehemente y asertiva del lugar de Rusia en el escenario internacional, tal como lo puso en escena hace poco tiempo, al desplegar ante los ojos del mundo 16 mil soldados, 200 vehículos armados y 150 aviones en el desfile militar más ostentoso desde la era soviética.

Quién sabe por cuánto tiempo más estará Putin al frente de los destinos de Rusia.  La reforma constitucional aprobada por la Duma en 2008 amplió el periodo presidencial de cuatro a seis años, así que en principio estará en el poder hasta 2018, con la posibilidad (que él mismo ha dejado entrever) de postularse para un nuevo periodo.  De conseguirlo, sobrepasaría entonces a casi todos sus predecesores en el Kremlin, incluidos Stalin y Brezhnev y la inmensa mayoría de los zares de la Rusia moderna.

Hace 15 años Putin heredó una Rusia postrada en lo económico, vapuleada en lo político, y emocionalmente devastada tras el colapso del Imperio Soviético.  Nada habría podido empeorar luego de los años de Yeltsin, durante los cuales su débil liderazgo -casi rayano con la abulia- se conjugó con el estancamiento, la agitación interna y el avance de Occidente en la antigua esfera de influencia de Moscú (incorporación a la OTAN de Polonia, Checoslovaquia y Hungría). 

Contra ese telón de fondo resultaba fácil que alguien con su carácter y con su conocimiento de la psicología política empezara a destacar, no sólo mediante demostraciones efectivas de contundente poder y mediante otras acciones concretas apalancadas en el usufructo de los réditos de la recuperación económica, sino también a través una intensa y permanente campaña propagandística que condujo a nuevas formas de culto de la personalidad (Putin convertido en ícono y modelo, encarnación viril del espíritu ruso); a una peculiar reelaboración del pasado según la cual, por ejemplo, la disolución de la Unión Soviética fue el suceso más trágico de la historia universal y, por otro lado, nada tuvo de reprochable el Pacto Ribbentrop-Molotov ni los protocolos secretos que lo acompañaron (los cuales allanaron el camino a la invasión de Polonia por los nazis en 1939); y a una proyección no menos peculiar del presente a través de los medios de comunicación como el portal noticioso Rusia Today cuyas crónicas y reportajes parecen referirse a un mundo paralelo.

A todo lo anterior habría que añadirle un inflamado discurso nacionalista que exige de suyo la represión de disidencias y fracturas hacia adentro y la recuperación de la influencia perdida y el protagonismo de primer orden hacia fuera.  Víctimas de lo primero han sido durante todos estos años tanto la oposición política, la prensa independiente, la sociedad civil organizada, e incluso algunos empresarios proscritos de la nueva nomenklatura por sus diferencias con el régimen, e incluso las minorías sexuales y hasta las integrantes del grupo punk Pussy Riot

El impacto de lo segundo se ha sentido con especial intensidad en Georgia y en Ucrania.  Pero también en los Países Bálticos -que   solicitan a la OTAN una mayor presencia de la alianza en sus territorios ante lo que perciben como constante amenaza proveniente de Moscú-, así como en sus relaciones con Europa y con los Estados Unidos (cuya erosión intenta compensar mediante nuevos alineamientos y partenariados como los BRICS; con un giro creciente hacia Asia y un entendimiento más amplio con China; y con la reactivación de sus relaciones con antiguos interlocutores y socios estratégicos, como Cuba y Nicaragua en América Latina, por no hablar del papel que Rusia ha tenido como valedora del régimen de Bachar el Asad en Damasco).

Es sumamente lamentable que Venezuela no aparezca en la planificación rusa y sus aliados

Sería sin embargo un error atribuirle todo el mérito de su longevidad política a su carisma personal y a su propio talento, a un conjunto de circunstancias y coyunturas favorables, o a su habilidad estratégica para identificar oportunidades y evadir riesgos.  La clave es mucho más compleja y hunde sus raíces en la identidad histórica y política rusa.

Así lo intuyó el escritor ruso Mijaíl Bulgákov en su novela “La guardia blanca”, ambientada en el periodo crítico en el que se solaparon la I Guerra Mundial -desastrosa para los rusos- y la Revolución, que no lo fue menos.  En Rusia, dijo Bulgákov, sólo son posibles dos cosas: la ortodoxia y la autocracia.

Quizá al cabo de algunos años las memorias de Putin se leerán como esos “espejos de príncipes” escritos por los preceptores medievales para sus regios pupilos, y que contenían consejos y advertencias sobre el arte de gobernar, es decir, sobre la adquisición, el ejercicio, el aumento y la conservación del poder.  En sus páginas tendrán un papel protagónico la ortodoxia -tanto en el plano religioso y moral como político, y como fundamento de la identidad y de la cohesión social- y la autocracia -el personalismo, el enroque, el partido virtualmente único, el control y el disciplinamiento de la sociedad- y todo lo que las hace posibles:  la represión, la corrupción, la omnipotencia del Estado y el militarismo.  Y quién sabe cuántos las lean, en Rusia o en otros lugares del mundo, para intentar repetir la receta. 

(*) Docente universitario, especializado en Filosofía Moderna y semántica jurídica. Ex alumno del Premio Nobel de La Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

 

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