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22/09/2017

La imagen que ilustra este artículo es una de las más insólitas de las que se dieron en Roma entre julio de 1943 y junio 1944, once largos meses en los que la suerte de la Ciudad Eterna, de sus ciudadanos y de su inmenso patrimonio histórico, estuvo pendiente de un hilo. Hasta aquellas fechas, la ciudad había sido más o menos respetada por los bombardeos Aliados, quizá como una especie de cortesía por la presencia del papa en ella. Esto cambió el 19 de julio de 1943, cuando un intensa incursión de la aviación norteamericana (entre cuyos tripulantes figuraba el actor Clark Gable), dejó cientos de muertos en el barrio obrero de San Lorenzo, en la periferia de la ciudad, a pesar de que ésta había sido declarada citta aperta . En un gesto desacostumbrado para un hombre de un carácter tan frío, Pío XII acudió de inmediato al lugar del bombardeo y rezó junto a los supervivientes, que se afanaban en aquel momento en buscar a sus seres queridos entre las ruinas. Pío XII fue uno de los personajes más controvertidos de la época, pues su afán, por encima de todo, era preservar su ciudad - especialmente el Vaticano - de cualquier tipo de destrucción, estimando en secreto que la mejor fórmula para ello era llegar a un acuerdo con los alemanes e implicar a los Aliados en la lucha contra el que consideraba el auténtico adversario: el bolchevismo. Pero la situación era demasiado complicada para que uno solo de los actores implicados en el laberinto italiano de aquel tiempo pudiera hacer realidad sus planes: los americanos, los ingleses, el gobierno italiano del sur, los monárquicos, la República de Saló, las fuerzas de ocupación nazi y los distintos movimientos de resistencia eran un cóctel demasiado explosivo como para que pudiera llegarse a soluciones fáciles.

Todavía a finales del verano, con los ejércitos Aliados acercándose poco a poco por el sur, los romanos podían tener esperanza de que la ansiedad de la espera acabase pronto. El mes de septiembre lo cambió todo: Mussolini había sido arrestado en julio por una rebelión del Gran Consejo Fascista. Aunque el nuevo gobierno dio garantías de seguir cooperando a los alemanes, su auténtico anhelo era llegar a una paz por separado con los Aliados, algo que sucedería a principios de septiembre. La reacción de los alemanes fue fulminante: liberaron a Mussolini de su prisión en el Gran Sasso y ocuparon la ciudad de Roma, ante la pasividad de los Aliados, que tuvieron la oportunidad de enviar fuerzas aerotransportadas para ocupar la capital. En la ciudad se vivieron momentos dramáticos, con una resistencia esporádica y desordenada, - entre otras cosas, Katz cuenta el dramático enfrentamiento, frente al arco de Diocleciano entre un Tiger alemán y una lata de sardinas italiana - que pronto colocó a los nazis como amos absolutos de Roma.

La esperanza de ser liberados pronto se disolvió ante los fracasos de norteamericanos y británicos en Montecassino y Anzio. La vida se fue volviendo paulatinamente más dura. Las acciones de la resistencia contra las tropas alemanas hacían que las ordenanzas de los ocupantes fueran cada vez más crueles y restrictivas. En este ambiente se llevó a cabo, casi con total impunidad, y con un clamoroso silencio por parte del papa, la redada contra los judíos de Roma. De los mil que salieron hacia los campos de exterminio, solo volverían quince. Mientras tanto, los romanos de a pie se enfrentaban a condiciones de vida cada vez más espantosas: el hambre y el miedo se estaban adueñando de la ciudad. Pronto se llegó a decir que media Roma se escondía en casa de la otra media. Como dejó escrito Elena, una resistente y protagonista de muchas de las páginas del libro:

"La desesperación y el miedo crecientes, el hambre y las enfermedades estaban consumiendo a la gente. Los bombardeos habían destruido la capacidad de funcionamiento de los servicios públicos, en especial para quienes estaban escondidos. (...) A menudo no había agua potable e incluso las casas de los ricos estaban infestadas de gérmenes e insectos. Pululaban los piojos y para infestarse bastaba con sujetarse al pasamanos de un autobús. (...) Todos estábamos cada vez más delgados y más pálidos y a la gente la ropa le caía holgada..."

Pero el momento culminante de estos meses llegó con el atentado de la vía Rasella, contra un regimiento de soldados de las SS, de los que fallecieron una treintena. La calle, en pleno centro histórico de la capital italiana - yo he tenido ocasión de recorrerla recientemente - es muy estrecha, con lo que los efectos del explosivo, que los resistentes escondieron en un carro del servicio de basuras, se multiplicaron contra los desprevenidos alemanes. Katz logra recrear este episodio casi como si de una novela de suspense se tratara: los preparativos, la larga espera, el miedo, las víctimas colaterales... La reacción de los nazis fue inmediata: detuvieron a una gran cantidad de vecinos y los concentraron junto al palacio Barberini, en uno de los extremos de la calle, ya en la vía Quattro Fontane. Una sencilla placa recuerda hoy en ese mismo punto estos difíciles momentos. Muchos de estos vecinos fueron liberados, pero otros fueron conducidos a prisión. Mientras tanto, Hitler se enfureció al conocer la noticia y exigió que se fusilara a treinta romanos por cada alemán muerto. Al final se consiguió rebajar la cifra de la represalia a diez por cada uno, lo cual tampoco facilitaba demasiado la tarea de elaborar las listas de prisioneros que debían ser ejecutados de inmediato. La masacre se materializó en las tristemente famosas Fosas Ardeatinas, y se convirtió en el episodio más bárbaro de la ocupación nazi de Italia. Mientras tanto, el Vaticano seguía guardando un clamoroso silencio, que muchos interpretaban como un intento de no echar más leña al fuego de la explosiva situación de Roma.

Cuando por fin llegó la liberación, a principios de junio de 1944, la explosión de júbilo de los romanos hizo olvidar momentáneamente tantos meses de privaciones. La Ciudad Eterna se había salvado in extremis de la destrucción segura que hubiera supuesto una lucha en sus calles entre dos poderosos ejércitos y eso era lo más importante en esos momentos, a pesar del recuerdo permanente que suscitaban los ausentes, los que habían muerto antes de poder ver el día de la liberación. En el recuerdo queda la inmortal frase del soldado norteamericano Thomas García, cuando contempló por primera vez la anhelada imagen del Coliseo: "¡Dios mío!, ¡también lo han bombardeado! ".

La batalla de Roma es uno de los mejores libros acerca de la Segunda Guerra Mundial que he tenido la oportunidad de leer. Es un relato que se mueve entre la historia y el periodismo para ofrecer un relato verídico de uno de los episodios más apasionantes de este periodo, en el que se jugaba la suerte del más rico legado de la civilización occidenteal. Robert Katz tuvo oportunidad de acceder a archivos inéditos y el detallismo de su narración atestigua la pasión y el rigor con el que se acerca a la historia de la pasión y resurreción de Roma.

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