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16/12/2016

Nuestro compañero Jamal El Kadib narra su experiencia en Ritsona (Grecia) como delegado de Cruz Roja Española en apoyo a personas refugiadas.

El sábado por la mañana vino Mohamed sonriente y algo exhausto a la clínica que Cruz Roja tiene desplegada en el campo para personas refugiadas de Ritsona (Grecia) para informarnos de que había recibido una llamada desde uno de los hospitales de Atenas. En aquella llamada, uno de los médicos de guardia le indicaba que, un mes y medio después, su mujer, Fátima, embarazada de seis meses, había recibido el alta médica, que podía ir a buscarla y traerla de vuelta al campo.

Mohamed, de 22 años, quería que le gestionásemos el transporte que traería a su mujer del hospital al campo de Ritsona, ubicado a aproximadamente una hora de la capital griega. En este campo intentan convivir alrededor de seiscientas personas, en su mayoría niños y mujeres de la Siria kurda. El transporte de este tipo de pacientes lo realiza otra organización ubicada en el campo, pero siempre por indicaciones del médico de turno o recomendaciones del propio hospital.

Poco antes de las 17 horas, Mohamed, volvió a nuestra clínica para trasladar a la médico de familia y a la matrona que su mujer no se encontraba bien y que tenía mucho dolor abdominal. Inmediatamente, las dos especialistas fueron a ver a la paciente y, efectivamente, la encontraron tumbada en su tienda con mucho dolor. Le preguntaron si las contracciones eran constantes y si seguían un patrón determinado y su respuesta fue negativa. Tampoco tenía hemorragias ni había perdido líquidos. Sin embargo, la matrona le recomendó volver al hospital, ya que el embarazo era de alto riesgo y podría complicarse en cualquier momento. La paciente, no obstante, dijo que prefería esperarse hasta que amaneciera para estar con sus dos hijos de 2 y 4 años porque apenas le había dado tiempo disfrutar de ellos, tras casi dos meses sin verlos.

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos directamente a su tienda, aunque no nos habían llamado en ningún momento a lo largo de la noche, pero aun así, estábamos preocupados. Fátima seguía tumbada en una colchoneta en su tienda de campaña con su marido al lado y su niña pequeña Adla. Estaba retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos. La matrona la preguntó si seguía igual y dijo que sí y que no había cambiado nada. La matrona empezó entonces a contar el tiempo de las contracciones y enseguida se dio cuenta que algo había cambiado desde la última vez que la exploró. Tenía contracciones cada cinco minutos, y la paciente había empezado a perder líquidos. En ese momento decidió mandarla de nuevo al hospital contra la voluntad, pues no quería separarse nuevamente de sus hijos.

Fátima, debido al dolor y al trauma que le causó su última estancia de más de un mes en el hospital sin poder ver a sus hijos y a su marido, me preguntó si había alguna manera de abortar su embarazo en el campo, ya que no quería tener al bebé si el precio era permanecer tres meses en el hospital lejos de los suyos. Le dijimos que no, pero que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para que pudiera estar con los suyos o para que ellos pudieran visitarla más a menudo en el hospital de Atenas.

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Mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, la matrona montó una pequeña clínica de primeros auxilios en la misma tienda para aliviar el dolor de la paciente y al mismo tiempo para estar alerta por si la paciente se ponía de parto en cualquier momento.

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Media hora más tarde, llegó la ambulancia y pudieron llevarse a Fátima antes de dar a luz, pero en un mar de lágrimas por separarse de nuevo y en menos de 24 horas de sus hijos y la angustia de no saber cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital.

El martes, dos días más tarde, sobre las 17:30h., Fátima dio a luz una niña prematura de apenas veintiséis semanas. Desde el hospital se pusieron en contacto con nosotros para pedirnos explicar al padre lo que implicaría un parto tan prematuro y, en especial, la incertidumbre para dar un pronóstico de cara al futuro más inmediato del recién nacido. Cuando explicamos al padre la situación del bebé, nos preguntó si podían llevar a sus otros niños al hospital o traer a la madre con sus hijos. Le dije que era muy pronto y que se trataba de las primeras horas del recién nacido y lo más prudente en ese caso, era esperar y ver cómo evolucionaría el bebé. Le indicamos también que, en cualquier caso, ya no se temía por la vida de la madre que había sufrido durante los últimos cuatro meses y que en las condiciones en las que se encontraba y dado su estado de ánimo, había tenido en vilo a todos los médicos.

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Al día siguiente, pasadas las 20:00h., sonaba de nuevo el teléfono, pero esta vez era para informarnos que el recién nacido no pudo sobrevivir y que había fallecido. Se lo trasladamos al padre que en cierto modo esperaba un desenlace de esta índole. Nos dijo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, que le daba mucha pena perder a su hijo y ver a su mujer sufriendo, pero que, por otro lado, sabe que su mujer podría por fin despegarse de la cama, salir del hospital y sobre todo poner fin a la angustia de no poder abrazar a sus otros hijos y tenerlos su lado que era lo que la tenía obsesionada.

La desesperación de esta familia y del equipo de profesionales que atienden en la clínica, es sólo un ejemplo de la labor que se realiza en el seguimiento de los veintiséis casos que hay de embarazos, actualmente, en el campo de Ritsona.

P.D.: Todos los nombres mencionados en este artículo son ficticios para conservar el anonimato de sus protagonistas.

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