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Pandemias, herramientas vinculantes a la política con una alta definición farmaceútica

29/04/2020 11:16 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Laboratorios y farmacias, la otra verdad detrás de una pandemia

La Tecla Fértil

Estamos incómodos con nuestro cuerpo, pero poco nos importa. Comemos a deshoras amontonando fritos, refrescos y tacos entre huecos laborales porque así nos acostumbramos y además nos justificamos porque “la vida es muy pesada”. Por eso no hacemos nada de ejercicio ni oxigenamos nuestros pulmones con una mínima caminata a la tiendita. “¿Ir al gym? No puedo, entre mis hijos y el trabajo quedo destruido”. ¡Justificar! Sí, ese infalible mecanismo psicológico que nos ayuda a tranquilizar nuestra conciencia.

Y por eso hoy, dentro de todo el maldito contexto que relacionamos con el covid-19, con familiares muertos y una psicosis posmoderna digna de la película Blade Runner, la posibilidad de despabilarnos ante lo vulnerables que somos es invaluable y quizá la mejor enseñanza que nos dejará esta pandemia.

Googléalo si prefieres y encontrarás cifras y estudios dentro de un coctel informativo que abunda sobre cómo México ocupa todos los podios internacionales de muertes por enfermedades relacionadas con un sedentarismo y hábitos alimenticios reprochables.

Pero ¿sabes qué? Siempre se han sentido intocables y tan poco les importa que lo transforman en cultural, inflándose el pecho de orgullo. Consumimos cantidades absurdas de lo que sea y luego nos queremos hacer los sorprendidos cuando el corazón se detiene. ¡Así somos!

Perdón, ¡así éramos! Porque el covid-19 nos demuestra que los débiles somos los más vulnerables. El virus no te mata por viejo, te mata porque tu cuerpo es frágil. Y cuanto más fuertes estemos, mejor afrontaremos este covid-19 y los que vendrán.

Y por favor, no busquemos los extremos para anular el cambio. Nadie nos pide que seamos los reyes del fitness o de las ensaladas; solo aceptemos que nos ha valido bastante madre nuestro sistema inmunológico hasta arrinconarlo frente a una amenaza que nosotros mismos hemos agigantado.

Pero ¿cómo lograr el equilibrio entre preservar la vida de las personas tratando de que el daño económico sea el menor posible para que quienes sobrevivan a la pandemia? Este es precisamente el dilema al que en el mundo no estamos enfrentando, pues el detener toda actividad económica no esencial sin un plan nos va a llevar a una crisis irremediable de proporciones mayúsculas que terminará por destruir muchas vidas y patrimonios consolidados o no. Lo difícil de todo esto es que, si en realidad los pobres son primero, parece que hoy no se está pensando en eso, y el número de estos que hoy en México oscila en los 51 millones podría incrementarse ante la disminución del ingreso y o la desaparición de fuentes de trabajo.

La mayor cantidad de empleos para los ciudadanos. De otro modo el esfuerzo es muy loable pero escaso. Por otro lado, como sociedad actuar responsablemente acatando como dogma, así, las medidas impuestas por la autoridad sanitaria, lo que permitiría a muchas empresas que no tiene actividades esenciales regresar a la actividad sin el temor de que la cadena de contagio pueda hacerse mayor.

Creo que hoy debería de haber un esfuerzo institucional para apoyar a las empresas que lo requieran, pero desde dos enfoques, el local que ya Guanajuato lo está haciendo y el Federal donde la bolsa de recursos es mucho más amplia para apoyar al empresariado que genera Un ejemplo de esto último es lo sucedido en Suecia, donde el gobierno apeló a la responsabilidad ciudadana para disminuir los contagios e impuso medidas menos restrictivas que permitieron mantener la actividad económica casi sin freno. La respuesta a una salida digna a la crisis impuesta por la enfermedad es esa, sociedad y gobierno trabajando juntos por un proyecto común, dejando de lado oportunismos políticos que buscan aprovechar las circunstancias para beneficiar a proyectos de partidos con miras a las próximas elecciones.

Es momento de reflexionar sobre lo que queremos para nuestro país, pero con un gobierno federal abierto a los apoyos (reales, directos y medibles) y ciudadanos respetando poco las medidas sanitarias aún se ve difícil llegar a un buen puerto.

El Libro del Apocalipsis (etimológicamente “Revelación”) concluye la Biblia cristiana, un poema terrible que relata el fin de los tiempos y la instauración definitiva del Reino anunciado en el Evangelio.

Esta idea ha marcado la vida de Occidente desde los primeros discípulos de Cristo hasta Marx que, reelaborándola bajo el materialismo histórico, habló del fin de la historia y la instauración del comunismo.

Cada vez que, a partir de entonces, Occidente se ha enfrentado a una crisis de grandes dimensiones, el Apocalipsis aparece como posibilidad en nuestro imaginario.

En el fondo, sin embargo, ese final, que algún día sucederá –ni la humanidad ni el mundo son eternos–, nos es desconocido.

El propio Cristo, que desde la tradición judía sentó las bases de esa concepción para Occidente en el relato de “La gran tribulación” (Mt. 24), advierte que las grandes turbulencias no necesariamente serán el fin, del que “nadie sabe ni el día ni la hora”.

Ciertamente forman parte de él (el de las cosas últimas), pero pertenecen a un momento anterior, el del tiempo del fin (el de las cosas penúltimas) que debe guiar nuestras acciones.

Si recuerdo esto es porque nuestra época, bajo la emergencia del coronavirus, es un tiempo apocalíptico, un tiempo de incertidumbre, un tiempo del fin, una profunda crisis civilizatoria que, en su posibilidad –nunca como hoy un colapso de estas dimensiones había amenazado a la humanidad en su conjunto–, puede ser también el preludio del tiempo final.

A la parálisis de la vida humana, traído por el covid-19, se suman otras catástrofes que se agudizarán: colapsos económicos, políticos, ecológicos, hacinamiento, miseria, multiplicación de la violencia, miedo.

Lo que, sin embargo, como humanidad debe interesarnos no es el último día, no es el fin de los tiempos –pensar en lo que ignoramos sólo lleva a espantosas histerias colectivas–, sino el tiempo del fin, la transformación que necesitamos realizar como humanidad para evitar el fin.

En este sentido, la emergencia que hoy enfrentamos no hay que entenderla como un designio divino cuyo sentido es terminar con la historia. Es, por el contrario, un drama histórico en el que, como sucede con toda catástrofe, nos jugamos como humanidad nuestra pervivencia o nuestra ruina, y que por lo mismo debe guiar nuestras acciones.

Pero no sabemos qué hacer. Si algo tienen las catástrofes es que el desmoronamiento del mundo en el que habitábamos ya no puede ser rehecho como fue y, a la vez, no tenemos nada con que sustituirlo.

Intentar rehacerlo, como lo intentan los países que comienzan a salir de la pandemia, es continuar la catástrofe. Los modos de vida basados en el desarrollo, con sus producciones y consumos ilimitados, o como pretende hacerlo la 4T cuando logre superar una pandemia que ha ignorado y cuyos estragos estamos ya resintiendo, basados en dádivas y proyectos contraproductivos, lo único que harán es hacer más profundas las catástrofes que ya habían creado y que la pandemia simplemente adelantó.

No es posible escapar a ello –las catástrofes, escribió Bertolt Brech, “se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”–, pero ¿será posible, a partir de esos modos de vida que conocemos, de lo que la pandemia ha sacado de lo mejor de lo humano –la solidaridad por encima de la utilidad; el cuidado de los otros por encima de los interese económicos; la alteridad por encima del prejuicio– y de los dos pilares fundamentales de la vida de Occidente –la justicia y el derecho–, será posible transitar a otro modo de vida basado en límites a la producción y al consumo, y en relaciones proporcionales y humanas que nos permitan tanto vivir con modestia como preservar el mundo y sus diversos rostros? Sería lo deseable.

Por desgracia nada augura que será así. Quizás el virus, como lo señaló el filósofo Byung Chul Han, sea sólo la gota que derrame el vaso, “el preludio de un crash mucho mayor”, de un ahondamiento del tiempo del fin, la instauración, en medio de la anomia, de “un régimen digital policial” al estilo chino o, en casos como el de México, militarizados a la vieja usanza, un nuevo “estado de excepción”, contra el que Giorgio Agamben no ha dejado de alertar, una imagen del infierno.

El covid-19, a diferencia de los virus cibernéticos, no destruye el sistema. En el fondo su manipulación política busca aislarnos, individualizarnos más, distanciarnos, confinarnos a relaciones virtuales. Fuera de casos individuales, de actos personales o comunitarios de responsabilidad humana, la mayoría se preocupa de su propia sobrevivencia que el estado de las cosas agravará.

El cambio que se esperaría no vendrá del sistema. El sistema ahondará la catástrofe, porque no conoce otra forma de vida que la monstruosidad. Lo que vendrá será, por desgracia, más terrible. Los tiempos del fin son largos.

Si algo diferente habrá, estará, como siempre sucede en los tiempos del fin, en las periferias o entre los intersticios de las ruinas: en aquellas personas y grupos que resisten y crean un nosotros proporcional, humano, basado en el respeto, la libertad y la ayuda mutua.

Es necesario ir reabriendo el sistema financiero

Semejantes al primer tiempo del fin –el de los primeros cristianos que se experimentaban como hombres de los últimos tiempos en espera de la inminente gran catástrofe que instauraría el Reino–, serán tiempos de catacumbas, de comunidades que, al margen de lo que hoy llamamos sistema, resisten –en la amistad, la austeridad y el cuidado de los otros– no con el fin de prepararse para el final, sino para que no suceda y el mundo que tenemos en custodia no se desmorone.

Vivimos una época de incesante desarrollo de la ciencia y la técnica. Contamos con muchos y muy talentosos científicos preparados en las ciencias de la salud y especialidades afines. Existen recursos materiales de sobra para ser usados en la materia más sensible de la humanidad, el cuidado de la vida.

No estamos en el siglo VI, bajo la plaga de Justiniano, ni en el XIV (1347) cuando Euroasia y África fueron azotados por la peste bubónica (quizá entonces murieron 100 millones), provocada por una bacteria que no tenía sus días contados. La gente creía que la enfermedad llegaba como castigo por el pecado. No había entonces estreptomicina. Esa bacteria siguió activa hasta 1959, según la OMS, y aún hubo algunos brotes posteriores. Ahora mismo, surge a veces la peste por comer carne de marmota en Mongolia, su origen histórico.

Algo peor ocurrió con la ya erradicada viruela que había azotado a los seres humanos quizá 10 mil años. Las últimas grandes epidemias de ese virus alcanzaron centenares de millones de víctimas mortales. América conquistada conoció esa enfermedad como parte de su gran drama.

En nuestros días, las epidemias son asunto político. Todos los gobiernos del mundo saben muy bien que, por experiencia histórica, la humanidad debe esperar siempre que aparezcan nuevas enfermedades. Sin embargo, ningún gobierno se dedica a actuar permanente y sistemáticamente en consecuencia. Sus grandes prioridades son siempre otras.

No se trata sólo de los sistemas médicos de cada país, sino también de las ordenanzas, la organización nacional e internacional de la sanidad, es decir, de la acción política. Por un lado, la prevención es mucho menos rentable que la curación. Por el otro, el comercio tiene preeminencia sobre la salubridad. En el fondo de todo esto, la tasa de ganancia (utilidad por unidad de capital invertido) determina en gran medida el ritmo de desarrollo y extensión de la medicina como ciencia y como práctica. Estos principios que invaden la sanidad son expresiones de la política dominante, de las decisiones de cada Estado y de todos ellos como gran congregación internacional.

Sin partir de esta realidad política no se podrían analizar las causas por las cuales se dejaron pasar muchos días antes de admitir la existencia de un brote epidémico de algo desconocido y, luego, pasó otro tiempo igual o mayor para que se fijaran medidas de control.

Tampoco se entendería por qué en varios países, ahora muy golpeados por la pandemia covid-19, las cuarentenas iniciales se tomaron con poca seriedad, ya que los gobiernos no condujeron bien, no convencieron, no organizaron a la sociedad y les preocupaba más que el paro económico fuera lo más leve y rápido posible. Luego, llorosos, implantaron el estado de sitio, llamado de diversas maneras. Los venció, lamentablemente, el coronavirus.

Ya que toda alarma y contención eran costosas para la “economía”, habría que postergarlas. Al final, la pandemia ha tenido un costo mucho mayor tanto para el capital como para el trabajo y el Estado, aunque muy especialmente para las víctimas. Una catástrofe previsible pero que no fue prevista.

Sin una autoridad sanitaria mundial, con poder suficiente para dictar decretos vinculantes y absolutamente obligatorios, el mundo va a seguir improvisando respuestas cada vez que aparezca una nueva pandemia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) es producto de la segunda posguerra y del sistema de Naciones Unidas que ya es obsoleto. Hoy se requiere una institución políticamente diferente, un poder mundial con bases democráticas.

Ahora bien, existe algo mucho más de fondo, lo cual resulta complicado porque es más costoso: la igualación de los sistemas sanitarios en todos los países. La salud debe ser un derecho universal de los seres humanos. Los recursos para garantizarla deben provenir de todos los países. El sistema sanitario debe ser igual en todas partes. Esto es algo elemental desde el punto de vista de una humanidad.

Las diferencias en cuanto a la salud no sólo existen entre los países sino dentro de cada uno de estos. Los niveles de atención son muy contrastantes, con la excepción de unos cuantos estados.

Hay algo más: la alimentación, tanto en su cantidad como en su calidad debe ser regulada a nivel mundial. Existe el hambre en el siglo XXI cuando la tecnología ha llegado a niveles asombrosos. En los países pobres hay legiones de personas desnutridas, especialmente niños y niñas. Además, en lugares donde no hay hambre existen malnutridos y muchos suelen enfermar debido a otra clase de epidemias: obesidad, diabetes, etc. La gran industria de los alimentos chatarra y anexas se basa en la libertad de comerciar que en este caso es también la de enfermar al prójimo.

Los fármacos, carísimos por ser monopolizados, convierten la salud en materia de lucro desmesurado en aras de mantener la libertad de comercio. Las grandes farmacéuticas cobran una especie de impuesto al mundo entero durante lapsos en que sus patentes se encuentran vigentes y cada gobierno defiende a las suyas. Mucha gente muere por no tener disponible la medicina ya existente. La investigación requiere grandes inversiones, pero éstas deberían ser aportadas por todos con el fin de que sus resultados ya no se monopolicen y se conviertan en cargas. No sólo se requiere socializar esa industria sino internacionalizarla, es decir, hacerla propiedad de la humanidad.

A lo anterior hay que añadir la existencia de estructuras oligopólicas, siempre ligadas a la corrupción, que obtienen ganancias extraordinarias a partir del control de mercados de medicinas y equipos médicos. Los presupuestos destinados a la salud son golpeados por esos mecanismos empresariales en los países pobres.

A todo esto, habría que agregar que la llamada comunidad internacional admite el bloqueo de países en plena pandemia. Todo bloqueo económico debería estar prohibido, pero, en emergencias de salud, sus impulsores y cómplices tendrían que ser sancionados por cometer actos contra la humanidad.

El mundo actual es tanto más vulnerable cuanto que ahora es más inestable y sus partes integrantes están más vinculadas. Cualquier cambio económico le afecta al mundo entero y, a veces, aquél es producto de una simple declaración amenazante. La pandemia covid-19 ha generado una crisis económica mundial, una recesión que, aunque de poco tiempo, será fuerte. Y, al mismo tiempo, ha demostrado que el sistema mundial no funciona de acuerdo con lo que proclama, es decir, no protege a la humanidad.

En particular, la pandemia muestra que los sistemas de salud no funcionan bien en ninguna parte del mundo y que todos requieren profundas reformas que no pueden ser sólo nacionales sino internacionales.

Tenemos como uno de tantos ejemplos las casas hogar de personas de la tercera edad en Europa, en especial en España e Italia, las cuales se convirtieron en centros de mortandad de miles de adultos mayores porque son guarderías de cuerpos sin formar parte de un sistema de bienestar y salud.

Después de la pandemia, el mundo habrá de verse a sí mismo peor que antes. Eso sería suficiente para que se abriera la oportunidad de que las ciudadanías impusieran a sus Estados las grandes reformas políticas que se requieren. Esas ya no tendrían que ser sólo de Fundamentalmente, la autoridad ha dicho que, en vistas del carácter extraordinario de la emergencia que enfrentamos, los agentes podrían en la negociación decidir las medidas que consideren más convenientes, aun cuando se pudiese contravenir el texto y el espíritu de las leyes del país. La negociación por encima de la ley propone así un precedente que resulta peligroso para el país por distintos motivos

No sorprende a nadie que conozca desde dentro el ambiente en que se dan las negociaciones individuales en nuestro país, que la parte laboral se vea en una seria desventaja: salarios sistemáticamente empobrecidos, que no han logrado recuperarse, unidos a una bajísima capacidad de ahorro que pone a la mayor parte de la población trabajadora del país viviendo al día, donde cualquier circunstancia de salud o de crisis familiar puede convertirse en una tragedia de endeudamientos y pérdida radical de la poca seguridad que se podía tener. Así entra un trabajador o trabajadora a negociar con sus patrones las condiciones de trabajo.

El ambiente está lleno de estrés y miedo, no solo por lo que ya puede suponer el tener que enfrentar ese momento con las autoridades de la empresa, sino porque se cargan todas esas preocupaciones y urgencias sobre las espaldas. En ese ambiente enrarecido, no se puede suponer que las decisiones se tomen con la cabeza clara, y cualquier comentario de la parte empresarial, por bien intencionado que pudiese ser (pues no se trata de suponer una mala voluntad), que refiera a esos precarios equilibrios, genera un estado emocional que lleva a decisiones precipitadas, marcadas por la urgencia de lo inmediato a resolver y esconde las consecuencias futuras que esa decisión pueda traer.

Toda negociación equitativa supone que las condiciones en que se da permiten a quienes participan en ella mantenerse con claridad en la búsqueda de sus objetivos comunes y particulares, de manera que puedan llegar a acuerdos benéficos para todas las partes. Siempre se cede, es cierto, pero tiene que hacerse de una manera consciente, medida y con previsión de que el futuro no será peor que lo que ahora se está viviendo. Y eso es precisamente lo que la precariedad de las condiciones con que se entra en estas negociaciones no permite.

Aquí no se trata del coronavirus, sino del contexto ya debilitado en que la pandemia es recibida, y es esta debilidad la que hace absolutamente inoportuna y peligrosa la decisión de la autoridad laboral si se trata de proteger los derechos de las y los trabajadores del país. La actual situación no mejora en absoluto las condiciones de la negociación, sino que, por el contrario, las pone en situación de urgencia, de estrés y ansiedad, de miedo, y eso influye radicalmente en la capacidad de ambas partes para hacer una negociación provechosa, pero, especialmente, en aquella parte, la de las y los trabajadores, que ya de por sí se encontraban en una terrible desventaja.

El objetivo de las normas públicas que regulan la negociación y que se deben anteponer siempre a los resultados que ésta pueda tener, señalando como ilegales algunos de estos resultados y por tanto no apropiados para resolver la controversia, es precisamente reparar suficientemente esta inequidad de condiciones. Esto, de la pandemia es largo, los causantes deben ser penados, según la ley.

 

 

 

 

 

 

 


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Autor:
Emiro Vera Suárez (1579 noticias)
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