Por: Teresa M.G. Da Cunha Lopes
Desde este martes, 29 de mayo 2012, la elección presidencial estadounidense entró en su fase de competencia final entre los dos, ya oficiales, candidatos : por un lado, el candidato demócrata, y actual ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama y por otro lado el candidato republicano, Mitt Romney.
El contexto en que se desarrolla esta campaña es, bajo un punto de vista norteamericano, grave: EE.UU. se encuentra en un período de posible salida de una seria recesión, debilitado por guerras culturales internas, obligado a promover la ampliación de Occidente y a encontrar un equilibrio con un Oriente económicamente dinámico, pero aquejado de grandes problemas políticos y de un déficit de libertades fundamentales.
No es de extrañar, entonces, que las estrategias de política internacional de Estados Unidos en una era de turbulencia y cambios, estén en el centro del debate entre Obama y Romney, en esta carrera 2012 a la Casa Blanca.
Así, dos ejes primordiales ocuparán el escenario político en los meses venideros:
1.-La política exterior (Foreign Affairs)
2.-La Seguridad Nacional (Homeland security)
Obama hace campaña a partir de un programa que prevé la retirada de Irak y de Afganistán, con la redefinición de la misión de la ONU, por un lado, y un refuerzo de la lucha contra el terrorismo internacional, en particular contra Al-Quaeda.
Sí bien, aparentemente, no existen cambios de fondo en la agenda de la política exterior, en la realidad estos son obligatorios como consecuencia de la interrelación entre dos factores.
El primero y fundamental: la ausencia de la izquierda. Una de las características más enigmáticas del “mundo después de la crisis financiera es que, hasta ahora, el populismo ha tomado, de manera primordial, una forma de derechas y no de izquierdas” (FUKUYAMA:2012:86). Condiciones que he analizado en dos columnas anteriores : en “Una Nueva Raza de Conservadores”, en Agosto 2011 y en “ El Fascismo renace de las cenizas de Europa” en Febrero 2012. Condiciones que son inequívocas en el actual contexto electoral norteamericano con la presencia avasalladora del Tea Party en la contienda y en la manera como ha secuestrado el discurso y las estrategias del candidato republicano.
Después de la muerte del marxismo ( todavía existen creyentes, casi todos en fase terminal), el pensamiento de izquierda no ha conseguido producir nuevos marcos conceptuales, por lo tanto, se ve en la imposibilidad de aplicar poderosas herramientas para la movilización de las masas populares. . El pensamiento político de izquierda ha sido reemplazado con el postmodernismo, con el multiculturalismo, con la teoría crítica, con el feminismo, etc, etc, pero sólo ha conseguido negar la posibilidad de una narrativa maestra de la sociedad (y de la historia) y validar, como en el caso del multiculturalismo, “el victimismo de casi todos los grupos externos”, con los cuales la mayoría de la clase obrera y de las clases medias, no se identifican. Dudo mucho que el movimiento “Occupy Wall Street”, pueda ser la respuesta a la urgente necesidad de un pensamiento de izquierda progresista.
El otro factor es la evolución interna, personal, de Barack Obama.
Cuando Obama prestó juramento en enero 2009, lo hizo con una visión de un destino histórico y con una voluntad de activismo político enfocado al cambio de paradigma vigente en las Relaciones Internacionales. Se proponía re- formular la imagen de Estados-Unidos en el mundo árabe; acabar con las dos guerras (Irak y Afganistán); ofrecer una “apertura” a Irán; negociar con Rusia un mundo libre de armas nucleares; integrar la China a los procesos de cooperación regionales y mundiales; traer la Paz al Orente Medio.
O sea, el Obama de enero 2009, buscaba “nothing less than to bend history's arc in the direction of justice and a more peaceful stable word”(INDYK; LIEBERTHAL;O?HANLON:2012).
Desde el primero momento fue observable la tensión entre el discurso y el deseo manifiesto de un cambio fundamental de paradigma y el instinto de Obama para gobernar en base a un pragmatismo propio a su carácter de decisor ponderado y que permitía resultados visibles y concretos, además de lidiar con las condiciones internacionales de un mundo en que Estados-Unidos dejó de ser le “hegemon”.
Resumiendo, el Presidente Obama, contrariamente al Candidato Obama del slogan “Yes we can”, ha sido progresista cuando fue posible y un férreo pragmatista, siempre que necesario.
Tal posicionamiento, le ha aportado duras críticas e instalado la duda sobre sí en realidad tiene una estrategia definida o sí sólo actúa como un presidente que responde a cada situación momentánea con la solución posible pero no deseada. Según la opinión de varios especialistas en Relaciones Internaciones, en particular del grupo del think tank norteamericano Brookings Institution, esta imagen, fundamental en la construcción de la narrativa republicana, no corresponde a la realidad.
Al revés, el Obama presidente, al cual llamaré de pragmatista-progresista, ha tenido un papel mucho más complejo que lo que dejan entrever sus críticos, y mantuvo durante todo este primer mandato un control sobre la política exterior de Estados-Unidos que ha sido superior y más constante que el de sus predecesores que tuvieron que lidiar con Secretarías de Estado, y Secretarios, con agendas propias (no hablo del notorio caso de George Bush, pero sí de una comparación con Nixon).
Este control sobre la conceptualización, articulación e implementación de la política exterior norteamericana ha rendido frutos. Consiguió atrapar y matar a Osama Bin Laden; administrar una relación compleja con China teniendo el cuidado de no hacer de la ideología el tema central de estas relaciones y adoptando el concepto mutuo de una “asociación constructiva” ( BREZEZINSKY:2012) en asuntos globales; firmar el tratado estratégico NEW START sobre armamento nuclear con Rusia (New Strategic Arms Reduction Treaty) ; hacer pasar en el Consejo de Seguridad resoluciones de imposición de sanciones a Irán y de intervención militar en Libia ; retirar las tropas de Irak; firmar, en el cuadro de la OTAN, el tratado de Lisboa con Afganistán, sobre las condiciones de cooperación del ISAF post-retirada a partir del 2014 .
Sin embargo, no podemos olvidar los grandes reveses que su estrategia pragmatista-progresista sufrió a lo largo de estos últimos cuatro años. Desde el estancamiento del proceso de paz en Medio Oriente, pasando por el fracaso de no poder penetrar el fundamental rechazo del mundo árabe a Estados Unidos, deja en el camino un México (aliado prioritario) hundido en el narcotráfico y en la violencia de una guerra entre carteles alimentada por el flujo continuo de armas estadounidenses y por el fracaso de la política anti-drogas. Irán no ha abandonado su proyecto nuclear; Corea del Norte continua aumentando su arsenal nuclear.
Un ejemplo de esta dicotomía entre el Obama visionario y el Obama pragmatista ha sido el manejo de la “Primavera Árabe”.Un elemento crucial ha sido el reconocimiento de que las tensiones, turbulencias y revoluciones de la “Primavera Árabe” no son dirigidas contra Estados Unidos y que el margen de influencia y de maniobra de la Casa Blanca sobre el desenlace de las mismas es limitado.
Así, en vez del mutismo de la Casa Blanca y del Departamento de Estado face a la represión por Teherán de los manifestantes contra la reelección de Mahmoud Ahmadinejad, Obama optó por apoyar las reivindicaciones de libertades y de democracia del mundo árabe, ayudando al derrocamiento de las dictaduras en Túnez, Libia y Egipto.
Pero, en lo que respecta al Golfo, optó por defender la estabilidad de regímenes represores y tiránicos como el de Bahrain, para proteger los intereses estadounidenses en la zona. También ha sido demasiado cauteloso y lento en relación a Siria, no aplicando la necesaria presión en el Consejo de Seguridad para la salida de Bashar al-Assad.
El caso de Egipto es paradigmático de este enfoque del pragmatismo-progresista que ha caracterizado el primer mandato de Obama 2009-2012 y que aparece como uno de los puntos claves con los que tendrá que lidiar en su segundo mandato, caso consiga la reelección en noviembre 2012.
El apoyo determinado de Obama a la salida de Mubarak y a su substitución por un Supremo Consejo Militar (Supreme Council of the Armed Forces) permitió una transición rápida y la realización, en el espacio de un año, de elecciones generales para la nueva asamblea constituyente y para la presidencia de la República. Este modelo de transición había sido probado con suceso en Portugal, entre 1974 y 1976, post Revolución de los Claveles, con el apoyo de Estados-Unidos y a través de la acción estratégica de los nuevos partidos de corte democrático occidental (PS;PSD, CDS). Sin embargo, los resultados de esta riesgosa apuesta de Obama en Egipto, no son claros, tanto más que las condiciones culturales, políticas, históricas y geográficas del Portugal de 1974 y del Egipto del 2011-2012 son totalmente diversas. En el primer caso, la Constitución del 1976 y la posterior entrada de Portugal a la entonces CEE, hoy Unión Europea, sólo ratificaron la opción por la total integración del país al paradigma de la democracia liberal y del estado del bienestar, opción fundada en los lazos históricos comunes.
En el segundo caso, la componente mayoritaria poblacional musulmana y la presencia del Islam en su formas radicales en el campo político, por un lado, y la tentación por parte del aparato militar-económico de colocar sus intereses por arriba de la Constitución, han complicado y tal vez imposibiliten este tipo de transición en Egipto después de la caída del “faraón”.En un escenario geopolítico catastrófico, la revolución de la “Primavera Árabe” en Egipto generará una república islámica : “los coptos huirán, los ingresos del turismo desaparecerán para siempre y los egipcios añorarán la mano de hierro de un faraón” (FOUAD ADJANI:2012:119). En el escenario sobre el cual recae la apuesta de Obama, los Hermanos Musulmanes optarán por un islamismo moderado que gobernará Egipto al estilo de Erdogan en Turquía. De la estabilidad o de la debilidad de la relación estratégica actual entre Egipto y Estados-Unidos depende la evolución de la situación en Siria. Por el momento, el prolongamiento de la tragedia siria aporta únicamente el congelamiento del margen de maniobra de Irán en la región, debilitando sus posibilidades de intervención en Líbano, en Gaza y de ataque concertado contra Israel. Pero, pienso que el precio en sangre es demasiado alto para resultados tan escasos.
Pero el grande reto del Obama pragmatista-progresista no será el del Oriente Medio. Será el de reconocer que “la estabilidad en Asia no puede ser impuesta por una potencia no asiatica, menos aún por la aplicación directa del poder militar estadounidense”(BRZEZINSKI.2012:94). O sea que el principio rector de la política exterior de EE.UU. en Asia debe afirmar la defensa de los Tratados y obligaciones para con Corea del Sur y Japón sin dejar que la situación pueda evolucionar para escenarios de guerra entre las potencias asiáticas. Bajo de este punto de vista, la reelección de Obama es necesaria, diría mismo, esencial. Sólo el pragmatismo-progresista de Obama podrá intentar un esfuerzo concertado para desarrollar un triángulo de colaboración entre Estados Unidos, Japón y China. Y sólo esta concertación podrá asegurar un equilibrio y un futuro de paz.