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"Muchos votantes suecos están enfadados porque se sienten a la intemperie; esperaban más de un gobierno de izquierdas"

08/09/2018 07:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Todos los sondeos pronostican que el próximo 9 de septiembre se producirá un terremoto político en Suecia. El que fuera considerado durante años como el país más tolerante de Europa corre el riesgo de ver cómo un partido xenófobo con orígenes neonazis se convierte en líder de la oposición, mientras el Partido Socialdemócrata sería castigado con el peor resultado de su historia. Sin embargo, un dato menos conocido es el apoyo creciente al Partido de Izquierda (Vänsterpartiet), que podría pasar del 5% que cosechó en las últimas elecciones a un 12%. La popularidad de esta formación es cada vez mayor entre los jóvenes, que respaldan su proyecto de reforzar el Estado de Bienestar y las políticas igualitarias. Nooshi Dadgostar (Gotemburgo, 1985), es diputada y vicepresidenta de Vänsterpartiet. Procedente de una familia iraní, Dadgostar comenzó su actividad parlamentaria en 2014 y encarna la incorporación de las nuevas generaciones a la política sueca. Nos reunimos con ella en Estocolmo para hablar de los desafíos de la izquierda en Europa, el populismo o el feminismo.

Suecia ha sido siempre modelo del Estado de Bienestar, ¿sigue siendo así?

Este modelo es una conquista cultural intocable, hasta el punto de que ningún partido puede cuestionarlo abiertamente. El Estado de Bienestar y el socialismo es recordado como lo que sacó a Suecia de la pobreza y creó una igualdad sin precedentes en nuestra historia. Sin embargo, la fuerza del mito no ha impedido una degradación real del modelo. En los últimos años, los sucesivos gobiernos conservadores o socialdemócratas se han dedicado a liberalizar sistemáticamente nuestra economía, por ejemplo la vivienda o la educación. Justamente allí donde los servicios públicos se han privatizado o externalizado, nuestro modelo ha dejado de funcionar. De repente, es un hecho que en Suecia hay escuelas para ricos y escuelas para pobres, lo que nunca antes había sucedido. Las privatizaciones han cambiado nuestra sociedad para peor. La mercantilización de la educación ha degradado la formación, aumentado las desigualdades, afectando sobre todo a las capas más pobres de la población. La enseñanza privada, que hace veinte años apenas tenía presencia en nuestro país, ahora representa el 20% de los centros, y los datos muestran que obtienen peores resultados que la pública. Hemos sido un país tradicionalmente socialdemócrata, pero sucesivos años de gobierno conservador han dejado tras de sí una herencia nefasta de reformas regresivas que no han sido enmendadas por los socialdemócratas. Y aunque lo hubiera pretendido, el gobierno saliente ha sido demasiado débil como para paliar estas desigualdades.

El 9 de septiembre se celebran elecciones legislativas en Suecia y los sondeos auguran una fuerte caída de los socialdemócratas y un aumento de la extrema derecha, que podría escalar a la segunda posición. Hasta ahora parecía que Suecia era inmune a la extrema derecha, pero en los últimos ocho años no ha dejado de ganar apoyos. ¿Qué explicación da a esto?

Diría que muchos electores están enfadados porque se sienten a la intemperie. Seguramente, esperaban algo más de un gobierno de izquierdas. Recuerdan cómo era cuando iban a la escuela, la igualdad que existía pocos años atrás, la estabilidad de la vida de entonces. Creo que buena parte de la rabia que hay contra el establishment tiene su causa en que estos gobiernos se han dedicado a minar las instituciones que protegían a la gente. Soy más escéptica, sin embargo, sobre la conexión entre la política de asilo sueca y el ascenso de la extrema derecha. Desde hace años, hay movimientos xenófobos fuertes en Noruega o Finlandia, y su política de refugiados es mucho más restrictiva que la nuestra. Aquí, Sverige demokraterna (extrema derecha) ya ganaba apoyo antes de la crisis de los refugiados, así que no me atrevería a establecer una correlación clara entre los dos fenómenos. Aun así, es evidente que están sabiendo dirigir la culpa del sufrimiento social hacia la migración, tanto la reciente como la que vive aquí desde hace años. Nuestro gran desafío es cómo canalizar esa frustración hacia sus causantes reales, pero desde luego es una tarea larga y complicada.

Los partidos de izquierda europeos están divididos en su postura frente a la UE. Los países del sur mantienen posiciones más matizadas, pese a haber sido los más castigados por las políticas de ajuste deficitario, mientras que el centro y el norte tienen un perfil más claramente euroescéptico. ¿Qué lugar tiene Europa en su proyecto?

Somos euroescépticos, estamos en desacuerdo en cómo la Unión Europea fue construida. Este es un punto mayor de fricción con los socialdemócratas. En Suecia, las legislaciones desreguladoras han sido sistemáticamente introducidas bajo la necesidad de adaptarse al marco europeo, de sacudirse el pesado armatoste del Estado protector. La coalición de derechas que gobernó el país hace ocho años tuvo mucho éxito vendiendo estas políticas como un mayor acercamiento a Europa, creando una cierta legitimidad para llevarlas a cabo. Pero Europa no ha mejorado nuestro país, al contrario. Esto se puede ver claramente en los municipios, donde muchas de sus antiguas competencias, como la vivienda, fueron sustraídas en nombre de una mayor integración en la legislación europea, y ahora nos encontramos con una gran inestabilidad en los precios y problemas muy graves de acceso a la vivienda. Europa supone más problemas que soluciones, y entendemos que Suecia estaría mejor fuera de ella. Dicho esto, tengo que decir que probablemente mucha gente no vive la UE como una realidad cercana, de modo que no es un tema al que estemos dando mucha visibilidad. A diferencia de otros países, tenemos nuestra propia moneda y no hemos sufrido la crisis con la misma fuerza. El euroescepticismo no se ha incrementado, y no hay manera de introducir este tema en la agenda a corto plazo, sobre todo si consideramos que de momento no tenemos más que 19 escaños.

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En los últimos años, la socialdemocracia europea ha vivido un declive que la ha llevado a mínimos históricos en muchos países, sin embargo esto no parece haberse visto reflejado en un claro trasvase de su voto a formaciones alternativas de izquierdas. En muchos países, la izquierda alternativa sigue ocupando un pequeño espacio mientras la derecha xenófoba aumenta. ¿Cómo interpreta que la izquierda, en el contexto actual, esté jugando un rol tan testimonial?

Sin querer pecar de optimismo, creo que hay que añadir matices a esa perspectiva. Lo que tenemos delante no es una victoria total de la extrema derecha, hay tendencias mezcladas dependiendo de los países. Podemos sigue estando ahí, Corbyn podría gobernar Gran Bretaña, La France Insoumise gana apoyos, también está Portugal y, pese a todo, Grecia. Hay una izquierda, de la que creo que también podríamos formar parte, que está reemplazando a la socialdemocracia, porque defiende el programa que ellos abandonaron. No tengo una explicación a nivel global del aumento de la xenofobia en Europa, pero creo que deberíamos al menos apuntar a lo que mencioné antes: mucha gente se siente desamparada, dejada de lado por el establishment político y sienten que no hay alternativas. Nuestro deber es poder ofrecerla de un modo que conecte con toda esa gente decepcionada.

Ustedes llevan la izquierda en el nombre de su partido. En Europa, han surgido nuevas fuerzas que plantean que el eje izquierda-derecha ha perdido la capacidad de expresar adecuadamente los conflictos políticos importantes, y que han de ser sustituidos por otros con mayor capacidad de intervención en la realidad. ¿En qué medida les ha llegado este debate? ¿En qué medida cree que una estrategia populista, como la que llevó a cabo Podemos o La France Insoumise, tiene encaje en un país como Suecia?

No creo que los espacios de la izquierda y la derecha hayan perdido fuerza en Suecia. Hay unas circunstancias que todavía les dan sentido y utilidad. Por un lado, todavía contamos con instituciones sólidas, en las que una mayoría de la población aún confía. No hay ninguna crisis institucional. Por otro lado, nuestro sistema de partidos ha creado una cultura arraigada de pactos y consensos entre distintas fuerzas, que hace muy difícil mantener una posición de outsider. Otro factor importante es la fuerza de los sindicatos. Se calcula que aproximadamente el 80% de la población está afiliada a un sindicato, estamos probablemente a la cabeza de Europa en este sentido. La percepción de los ciudadanos es que los sindicatos están situados en el espacio de la izquierda, donde los trabajadores tienen una posición definida, donde tienen que luchar para obtener mejoras. El hecho de que la cultura sindical esté tan extendida da solidez al espacio de la izquierda. Pero, dicho todo esto, no estamos cerrados a la discusión sobre el populismo. Nuestro lema en estas elecciones es "por la mayoría, no por la minoría", inspirado en la campaña de Corbyn. No tenemos miedo de ser populistas. Nuestra campaña apunta a los ricos como los responsables de la degradación en este país, y proponemos un horizonte de futuro por y para la gente común. Seguramente, en el futuro, pongamos más el acento en el carácter popular de nuestro proyecto con el objetivo de mostrar que venimos del pueblo, y que esa es precisamente la fuerza que entrará con nosotros al parlamento.

El feminismo ha experimentado un enorme crecimiento en los últimos años, condicionando la agenda política de muchos países. Suecia, que ya contaba con una tradición feminista muy arraigada, no ha permanecido ajena a esta nueva ola. ¿Qué cambios ha producido la nueva ola del feminismo en vuestro país?

La mayor parte de las mujeres suecas se consideran feministas. Incluso el líder de Moderaterna (el partido conservador mayoritario), quien trató de ignorar la cuestión, tuvo que acabar declarándose feminista. El movimiento Me too tuvo un enorme impacto. Supuso que muchísimas mujeres de distintos perfiles denunciaran abiertamente el sexismo y la violencia que se ejerce contra ellas en sus entornos. Este movimiento mostró cómo hay injusticias estructurales que suceden todos los días, y que hasta hace poco eran invisibles. Mostró cómo el problema no estaba en hombres particulares, ya fueran alcohólicos, inmigrantes o marginados, sino más bien en gente normal: compañeros de trabajo, jefes o padres. Cuando este movimiento llegó a Suecia en 2017 produjo una gran conmoción, a raíz de la cual presentamos propuestas para frenar las actitudes sexistas en el puesto de trabajo. Por desgracia, parece que no consiguió cambiar el clima, cada vez más autoritario y reaccionario que se respira en nuestro país.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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1636
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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