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Los Saltos de "La Chabela"

17/10/2009 13:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Mi profunda admiración al temple de la mujer, en cualquier lugar geográfico que se encuentre, siempre dispuesta a cumplir más allá de lo que quizás le corresponde..."

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LA SALTADORA DE LA PAPA CHUÑO

(En homenaje a todas las mujeres adultos mayores o tercera edad del mundo)

Parece que los pies de la Chabela, mujer campesina de Socoroma, pueblo cordillerano, actual región de Arica y Parinacota, pertenecían a un extraño ritual, oscuros, curtidos por el sol y el frío que quiebra hasta el alma, mirados en principio con recelo, cuyos dedos sobresalían como cabezas de un engendro medieval, causando quizás hasta pavor. Sin embargo de sus saltos, esfuerzos y dedicación, jamás comí un tubérculo más apetecible conocido como la “papa chuño”, delicioso manjar en su estado “fresco” o mejor dicho, terminada la faena de rociarlo al aire libre en invierno, exponerla al sol del día y pisarla cada día a fin de exprimir el agua rociada. Quizás era “la guayaba misteriosa de los pueblos andinos” que muy pocos logran conocerla aunque sucede lo contrario con la papa chuño totalmente deshidratada, que encontramos en las ferias de los pueblos nortinos, Perú o Bolivia. Pero a esta “papa chuño”, antes que se convierta en la que una gran mayoría conoce solo la consumen las personas oriundas o más de alguien, como el autor de este artículo, quien se interesó por cada una de sus costumbres, llegando a degustar este sabroso complemento de la comida andina, que no se encuentra ni en la más exigente Carta de Menú de los peculiares y exóticos restaurantes del mundo.

La Chabela con cerca de 80 años, corría de prisa sobre las lomas y las terrazas de cultivo, incluso brincando como moza con una manta sobre su espalda, conteniendo su almuerzo y cualquier “engañito” para estar todo el día en sus cuidados cultivos de orégano, alfalfa o papas. De hecho, era una frenética saltarina, y junto a su danza diaria, estrujaba con sus dedos torcidos, ennegrecidos y agrietados totalmente, el agua helada que pretendía quedarse en las papas que le tiraba feliz la Chabela en las noches extremas de invierno. Jamás le pregunté cómo podría generar tanta vitalidad a su edad, si además, era convaleciente de varias enfermedades propias del desgaste de su labor agrícola y que de ningún modo le hacían perder su entusiasmo por la vida. ¡Saltaba! ¡Saltaba! ¡Saltaba! ¡Y no paraba en toda la noche, cuando tocaban la música que la identificaba por completo en alguno de esos pocos ratos sociales que lograban generarse a la luz de un par de velas, una radio cassette y "algo calentito" que abrigara el organismo, más…el inolvidable Rasputín de aquellos tiempos!

Ah si, Rasputín. En mis oídos y mi mente, quedó grabada la melodía, ¡Ra, Ra, Ra, Rasputín!, y debo reconocerlo, con muchos años menos, jamás pude igualarla en sus perseverantes saltos. Para qué decir del día después, sabía que se iba al campo de madrugada sin que en su cuerpo aflorara el trasnoche, como si lo hacía en los simples mortales que éramos nosotros, los que habíamos llegado al pueblo a cumplir una labor pública.

"Jamás comí un tubérculo más apetecible conocido como la “papa chuño”, delicioso manjar en su estado “fresco” o mejor dicho, terminada la faena de rociarlo al aire libre en invierno"

Ella era la misma que no daba tregua con sus pies la papa inflada por el agua, el sol y el hielo de la noche. A medida que la papa hinchada recibía el precioso líquido arrojado sobre ella, la estremecía hasta el momento que llegaban los pies de la saltarina Chabela, como predispuesta a una natural ceremonia cuyo objeto era conectarse con el cosmos, con el Sol Inti, agradeciendo el ofrecimiento de sus frutos más preciosos, para que disfrutara de esa unión mágica. de unión indisoluble ¡Vieran que papa chuño más sabrosa producían aquella destreza de pies y movimientos!

¡Salta Chabela, salta, que hoy está muda, para ti la voz profunda del cantante terrenal, el peso de los años andinos y la soledad que cargabas por los sembradíos de tu pueblo precordillerano. Mi espíritu se escapó del cuerpo en una de las tantas mañanas de zampoñas y repiques de campanas coloniales, hoy en tu honor quiero seguir dibujando tus saltos formidables, rejuvenecedores cada vez que me doy la tarea de contar las hojas de mi vida, lejos de las calles empedradas que ordenan el agua de lluvia caída en los tiempos de carnavales. ¡Salta Chabela, salta con la música de Rasputín... Esa que terminó por llevarte al cielo de tus creencias, un día de invierno con la fuerza envidiable de tus pies curtidos y tu verdadero espíritu que nunca conocí bien, pero no se porque me lo presentas cada vez que se me ocurre pensar que el Inti, ya no alumbra para todos!


Sobre esta noticia

Autor:
Flofandez (5 noticias)
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Reportaje
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