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La luz de Conita

26/02/2016 16:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageFoto: PixabayPor eso a fuego lento surge la luz del día, el amor, el aroma de una niebla lejanay calle a calle vuelve la ciudad sin banderasa palpitar tal vez y a vivir en el humoFragmento del poema "No hay pura luz" de Pablo NerudaEra mediodía y Conita estaba sentada en las últimas filas de la iglesia. Aplaudía con mucha suavidad, como ella suele hacerlo, con tan poca fuerza que apenas se escuchaba el sonido de sus palmas. Al mismo tiempo, sonreía sin mostrar los dientes, y los ojos se le ponían chiquiticos. El resto de la gente también celebraba. Quizás era un cumpleaños, el anuncio de un próximo matrimonio, la curación de una enfermedad o el agradecimiento por un donativo para mejorar el recinto. Ella no lo sabía. El sacerdote había terminado la misa y había dado la noticia, pero Conita no entendió. Alguien tuvo que moverle el brazo y decirle que el asunto era con ella.No es la primera vez que pasa algo así. Por ejemplo, cuando se reúnen en la casa de mi tía Zoraida, Conita ?o Consuelo, como la conocen quienes no son sus nietos? participa poco en la conversación. Ella siempre ha sido muy callada, pero ahora más: no sabe qué responder porque no le sigue el ritmo a lo que la gente dice. Van muy rápido, hablan muy bajito. Por eso, cuando la llamo por teléfono, subo el volumen al máximo y pronuncio las palabras con lentitud. Generalmente, lo logramos. Pero, a veces, se desespera. Estoy en la mitad de una historia sin mucha importancia ?que me fui a pasear a El Retiro, que las clases están bien, que ya presenté la tesis?, y de repente escucho: "Ay no, Ceci, agarra esto que yo no oigo nada". Y le lanza el teléfono a mi mamá sin despedirse.Antes no teníamos ese problema. A ella siempre le gustó escuchar. De hecho, creo que toda la vida ha preferido oír con paciencia que contar una historia que la ponga en el centro de atención. Para saber cómo conoció a mi abuelo o qué hacía cuando estaba pequeña, me tocaba hacerle un montón de preguntas. En cambio, siempre me prestó atención cuando llegaba del colegio con alguna novedad. Incluso, cuando yo estaba más pequeña ?es decir, hace como 20 años?, le encantaba que le leyera.Recuerdo que me gustaba acompañarla en la cocina mientras hacía la cena, una gelatina de fresa o una natilla. Un día me dijo que buscara un libro. Yo tenía una colección que se llamabaMi primera enciclopedia, con 13 tomos. Ahí se presentaban varios temas, cada uno con un poema, un cuento y una explicación más seria sobre el asunto. A mí me encantaban todos, menos el número 3, con el lomo de color verde oscuro, que hablaba sobre la alimentación y tenía adentro el dibujo de un viejo gordo con unos dientes de monstruo. El relato era el de un hombre glotón que se comía a la gente, algo así. Nunca lo supe porque siempre me dio miedo abrirlo y encontrarme con esa imagen de pesadilla. Por eso, ese día preferí agarrar el número 1. "Para ver, ¿cuál trajiste?", me preguntó. Le mostré la portada roja, con unas ilustraciones de soles y estrellas. "¡Muy bien! Empezaste por el primero", me dijo.Yo no entendí por qué me felicitaba. Quizás estaba contenta porque pude identificar el orden de los números. Pero, en realidad, ya yo había visto todos los libros. Lo que yo quería era evitar el número 3 como sea, y simplemente escogí al azar el que hablaba sobre el universo y sus misterios. Tampoco sé por qué recuerdo con tanta claridad ese momento, su vestido rojo con flores, sus lentes grandes, su dulzura y la luz tan bonita que salía de sus ojos.Unos años más tarde, cuando por fin supo que los aplausos en la iglesia eran con ella, se levantó del asiento y caminó hacia el altar. Le dieron un ramo de flores y le cantaron. Estaba contenta. Es verdad que con 83 años recién cumplidos, muchas cosas han cambiado: ya no oye bien, camina encorvada, tiene más arrugas que nunca, come mucho y no hace caso a las advertencias de mi mamá. Pero hay algo que se mantiene y que yo celebro: se le ve esa misma luz en los ojos ?una luz de algodones de azúcar, dulces, chocolates, rosas? que noté cuando le leí ese cuento que sí pudo escuchar con claridad.


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Autor:
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Fuente:
literaturaenlaciudad.com
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Reportaje
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