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“Jack el destripador” cumple 129 años y aún no ha sido idetificado

09/06/2017 10:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los asesinatos de Jack el Destripador pueden no ser un día de fiesta en el diario de las víctimas que pudo haber en 1888, pero los periodistas ingleses no se olvidan del aniversario de Jack que figura hasta en en, el “The Mac-Millan Dictionary ”, como si se tratara de un ser que vivió ayer

En 1888, al este de Londres en los barrios de Whitechapel y Aldsgate-cuatro kilómetros cuadrados de extensión- vivían cerca de 500.000 personas en condiciones extremas de pobreza, insalubridad, depravación y hambre. Más de la mitad de los niños morían antes de cumplir los 5 años y cada habitación de las casas semiderruidas estaba ocupada por seis o siete personas: hombres, mujeres y niños. No es de extrañar, por tanto, que el alcoholismo y la prostitución alcanzaran niveles alarmantes: según la Policía, unas 1.200 mujeres hacían la calle. En consecuencia, abundaban los asaltos nocturnos, de supuestos clientes y de prostitutas y  muchos de los cuales resultaban mortales. 

El origen del nombre de “Jack” el que encabeza esta historia,   fue una carta a la “Central News Agency”, en “Fleet Street” (la calle de los periodistas que aglutina a todos los periódicos y agencias de noticas), con el encabezamiento “Dear Boss” (Querido Jefe) dirigida a la agencia y dicen que con copia a Scotland Yard. La carta la firmaba “Jack the Ripper” (Jack, el destripador), e incluía una serie de detalles,   periodísticos, e interesantes que fueron divulgados por todos los periódicos. Al cabo del tiempo, esta misiva, bien escrita fue atribuida al periodista del “Star”, Bert, especializado en temas sensacionalistas y escabrosos.  Su intención era, precisamente atraer lectores lo cual consiguió. 

La repetida carta y otros detalles permitieron hacer el perfil de un asesino en serie célebre, “Jack”, como un hombre de 18 a 35 años con antecedentes criminales, que conocía a fondo los lugares en que operaba, los bares y el nombre de las mujeres que esperaban allí a sus clientes. No parecía tener mayores conocimientos de anatomía o medicina o no lo decía. Pero destilaba un carácter antisocial, manipulador, carismático, inteligente, bien vestido y buena presencia física, posiblemente víctima de abusos sexuales en la niñez, un megalómano. Y a todas luces un psicópata no arrepentido, que llevaba una doble vida. La mayoría de los especialistas dio por bueno este perfil que apenas sirvió a los detectives. 

 

Su notoriedad rápida se debió en parte a esa carta y a las de sus imitadores ya que precisamente los periódicos de Fleet Street doblaron su tiraje. La diversidad de estilos “literarios” de los que escribían sembraron confusión y un terror difuso, por las amenazas vertidas, aunque, estadísticamente, “Jack“, hizo en realidad pocas víctimas. El East londinense, con su calles tortuosas, malos olores y burdeles en cada esquina o casas de pensión que alquilaban camas, se hizo tan mala fama que alguien calificó todo aquello como la Revolución Macabra encuadrada dentro de la Revolución Industrial. 

Fue en la madrugada del 31 de Agosto cuando el horror comenzó a instalarse en los habitantes del bajo Londres y la llamada Revolución Macabra se hallaba plagada de mistificaciones donde los datos reales, objetivos y verificables se confundían con las exageraciones, e incluso con las mentiras lisas y llanas.  En este mes de agosto de 2017 se cumplen ciento veintinueve años de uno de los fenómenos criminológicos más trascendentes e impactantes de la historia del delito: “Jack, el destripador”. Cometió su primer crimen en una noche de agosto contra Martha Tabram, aunque no se sabe con certeza si su  primera presa humana fue Martha o Mary Ann “Polly” Nichols. Esa verdad escapada o desvanecida por policía y prensa, dejó un vacío que se ha querido llenar con especulaciones acerca de la plausible identidad del o de los asesino/s. En unos casos se trata de teorías formuladas de buena fe y con auténtico esfuerzo investigador. 

Pero en muchas otras ocasiones las conjeturas están motivadas por meros fines lucrativos y sensacionalistas. Existe una vasta biblioteca de libros serios elaborados por especialistas sobre el tema, (autores, en su mayoría, británicos), a quienes se les denomina: “ripperólogos”. Algunos de esos manuscritos se limitan a desarrollar los hechos que tienen adecuado respaldo documental, y describen el contexto social en que tuvieron cabida aquellos sucesos lamentables. 

La leyenda y la impotencia de la policía londinense que luego adoptó el nombre de Scotland Yard, y sus mejores sabuesos, hicieron que dada su pasividad, que corriera el rumor de una auténtica conspiración, en que la propia policía se mostraba inactiva porque sabía la identidad e incluso los nombres de los asesinos, pero no podía actuar precisamente porque llevaban apellidos ilustres y eran tabú. John Grieve, comisario adjunto de Scotland Yard hizo el primer retrato-robot del presunto asesino con los testimonios de trece personas que afirmaban haberle visto y la célebre primera carta. Hubo detenciones entre personas sospechosas, pero el criminal no fue hallado e identificado, aunque posiblemente pasó por comisaría, pero  sus antecedentes, su nombre y las coartadas le libraron. 

También corrieron otras historias, como la de que el asesino era un hombre de la alta aristocracia disfrazado. Lo malo para la realeza es que además de los nombres de Edward Albert, el duque de Clarence, hijo del rey Eduardo VII, heredero del trono inglés, citado al principio, aparecían otros intocables. Incluso también se señaló con el dedo al médico de la reina Victoria, Sir William Withey Gull, a quien se le había pagado para que guardara silencio sobre un hijo ilegítimo del duque de Clarence, nieto de la reina Victoria y heredero de la corona de Inglaterra, quien murió a los 28 años, según las malas lenguas víctima de la sífilis. También circularon rumores de que el autor era J.K. Stephen, tutor en Cambridge y primo de Virginia Wolf, el del pintor Walter Sickert y hasta Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes fue citado por la policía pero no llegó a declarar. Al parecer esto ocurrió, cuando Conan Doyle anunció que Sherlock podía aclarar el enigma de Jack el Destripador, si se le permitía acceder a documentos oficiales. Tal posibilidad enfureció a Scotland Yard, porque las intuición del famoso detective podía llegar al entorno del Duque de Clarence y eso sí era tabú absoluto.

Hubo muchas personas que eventualmente debían haber conocido bien el asunto, que creyeron en la versión del duque, porque parecía ser la única explicación lógica a la conducta extraordinariamente extraña tanto de la policía como del heredero del trono. 

Los 129 años de los asesinatos de Jack el Destripador pueden no ser un día de fiesta en el diario de las víctimas que pudo haber en 1888, pero los periodistas ingleses se han acordado y no se olvidan del aniversario de ese personaje desconocido que aparece en el distinguido diccionario biográfico de grandes figuras de la historia nefasta patria, el “The Mac-Millan Dictionary ”, como si se tratara de un ser viviente de ayer. Asimismo se han publicado más de treinta biografías que van desde “El completo Jack el Destripador” hasta “Los crímenes y la muerte de Jack el Destripador”, pasando por textos de ficción que han conservado su nombre, como marca de fábrica. A eso se suman más de cien años de investigación del célebre asesino y cientos o miles de artículos aparecidos en todo el mundo, como estos días los de  los terroristas de la Yihad. 

Muchos afirman que no existió un Jack sino varios y que él no es una figura mítica del justiciero de las prostitutas que trabajaban en el East londinense. Cualquier otro crimen perpetrado durante años, ha llevado siempre al recuerdo los de “Jack”. 

Hay un acuerdo casi total de que las verdaderas víctimas de Jack el Destripador fueron cinco, asesinadas entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888. En diciembre de 1887 dos hermanas, Fay y Martha Tabran, fueron muertas en esa zona pero no hay consenso de que ambas fueran víctimas del mismo hombre. Y surgen las dudas sobre Alice McKenzie y Frances Coles, asesinadas después de que Scotland Yard diera oficialmente por desaparecido para siempre al auténtico “Jack” aunque existen dudas sobre esto. 

El forense de esos días, el doctor Philips dijo a finales de siglo que tenía serias dudas en torno a un autor común y según las autopsias, había diferentes asesinos. Como la lectura de los casi ochenta libros escritos sobre el tema no dan la luz completa, se puede decir que Pola Nichols (murió con la garganta destrozada); Annie Chapman más o menos lo mismo; Catherine Eddowes, destripada y con el rostro mutilado y la cara desfigurada; Liz Stride, con una  cuchillada en el cuello y Marie Nelly, 25 años, toda una belleza, quien tuvo tiempo de gritar “¡Asesinos!” y murió en su casa más bien por falta de asistencia, que por la gravedad de los cortes, y esos  crímenes sí fueron obra de Jack el Destripador quien después de la muerte  de Marie Nelly  desapareció  según la policía, for ever,   por muerte natural, al parecer de sífilis. 

Los ortodoxos en criminología argumentan afirmando que el personaje fue a más en sus crímenes sólo “para apaciguar sus necesidades psicóticas”. Pero el caso es que los crímenes con exageraciones flagrantes y despliegues periodísticos de la prensa victoriana que sabía que esos crímenes espeluznantes atraían al gran público harto de las grandezas coloniales de la reina Victoria por la India y el mundo. Esos gustos de la gente pudieron inducir a otros criminales en serie a imitar el primero de los asesinatos de Jack el Destripador que causaban sensación y llegaron a ponerse de moda. Por esos días circularon centenares de cartas a las redacciones de los periódicos atribuyéndose cada crimen y con los detalles más escabrosos –tomados de la propia prensa-. Otras muertes que debieron tener otro autor común fueron las de Alice y Frances Coles. Los cronistas contemporáneos dicen que la discontinuidad relativa de las  primeras cinco muertes, la primera en agosto de 1888 y la última en noviembre, hace creer que pudieron ser por lo menos dos los “destripadores”. 

Para conservar el mito de Jack el Destripador, como el de Sherlock Holmes, el de Drácula, Frankenstein u otros personajes populares, Scotland Yard, que aún seguía las investigaciones en el siglo siguiente, prefirió no hacer demasiadas diferencias  entre las formas de morir de las cinco prostitutas.

 

Por otro lado, las personas que padecían alguna minusvalía mental (había muchos enfermos de ese tipo  en los barrios de Aldsgate y Whitechapel), no querían atraerse sospechas sobre sus handicaps porque, como certifican Martin Howells y Keith Skinner, los barrios del East londinense estaban totalmente abandonados por la medicina victoriana de esos días y los alienados por esas dolencias, no se atrevían a decir nada porque el encierro en uno de los hospitales para “locos” era peor que la cárcel. Era la muerte en vida acompañada de malos tratos e incomprensión por parte de los loqueros. 

El personaje ya mitificado Jack fue llevado a la pantalla varias veces y sirvió de ilustración a muchas historias de ficción hasta principios del siglo XX e incluso hasta se trató de romantizar los crímenes, criminalizando a las prostitutas por sus pecados. Su comparación con el Gigante Asesino de la baja literatura londinense fue generalmente admitida. La primera vez que apareció su nombre fue en la histórica carta enviada a la central News Agency dos semanas después de la muerte de Chapman (como hemos dicho). Los expertos están de acuerdo en que las cartas sucesivas citadas no eran sino groseras imitaciones de la primera. Y los enterados recuerdan que en los barrios en que se decían escritas no había escuelas y mucha gente no sabía firmar y menos como trazar un dibujo, una cara, que era “la marca de fábrica” del asesino. 

Leyenda o realidad, Jack el destripador Jack conmvió a ciencia criminilastítica y la médica por más de un siglo

Hubo cosas espantosas, más que las muertes. Después de la muerte de Catherine Eddowe, el jefe de Comité de Vigilancia de Whitechapel recibió un paquete con un riñón dentro y una carta en que se decía que el otro se lo había comido frito Jack  y que estaba exquisito. Pero la carta había sido escrita sin duda por un irlandés culto de Dublín y Scotland Yard dijo que era una broma pesada de un estudiante de medicina. 

Todavía se afirma que este doctor Jekyll era médico en ejercicio y poseía los conocimientos anatómicos necesarios para su oficio”. 

Uno de los detalles que relató uno de los autores epistolares en el 2010, en un  aniversario de Jack es que el célebre asesino era médico y sabía exactamente dónde poner su cuchillo para causar la muerte, como en el caso de Marie Nelly. Esta versión del Dr. Demonio fue rechazada masivamente por el cuerpo médico británico como pura fantasía. Pero el forense Dr. Philips que estaba bien enterado, prefirió no decir nada. 

Una reciente teoría, presentada en 2007 por la investigadora francesa Sophie Herfort apunta a un oficial de policía, Melville MacNaghten (1853-1921), el cual era uno de los que visitaba la escena de todos los crímenes y se guardaba fotos post-mortem de las víctimas. Se dijo de este policía, era el autor de varios asesinatos para forzar a uno de sus superiores a dimitir. Los investigadores de criminología francesa piensan que “Jack el Destripador” era miembro de la policía y su nombre era el oficial Melville MacNaghten, que es el nombre que maneja la novelista Sophie Herfort. 

Este policía cumplía sus funciones y de hecho era el número tres en Scotland Yard (entonces mítica organización sin par entre organizaciones policiales europeas). Esta hipótesis se basaría en que Melville habría sido designado para el cargo del caso en el año 1889, año en que el asesino había dejado de matar. Y al parecer este Nº3 siempre proporcionaba datos confusos y ambiguos que más que ayudar desviaban la investigación hacia otras pistas. Se comparó la letra de Melville con la de una de las cartas con encabezamiento “Dear Boss” (Querido Jefe) dirigida a una agencia de noticias y a Scotland Yard que hemos dicho se atribuyó en principio a un periodista de “Star”, y la escritora Sophie Hertfort cree que la caligrafía era idéntica a la del detective Melville  Mac Naghten.

 

En 2007 se descubrió en una de las cartas examinadas, ADN de mujer, por lo que algunos piensan que “Jack” pudo haber sido una mujer, aunque en ese caso debió de tratarse de una mujer lo suficientemente fuerte físicamente como para mutilar los cuerpos de algunas prostitutas, dominarlas antes de matarlas sin arma de fuego y, lo que es más improbable, con la particular psicología de un asesino sexual en serie, eso sin contar los conocimientos de anatomía. 

Scotland Yard también barajó la posibilidad de que el asesino fuera Lewis Carroll pues se decía que en su poema Jabberwocky había escrito una declaración hecho en anagramas.

El millonario Edwards a partir de 2006 hizo de la identificación de Jack el destripador un hobby millonario. Recientemente por una investigación suya se dio a conocer una posible identidad del asesino según documentos de Scotland Yard, expuestos en el Black Museum. El sospechoso era un peluquero llamado Aaron Kominski. El famoso personaje, hacía extraño que Jack no fuera inglés sino (según hemos dicho)  un inmigrante polaco llamado Aaron Kosminski, según pruebas de ADN halladas en la ropa de una de sus víctimas durante los crímenes que cometió en el distrito londinense de Whitechapel a finales del siglo XIX.

Kosminski, de 23 años, era un peluquero polaco que había escapado de los pogroms rusos en 1880, y fue considerado en la época como uno de los sospechosos más probables. Los documentos le señalaban como un "probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a la masturbación", de acuerdo con las notas del responsable de la investigación, el inspector jefe Donald Swanson que siguió después del acaudalado Edwards. La Policía nunca consiguió obtener las pruebas necesarias para condenar a Kosminski, a pesar de que un testigo le situó en el escenario de uno de los crímenes. No obstante, las autoridades le pusieron bajo vigilancia constante hasta que finalmente fue ingresado en una clínica psiquiátrica donde permaneció hasta su muerte. 

Finalmente, un médico consiguió ponerse en contacto con una descendiente británica de la hermana de Kosminski, Matilda, con la que compartía ADN mitocondrial. "La primera muestra de ADN demostró una coincidencia del 99, 2%. La segunda arrojó un 100% de coincidencia", escribe el médico en un diario británico. "Fui capaz incluso de identificar la etnia y procedencia geográfica del ADN extraído, perteneciente al haplogrupo T1a1, común en las personas de etnia rusa y judía".

Edwards, escritor de 48 años, residente en el norte de Londres explica que siempre se sintió "cautivado" por el misterio del escurridizo asesino, y se dedicó a investigarlo en su tiempo libre, si bien había perdido la esperanza de resolver el caso.

El empresario Russell Edwards se atribuye el descubrimiento de la identidad de El Destripador en 2007. Ese año compró un chal que había pertenecido a Catherine Eddowes, la segunda víctima del famoso asesino. Supuestamente, muchos años antes, el sargento Amos Simpson de la Policía londinense  lo recogió cerca del cuerpo de  Catherine Eddowes. El policía quiso regalarselo a su esposa, pero ésta, al verlo todo de sangre lo rechazó y se negó a llevarlo, y el chal fue pasando a través de las generaciones hasta que apareció  en una subasta que tuvo lugar en Bury St. Edmunds, en el condado inglés de Suffolk en 2007 y lo compró Edwards. 

El empresario Edwards entregó la prenda al profesor de biología molecular Jari Louhelainen, de la universidad John Moores de Liverpool, especializado en analizar pruebas genéticas de crímenes históricos, a esos efectos. El doctor Louhelainen consiguió extraer el ADN del material, que contenía tanto la sangre de Catherine Eddowes como el semen de su asesino. Tras verificar que la pieza de tela pertenecía a la fallecida a través del estudio genético de sus descendientes, Louhelainen procedió a comparar el semen del asesino con los sospechosos de la época. 

Russell Edwards desvela ahora en el libro Naming Jack the Ripper (Identificando a Jack el Destripador) la supuesta identidad del delincuente, que en 1888 mató a cinco mujeres, a las que degolló, destripó y abandonó en callejones del East End londinense.

 

 No obstante, el hallazgo del chal le permitió explorar una nueva pista que, según él, ha resultado ser definitiva, al establecer que la sangre en la prenda pertenecía a la víctima y a Kosminski, de quien también había semen.  "Cuando descubrimos la verdad, fue la sensación más increíble de toda mi vida", afirma Edwards. "Gracias a Dios que el chal nunca se lavó, pues contenía pruebas clave", añade.

"Me he pasado catorce años trabajando en ello, y por fin hemos resuelto el misterio de quién era Jack El Destripador", asegura. Según Edwards, "solo los incrédulos que quieren perpetuar el mito dudarán del descubrimiento. Esto es definitivo: lo hemos desenmascarado", concluye. 

La teoría de Edwards es el último intento de identificar al asesino cuya historia ha generado numerosos libros y películas y continúa fascinando. Aunque el libro ofrece sin duda material para la reflexión, es improbable que ponga fin a las especulaciones que desde hace más de un siglo rodean a los crímenes de Whitechapel. 

También se acusó a los masones relacionando la palabra “juwes” de la frase “The juwes” are the men that will not be blamed for nothing” (Los “juwes” son hombres a los que nada se puede achacar) escrita en la pared con sangre tras la muerte de Catherine Eddows, que era palabra de una leyenda masónica de Hiram Abif y de sus asesinos los “juwes“. La palabra “juwes“ era “jews”(judíos), mal escrita.

 


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