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Hígados humanos, Chianti y un director en estado de gracia: 30 años de 'El silencio de los corderos'

27/02/2021 07:18 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Lo dice Marco Aurelio y lo repite el doctor Hannibal Lecter: "Empezamos a codiciar lo que vemos cada día". En el caso del guionista Ted Tally, su ambición era adaptar el manuscrito que uno de los clientes de la galería de arte de su mujer le había dejado encima de la mesa. El escritor en cuestión se llamaba Thomas Harris y ya había sido llevado al cine en una película sin demasiado éxito que hoy se considera de culto: Manhunter, de Michael Mann (1981).

El dos veces ganador de un Oscar Gene Hackman también codiciaba nuevos retos. Había decidido dar el salto a la dirección y compró a medias los derechos de aquel manuscrito titulado El silencio de los corderos. El otro 50% pertenecía a la productora Orion. La mítica casa de Woody Allen, más que codiciar, ansiaba sobrevivir: las estaba pasando canutas. Gran bola de fuego, Valmont y Labios ardientes habían sido fracasos morrocotudos. Tally se ofreció a Orion y su entusiasmo convenció a los responsables.

Sin embargo, Hackman pronto se apeó del proyecto. Su hija leyó la novela y consideró que la historia de Búfalo Bill, el Despellejador, era demasiada violenta. "Dios bendiga a la hija de Gene Hackman", declaró su sustituto, Jonathan Demme, al rememorar la feliz circunstancia en Deadline en 2016, un año antes de su muerte. Para él: "La violencia no era un elemento esencial del filme. El terror estaba en la interpretación de los personajes". Demme no era la opción más obvia y, de hecho, en un principio frunció el ceño. Pero los productores de Orion sabían que le interesaría. A fin de cuentas, aunque su carrera había escorado hacia la comedia extravagante, se formó en el terror producido por la factoría de Roger Corman (que aquí realiza un cameo como jefe del FBI). Además, para alguien obsesionado con los personajes femeninos, tenía una protagonista con un potencial indudable: la cadete del FBI Clarice Starling, todo un icono feminista. Lo vio Demme y lo vio Jodie Foster, que peleó por un papel que debía ser para una Michelle Pfeiffer que, siguiendo la estela de la lumbreras de la hija de Hackman, también lo rechazó por violento.

Como reconocía Foster a Empire: "Puede que sea la primera vez que veo a una heroína que no es la versión femenina e hinchada de esteroides de Arnold Schwarzenegger. No es una mujer corriendo en ropa interior armada con una metralleta. Lucha contra el villano con emoción con intuición, fragilidad y vulnerabilidad". No solo eso. Clarice era también un asunto personal y terapéutico, una manera de enfrentarse al psicópata John Hinckley, aquel fan que, obsesionado con el papel de la actriz en Taxi Driver, había intentado asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981.

Con Starling reclutada, faltaba Hannibal el Caníbal, ese hombre aficionado a comer hígados humanos con alubias y un buen Chianti. Ni Sean Connery ni Robert Duvall aceptaron por, ejem, la violencia. Demme viajó a Londres para ver a Anthony Hopkins, cuya prometedora carrera hollywoodiense se había detenido por sus problemas con el alcohol. Él sí estaba acostumbrado a la truculencia de las sangrientas tragedias shakesperianas. Esos personajes le habían enseñado el camino: "Mostrarse comedido es mucho más efectivo. No necesitas poner caras raras", dice en el making of En el laberinto. Le bastaba con inquietar al personal evitando parpadear y regodearse en una dicción gloriosa (doblada aquí por un magnífico Camilo García). En el momento de su estreno revelaba a Empire cómo dio voz a Lecter: "Pensé en él como una combinación de Katharine Hepburn, Truman Capote y HAL de 2001". El triángulo psicópata se completó con Ted Levine como el homicida Búfalo Bill/James Gumb. Se inspiró en los mismos asesinos que Harris, como Ed Gein, Ted Bundy o Gary Heidnik... y sí, también un poquito en su santa madre.

Los actores eran conscientes de que tenían un caramelo entre las manos porque así se lo hizo saber Demme cuando les confesó la estética que perseguía: "Estaba perdidamente enamorado de los primeros planos porque estoy perdidamente enamorado de los actores. El silencio de los corderos es la historia de dos personas luchando por meterse uno en la cabeza del otro. Transmitirlo con primeros planos y cámara subjetiva era algo sobre lo que Tak (Fujimoto, director de fotografía) y yo estábamos emocionadísimos". Era hacer todo lo que el viejo Corman y sus tiránicos presupuestos les habían prohibido por considerarlo superfluo. Normal que se recrease en el rodaje del desenlace desde el punto de vista de las gafas nocturnas de Bill, que le llevó 22 horas.

Fue la única alegría que se tomó. La producción se las ingenió para sacarle el máximo provecho a los escasos 20 millones de presupuesto. El FBI, falto como estaba de agentes femeninas, vio en el filme una magnífica oportunidad para publicitarse y reclutar mujeres. Permitió que Jodie Foster y Scott Glenn (que interpreta a su jefe, Jack Crawford) fueran a clase con otros cadetes y que se filmara en los exteriores de su cuartel general de Quantico. El rastro de cadáveres, que abarca tres estados y tres climas, se concentró en Pittsburgh. El gran problema fueron las polillas calaveras que cría Búfalo Bill, las grandes divas del filme. Originarias de Asia, no podían importarlas porque su reproducción no coincidía con el plan de rodaje. Para imitarlas, Ray Méndez customizó a las polillas estadounidenses: les pegó una uña de plástico con la calavera que les da nombre. Las movía atándolas a un hilo sujeto a un palo. Como buenas estrellas, toda atención era poca: tenían por camerino una incubadora y, cuando empezaban a romper su crisálida, pasaban a una nevera hasta el momento de la acción.

Tally, el fan de Harris, solo se atrevió a modificar el desenlace de la novela porque, según confesó a Rolling Stone: "En el libro, Hannibal se despide por carta. Eso no es cinematográfico". La majestuosa grúa final en Haití sí que era puro cine. El toque final lo puso el maestro William Goldman, autor de La princesa prometida: siguiendo sus consejos se suprimió la escena en la que Crawford y Starling son despedidos del FBI por la huida de Lecter.

El filme se presentó en la Berlinale y, aunque Demme ganó el premio al Mejor Director, Orion no tenía un dólar para promocionarla de cara a los Oscar de ese año. Así que la estrenó en la peor fecha posible, el día de San Valentín de 1991, cuando ya habían recogido hasta el último papelito de confeti del Dorothy Chandler Pavilion. Los 20 millones que costó se transformaron en 272 en la taquilla y, contra todo pronóstico, aguantó en la memoria de los cinéfilos hasta una nueva edición de los Óscar. Aun así, Orion no tenía demasiadas esperanzas. Tal vez podían rascar guion... Pero ni hablar de Actriz (Foster había ganado hacía poco por Acusados), ni Actor. "No quieres a Hannibal Lecter dentro de tu cabeza", le advierte Crawford a Starling, pero nadie se lo podía quitar de la sesera después de ver la peli. El problema era que solo aparecía en pantalla durante 16 de los 118 minutos de metraje, razón por la cual la productora quería presentarlo como candidato a Actor de Reparto. Pero Demme se negó, como reconocía a Deadline: "No era un personaje secundario. Era un logro excepcional en un papel principal masculino. Así que había que apostar por él".

El filme obtuvo esa nominación y seis más. Parte del colectivo LGTB se les echó encima acusándolos de homófobos, para disgusto de un Demme y un Levine que no se cansaban de negarlo. Aun así, ni Marco Aurelio, ni el más codicioso de sus creadores imaginó lo que ocurriría en la gala. Hannibal Lecter se lo zampó todo. Tras Sucedió una noche y Alguien voló sobre el nido del cuco, fue la tercera película en hacerse con las cinco grandes estatuillas: Película, Director, Actriz, Actor y, por supuesto, Guion; la segunda en ganar Mejor Película con una calificación R (para mayores de 17), después de Cowboy de medianoche; y la primera cinta de terror (aunque Demme no aceptara esta etiqueta) en conseguirlo. Había nacido un malo de leyenda, una heroína de ídem y un clásico inmortal. Los corderos ya nunca dejarían de chillar.


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