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Extranjeros

19/05/2018 04:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Queremos sacar a Guillem Martínez a ver mundo y a contarlo. Todos los meses hará dos viajes y dos grandes reportajes sobre el terreno. Ayúdanos a sufragar los gastos y sugiérenos temas (info@ctxt.es).

Los vi por primera vez de buena madrugada en un tren en Murcia, hace ahora muchos años, y supe que iban a trabajar al campo bajo un sol hirviente y con jornales de miseria. Tenían facciones andinas o magrebíes o subsaharianas, fisonomías muy diferentes a las mías, llegadas desde otras latitudes para desempeñar las tareas más elementales de la cadena productiva. Sobre ellos recaen esos trabajos forzosos y mal remunerados de los que no somos conscientes cada vez que desfilamos por el pasillo de verduras del supermercado. Hace apenas unos días, la revista alemana Correctiv denunciaba una rutina inhumana de violaciones y abortos contra las trabajadoras de la fresa en Huelva, la mayoría de ellas procedentes de Marruecos. En el mar de plástico de Almería, los jornaleros viven en asentamientos ruinosos de casetas sostenidas por palés y sábanas raídas, sin agua corriente y sin electricidad, con infiernillos de gas y retretes improvisados en garrafones.

En los años cincuenta, llegaban a Bilbao desde pueblos remotos de Extremadura, desde Galicia o Andalucía, con las manos cuarteadas de labrar la tierra y la tímida esperanza de una vida asalariada, tal vez en los astilleros o en la pujante industria del metal. Por las noches levantaban a escondidas paredes precarias de chapa, maderas y cartones, con suerte algún ladrillo, y cruzaban tejavanas remachadas con clavos y piedras. Los vascoparlantes lo llamaron chabolas. Dicen que es un préstamo del francés geôle. Jaula. Prisión. Descubro en las fotografías sus caras de pobreza perpetua en blanco y negro, y es como si pertenecieran a un pasado tan improbable y lejano que parece mentira que haya existido, no solamente en la periferia sino también en el mismo centro de la ciudad, donde ahora se pasean los turistas y se besan los estudiantes. Veo en un viejo cortometraje las casetas apretadas de la ladera de Uretamendi y pienso que se parecen demasiado a la jungla de refugiados de Calais o al inmenso invernadero de tiendas de campaña del campo de Idomeni.

Hace no mucho tiempo pude verlos en Belgrado. Dormían en sacos de nylon bajo las escaleras de un parking. Venían de Siria o de Iraq o de Afganistán

Hace no mucho tiempo pude verlos en Belgrado. Dormían en sacos de nylon bajo las escaleras de un parking. Venían de Siria o de Iraq o de Afganistán. Algunos vagaban por las calles en busca de un pedazo de comida. Otros se amontonaban en la estación de autobuses y compraban billetes hacia el norte y soñaban con atravesar la valla que separa Serbia de Hungría. En los pasos fronterizos hay una maraña infranqueable de alambre de espino desde que el Gobierno de Viktor Orbán, enardecido por los titubeos de la Unión Europea, decidió atajar a las bravas el éxodo de refugiados. Todos pudimos ver en nuestras pantallas los cañones de agua de la policía húngara contra la marabunta desesperada, los helicópteros, los retenes militares, los disparos lacrimógenos. Y era imposible no recordar las concertinas ensangrentadas de la valla de Melilla, las devoluciones en caliente y los disparos policiales contra los quince muertos de El Tarajal. Eran espaldas mojadas en el muro de Tijuana. Eran náufragos de un cayuco en la costa de Lampedusa.

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Pero las guerras también revientan en el corazón de Europa por mucho que nos esforcemos en ignorarlas o en sepultarlas bajo las urgencias de la actualidad. Parece que fue ayer cuando ardía el Euromaidán de Kiev y todavía hoy se cuentan por miles los desplazados ucranianos de un conflicto militar que ya no interesa a nadie. Parece que fue antes de ayer cuando el odio entre comunidades y las injerencias extranjeras pulverizaron Yugoslavia, pero todavía hoy existe una geografía de edificios abandonados y familias que jamás regresarán a sus tierras. Porque la historia reciente de Europa está escrita con columnas de refugiados, con vagones de judíos y prisioneros de guerra empujados hacia campos de exterminio, con exilios, con diásporas y fugitivos de ultramar.

Hay una historia aún más apartada en el tiempo pero tan próxima a nuestro imaginario que todavía nos resulta estremecedora. Es la caravana innumerable de republicanos en busca de la frontera pirenaica después de la caída de Barcelona. Las autoridades francesas convirtieron la playa de Argelès-sur-Mer en un campo de concentración donde se hacinaban a la intemperie cerca de cien mil personas muertas de hambre y de frío, carne de tuberculosis y disentería. Algunos de aquellos exiliados, supervivientes del fascismo franquista, fueron a parar a los campos de prisioneros nazis. Otros más afortunados, tocados por la intercesión benefactora del presidente mexicano Lázaro Cárdenas, tuvieron la oportunidad de buscarse la vida en otro mundo. Por el camino quedan historias como la del expresidente Manuel Azaña, que murió en 1940 en la Francia de Vichy. Parece que el mariscal Pétain, temeroso de que el funeral se convirtiera en una exhibición política, prohibió la tricolor republicana y sugirió que se cubriera el féretro con la bandera rojigualda. El embajador de México, Luis I. Rodríguez, se negó en redondo y el ataúd de Manuel Azaña despidió este mundo envuelto en los colores de la bandera mexicana.

Siempre seremos extranjeros en alguna parte. Todo lo que ahora nos parece inquebrantable, esta frágil apariencia de seguridad que nos hemos construido, nuestros hábitos más íntimos, el sueño aplazado de unas vacaciones, el barrio de la infancia, una casa, un país, todo puede desvanecerse de un momento a otro devorado por una guerra o por un cataclismo con el que nadie contaba. Ojalá nunca tengamos que vernos apilados en tiendas de campaña a las afueras de una ciudad cuyo nombre somos incapaces de pronunciar. Más vale que jamás nos encontremos llamando a las puertas de la frontera de un país que no está dispuesto a acogernos. Que nunca nadie en ningún tiempo futuro tenga que rescatar una fotografía de nuestros rostros abatidos detrás de una malla de alambre. Que no seamos invisibles. Y que el resto del mundo no mire hacia otro lado.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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