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El castellano desdentado

26/01/2012 03:35

0 "El castellano desdentado" es un lenguaje espurio y bastardo que reniega de sus orígenes, de su noble prosapia, que engendra un nuevo idioma robótico y predictivo

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Me encontraba yo meditabundo, aislado y errante en mis privados monólogos sin palabras, de esos que acaecen en las azoteas más lóbregas de mis pensamientos, cuando acerté a tallar por medio de mi pluma el título que llevaría mi artículo matinal:

"El castellano desdentado".

Me pareció de lo más ocurrente y adecuado, una vez impreso en el papel, el nombre que figuraría en su partida de nacimiento.

Y... ¿qué es un "castellano desdentado" sino nuestro lenguaje común apocopado, desmembrado, descuartizado, reducido a nómadas grupitos de consonantes y vocales enviudadas que han perdido a sus compañeras leales, que en románticas novelas, enciclopédias o diccionarios protagonizaban el significado de las palabras?

"El castellano desdentado" es un lenguaje espurio y bastardo que reniega de sus orígenes, de su noble prosapia, que engendra un nuevo idioma robótico y predictivo, que emerge de la caótica barahúnda de los nuevos tiempos, acuciados por la urgencia, las prisas y la patológica voracidad con la que deglutimos a bocados el tiempo.

"El castellano desdentado" fija su morada habitual en las actuales corrientes de comunicación a través de los teléfonos móviles, de tal manera que las románticas citas que desvelan y prometen pasiones y arrumacos bajo la Luna quedan como sigue:

"Ya sbs knto t kro, Krñ. Sta trd t spro dnde smpre k tngo 1 srpsa alcnnte pr ti. xxx.

El sucinto y codificado comunicado, lejos de otorgarle un cariz embelesado, como de arrullo, como de fijación mental y enamoramiento arrebatado, más bien parece o se me antoja a mí un tanto disléxico, acometido por la dislalia, o, acaso, encriptado en un archivo de memoria que hubiera perdido gran parte de sus datos en el cauce natural de las palabras que germinan en el estuario sagrado del corazón.

No imagino ya un mundo heredado por las nuevas generaciones donde los murmullos de la calle o las conversaciones en un café se llenen de: "alborozo", "zaragata", "barahúnda", "ufano, jocundo, taciturno, conspícuo, cimarrón, bisoño o núbil".

Estas palabras ya han pasado a la planta de reciclaje y embalado para ser destinadas a la tierra del ostracismo, con sepultura y epitafio incluídos.

Bien es cierto que cada situación tiene su propia melodía y prosa, un lenguaje apropiado. Cuando voy a comprar pan, no: alabo las manos esmeriladas de la bella damisela que me atiende tras el ajado mostrador de una tahona de tintes atávicos y talante imperecedero, donde las arañas sueñan con mosquitos edulcorados y el tiempo parece acunado y evocador.

Me basta con pedir pan, pagarlo y marcharme. Pero es que el vocabulario cotidiano que utilizamos, ¡es tan misérrimo!.

Tan reducido como un tanga caribeño. Adolece de cicatería y exceso de repetición. Mucho me temo yo que nos esperan tiempos de "Castellano desdentado".

Mucho me temo yo que nos esperan años de: "Hayga", "Ya boi", "paziencia", "Quedate hay que aora boi". "Haver", "contra más me esfuerzo peor me sale... en vez de cuanto más...."

Dicho esto, claro está, con todo el respeto del mundo para aquellas personas que no tuvieron acceso a una mínima educación, que no pudieron estudiar, aprender a leer o escribir... o para quienes jamás han leído un libro.

Les animo, sin embargo, a beber de las salubres aguas del vasto y prodigioso léxico español. Les animo a zambullirse en los océanos de lecturas inagotables y fascinantes.

Mi artículo matinal es una apología del placer por la lectura, ya sean cómics, periódicos, revistas de toda temática, novelas de terror, humor, erotismo, western, aventuras, tratados de filosofía o sexualidad, de astronomía o de botánica... leer es aprender y disfrutar mientras se lee y mientras se aprende.

Todo sirve para aprender, para adquirir vocabulario. Leer es cultura.

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