Quiero promover el conocimiento de la guerra de El Salvador como un elemento histórico que no se conoce en el país”, relató aquí el fotógrafo mexicano Augusto Vázquez. El mexicano, quien colaboró con la antigua guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en la lucha armada interna de 1980 a 1992, llegó un 21 de marzo de 1982 por tercera vez al país, para quedarse. Ahora a sus 60 años de edad, su mejor anhelo, como el sueño revolucionario que tuvo hace tres décadas en un pueblo que no era el suyo, es enseñar a los jóvenes sobre ese momento dramático e importante que enfrentó esta nación. En un diálogo ameno, lleno de recuerdos y anécdotas sobre lo vivido en esa época, cuando El Salvador era conocido por la fratricida guerra civil, Vázquez lamentó que las nuevas generaciones no tienen conocimiento sobre la realidad triste de hace 30 años. “Tengo la experiencia. Aquí me he jugado la vida”, dijo y por eso imparte charlas y cursos de fotografía en las universidades salvadoreñas para que conozcan sobre su país y lo difícil que fue este conflicto, “porque estos jóvenes son el futuro del país”, relató a Notimex. Para Vázquez, este país centroamericano no tiene su propia identidad, porque los jóvenes sólo conocen de las pupusas (platillo típico) y la selección de futbol salvadoreña. “Tigo, Claro y Movistar, es lo que define al país. Lo marca una galería de horas (de publicidad) que podemos quedar hasta indigestados, aquí hay que recuperar la historia de aquellos héroes y víctimas que perdieron la vida por una lucha social”, consideró. En sus 30 años de vivir aquí, una parte en la clandestinidad y desde 1992 con residencia permanente, justo el año cuando El Salvador firma la paz en el Castillo de Chapultepec, México, Vázquez -quien no quiso revelar su seudónimo- desea tener la nacionalidad del país. El mexicano, conocido como periodista y fotoperiodista, se define como un fotógrafo que captó imágenes en los frentes de guerra durante los operativos que acompañaba con su agrupación guerrillera, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Además, ahora se dedica también a montar exposiciones en galerías y en otros centros culturales. En la actualidad, exhibe unas 25 fotografías del conflicto armad (1980-1992) en el bar Rayuela, en la ciudad sureña de Santa Tecla, a pocos kilómetros de la capital. Colabora con el Museo de la Palabra, un lugar donde se busca rescatar la memoria histórica del país de los 12 años de guerra civil que dejó más de 75 mil muertos y casi ocho mil desaparecidos. Dijo que no quiere regresar a México, porque su vida la hizo aquí y a pesar de las limitaciones que enfrenta por ahora por no tener un trabajo fijo, desea retornar a su país sólo para presentar la obra y su experiencia vivida en El Salvador. Su relato sobre cómo llegó al país se remonta desde 1978, cuando hizo contacto con un salvadoreño en Guadalajara, quien pertenecía al ERP y vino al país a registrar con imágenes de San Salvador y su barrios marginales. Recordó que se graduó en Diseño Industrial de la Universidad de Guadalajara, donde laboraba como docente, sin embargo en 1979 se le ofrece la oportunidad de viajar por segunda vez a El Salvador, a través de un movimiento de solidaridad a nivel internacional. En esa ocasión, un medio de comunicación de Guadalajara le extendió a él y otro mexicano una carta donde los identificaba como periodistas, ya que era parte de la solidaridad que se tenía con los movimientos rebeldes salvadoreños. Así fue como llegó a conocer al arzobispo Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980. Para Vázquez fue muy impactante conocer un personaje tan importante como Romero, a quien describe como un hombre sencillo, humilde y de convicción social. Rememoró que sus “homilías eran todo un evento nacional (el domingo) se paralizaba el país y todas las radios”, transmitían sus valientes misas y a conferencias de prensa que luego brindaba con la prensa internacional que esperaba siempre ese acontecimiento. Vázquez no olvida el día en el que llegó con su compañero a cubrir la homilía para el medio que supuestamente trabajaba, ya que uno de los colaboradores de Romero les dijo que el líder religioso deseaba hablar con ellos. “Nos sorprendió”, pero tras reunirse e intercambiar palabras, el arzobispo los invitó a que lo acompañarán por tres días a su misión pastoral y fue así como recorrieron junto ese personaje los lugares más pobres y de represión en esa época cuando la guerra aún no estaba declarada. “No era una persona creyente”, pero al conocer la vida y entrega que tenía Romero con la gente “me impresionó”, pues todas las comunidades lo esperaban y lo recibían como si fuera un histórico acontecimiento, reseñó. Recordó que visitaron un poblado en el interior del país y fue toda una fiesta, “nos sirvieron tamales”, y como estaban muy sabrosos, su compañero pidió otro, pero ya se habían acabado. De inmediato, Romero le dijo: “comete los míos, porque de todos modos yo no puedo comer”, señaló en alusión a que la gente quería estar solo con él. “Su humildad siendo un personaje fue muy impactante. Se manejaba con sencillez”, nunca quiso seguridad a pesar de las amenazas de muerte que recibía, compartió Vázquez. Unas de las tantas fotografías que le tomó al arzobispo, se registra como un símbolo nacional que se reproduce en murales y afiches. La imagen levantando el brazo fue captada cuando el obispo que denunciaba todo atropello contra los campesinos por parte de las fuerzas gubernamentales ofrecía la homilía en Catedral metropolitana, que estaba tomada por organizaciones en repudio por la injusticia social. En 1979 se integró a la lucha guerrillera salvadoreña y dejó todo en la Universidad de Guadalajara en un momento cuando su posición había cambiado, pues estaba mejor, pero se decidió por la aventura y el peligro, de lo cual no se arrepiente. Su primera misión fue viajar a Managua, Nicaragua, donde estaba montada toda una estructura rebelde y política del ERP, una la de las cinco organizaciones que integraron al FMLN, para capacitar en fotografía a miembros del ERP para difundir la guerra que se vivía aquí a nivel internacional. “El 21 de marzo llego a El Salvador a integrarme por completo a la guerra, y aunque mi misión era captar las imágenes en cada cuadrilla rebelde que acompañaba a los operativos, tuve la necesidad de aprender a manejar las armas, porque el Ejército no personaba”, dijo. Su primera misión no la olvida, pues tenía que registrar las imágenes de la toma del pueblo de Cuscatancingo, en el norte de la capital, por parte del ERP, para conseguir armas, pero todo se complicó porque ingresó un tanque lleno de soldados. Lo sorprendió uno de los miembros rebeldes y le preguntó si sabía manejar armas, y le respondió que no. En ese instante le enseño cómo. Los soldados lograron que los insurgentes retrocedieran, sin embargo pudieron sacar varias armas. “Yo llevé algunas”, relata el mexicano que reconoció las fuertes diferencias que tuvo con la dirigencia del ERP, que comandaba Joaquín Villalobos, estratega de la guerra del FMLN. Producto de esas divergencias, no participó en la ofensiva guerrillera de San Salvador en 1982, ya que les dijo que no iba a lograrse la insurrección porque para eso era “necesario tener un ejército político y no teníamos esos cuadros”. El planteamiento político del FMLN era muy pobre, “y ahora lo estamos viviendo, como partido en el gobierno”, aseguró Vázquez, quien tiene dos hijos nacidos en este país.
Autor: Internacionales (44074 noticias)
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