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Catas con arte y helado de Los Italianos

19/06/2013 07:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageLa otra noche participamos en un nuevo episodio de Catas con Arte, experiencia gastronómica y cultural la mar de interesante. "Cuando calienta el sol", más de dos horas de buen yantar, curioso bebercio, música en directo, antropología romana y grandes éxitos de los setenta. Nos correspondió evocar la canción melódica italiana. Ahí va el guión, que improvisamos con pamplinas variadas hasta rematar la velada con un helado de Los Italianos.

La canción romántica italiana arrasó en Europa en los años sesenta y setenta. En España con más veras, pues el régimen vetaba sistemáticamente la cultura anglosajona. Canción del verano y canción sentimental caminan de la mano. Italia acuñó la canción del verano instituyendo un concurso para elegir el bombazo de la temporada de playas, pero el festival que gobernó los gustos de la juventud fue San Remo. Por allí pasaron todos los pesos pesados de la categoría.

Echando un vistazo atrás nos encontramos con el duelo entre melódicos y rockeros, Domenico Modugno y Adriano Celentano. El primero es uno de los pocos que ha triunfado en Estados Unidos con una canción no cantada en inglés, la célebre Volare ... aquí dejamos la Macarena, nada que ver ...

Los setenta fueron años rompedores en todos los sentidos. La canción romántica entró en los guateques, a media luz, en época de déficit de libertades, entre ellas la sexual. Los rockeros, con esa montaña de prejuicios que se cura con la edad, rechazaban el éxito de los románticos, por principios, y quizá por envidia. La canción italiana contribuyó a abrir horizontes, disipar dudas e incluso educar mentalidades y costumbres, por así decirlo.

El indiscutible poder de la cancione se reflejaba en el momento clave de la fiesta, la elección de pareja, el vámonos que nos vamos. A oscuras, los Beatles, los Rolling o Bob Dylan no podían competir con Sandro Giacobbe o Richard Cocciante, y mucho menos, años después, con Umbebto Tozzi, quien fue rockero antes que rey del baile agarrao una mijita macarra. Curioso.

Lo dicho, en lo mejor del querer, ni Cat Stevens, con su Moonshadow, ejercía la atracción que despertaban las canciones lentas italianas. En realidad no nos comíamos ná, y menos los rockerillos, que mirábamos con cara de mosqueo cómo se ponían los cursis en pleno calentón colectivo.

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Con el tiempo, reconocimos que los melódicos no eran tan blandos, vestían pantalones de campana, camisas holgadas, despeinados rebeldes, y algunos de ellos ofrecían aspecto desaliñado y voz desgarrada. Y además ligaban mucho más que un cantante protesta. A veces empleaban armas sofisticadas, destaquemos a los presuntos desvalidos, viejo truco. Lástima no haberlo sabido antes.

Claudio Baglioni, Gianni Bella y otros maromos marcando paquete, herederos del gran Renato Carosone, despachaban millones de discos en clave masculina, pero no hay que olvidar a las mujeres de rompe y rasga, con perdón por el término machista, las Gigliola Cinqueti, Mina, Ornella Vanioni, Rita Pavone o Patty Pravo, que enseñaron a querer a la gente más o menos tímida. E hicieron mucho por la igualdad y la liberación sexual, la tolerancia, la pérdida del miedo, la deshinibición, el amor libre ...

Los italianos han influenciado sobremanera a españoles y franceses en materia de canción melódica. En fútbol no tanto. Figuras hispanas de la balada de medio tempo tomaron prestados aspectos formales de los románticos italianos y también franceses. Camilo Sexto, Pablo Abraira, Miguel Gallardo, Mari Trini, Nino Bravo ... así hasta Alejandro Sanz. Nino Bravo merecería un capítulo aparte, claro. Nadie sabe si cantaba como Elvis o fue Elvis quien adoptó su voz en los setenta.

Curiosamente, un francés, Francis Cabrel, firmó una de las canciones italianas más emblemáticas de la época: La Quiero a Morir. La pasión llevada al extremo, un baladón que el personal vivía, o trataba de vivir, en tres minutos y medio de baile acalorao.

Esos bailes representan ahora, en la nube de la memoria, el amor por lo prohibido, la emoción de la primera vez, la alegría de estar vivo y otras sensaciones a elegir. Hay quien dice, quizá sea Andrés Calamaro, que una canción no es redonda si el autor no ha sabido usar el corazón, la palabra y los hechos.

Hoy en día, en plena recesión de valores e ideas, la deuda de la canción italiana baila con la prima de riesgo al compás de Eros Ramazzoti, Laura Pausini o Tizano Ferro. Hay que celebrar el regreso de un intérprete sui generis, Franco Batiato, que combina muchos estilos a la vez. El estilo de la canción italiana no tiene rival cuando calienta el sol o cuando sale la luna.

Bosco Prada al piano, Quique Mayones y Manolo Rodríguez a las voces, y un matrimonio de Alicante en la foto.


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rosasymosquitos.com
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