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III.- ¿Que es Cataluña? según Cantarero del Castillo. La batalla de Barcelona

04/04/2018 08:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se detiene Cantarero del Castillo en su obra ¿Qué es Cataluña? a examinar lo que califica de antecedente histórico más inmediato para sustentar la reivindicación independentista-secesionista en Cataluña

Se detiene Cantarero del Castillo en su obra ¿Qué es Cataluña? a examinar lo que califica de antecedente histórico más inmediato para sustentar la reivindicación independentista-secesionista en Cataluña, y lo hace en sentido divergente a la interpretación que de aquellos acontecimientos hacen los historiadores y políticos independentistas catalanes, al expresar:

“Cuando, tras el reinado de Felipe IV, la herida producida por el duro conflicto de Cataluña, tan mal afrontado por Olivares, empezaba ya a ser olvidado, la Guerra de Sucesión, dada la prevención de los catalanes frente al pretendiente francés Luis XVI (Borbón por su abuelo Luis XIV y, a la vez, Austria español por su abuela española María Teresa, esposa de éste), vendría a determinar que los catalanes, temerosos del centralismo borbónico invocaran pronto el patriotismo de los españoles más tradicionalistas contra el que iba a ser Felipe V y que se lanzaran a combatir en favor del archiduque Carlos, pretendiente de la reinante dinastía española. Ello ocurrió tras el "bando" que, el día 11 de Septiembre, de 1714 hizo público el "conseller en cap" y último presidente del "Consejo de Ciento" de  Barcelona, Rafael de Casanova, el héroe que, en la llamada "diada", es actual y anualmente exaltado en la capital catalana.

En ese "bando", redactado en catalán, tras informar que los barceloneses de todas las clases luchaban ya contra el "enemigo" entrado en la ciudad, se instaba a todos los restantes ciudadanos, mejor o peor armados, a que se concentraran en señalados lugares para sumarse unidos a la defensa. A tal efecto el "bando" les recordaba, siempre en catalán, que "la libertad de todo el Principado y de toda España estaba expuesta a una entera esclavitud", instándoles a que se uniesen a la protesta "por todos lo males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida patria y por el exterminio de todos los honores y privilegios, que, junto al resto de los españoles, les harán esclavos sometidos a la esclavitud del dominio francés..." pero confiando en que "todos, como verdaderos hijos de la patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España..." Pero derrotados los partidarios del pretendiente de la dinastía reinante y accedido al Trono el primer Borbón de España, el llamado "Decreto de Nueva Planta" vino a confirmar, de inmediato, el temor de los catalanes al borbónico peligro centralista. No obstante, protestaron y lucharon políticamente contra sus medidas hasta forzar al nuevo monarca a avenirse, en Cataluña, a una cierta atenuación de las mismas.

De todo ello que, avanzado el primer tercio del siglo XIX, la memoria histórica suscitara en algunos catalanes la demanda de un superior restablecimiento de la originaria autonomía interna de Cataluña en el marco de la nación española, entonces ya concebida y aceptada como tal por todos los españoles, incluidos los catalanes. Demanda de la que, varias décadas después, habrían de derivarse, por acción radical de una exigua minoría, los primeros brotes de un nacionalismo desintegrador -es decir, gravemente antihistórico- que acabaría orientándose pronto hacia el separatismo independentista impulsado por las facciones más dogmáticas del localismo religioso, político y cultural, secundadas, más tarde, por sectores diversos de la burguesía catalana económica y profesional. Ello justo en la época de la eclosión romántica de los grandes y aún irredentos nacionalismos europeos, émulos tardíos de los pioneros español y francés, como fueron los casos del italiano y del alemán, fuertemente resistido, el primero, por las miopes y retardatarias fuerzas localistas opuestas a la integración nacional.

Un nacionalismo desintegrador, el surgido en Cataluña, a cuyo desarrollo cooperaron, desde la Restauración hasta nuestros días, bastantes de los gobiernos de Madrid, a veces poco sensibles al singular hecho histórico hispano-catalán y a los sentimientos y los intereses legítimos catalanes. Un nacionalismo que, por demás, no habría de tardar mucho en llegar a ser el catalizador del vasco y, más tarde, del gallego o balear, hoy insensatamente empujados todos, por sus alas más extremistas, hacia una alucinada meta de secesión y que, por inducción mimética u oportunismo, ya no apoyan sólo las conservadoras fuerzas localistas radicales, sino también ciertas izquierdas, otrora implacablemente unitaristas y antitradicionales, tal cual fue el caso máximo de la ETA, ideológicamente marxista-leninista y de otras, más o menos próximas a su insensato extremismo separatista.

Todo ello, sacado quiméricamente del quicio de la razón, ha venido a propiciar balbucientes y preocupantes brotes de nuevos nacionalismos particularistas, de ambas opuestas tendencias políticas en las regiones españolas de troncal cultura y lengua castellana que, con amplia visión universalista, habían aceptado y apoyado siempre la gobernación central, en tanto fuesen respetadas sus respectivas y autónomas instituciones representativas, locales y provinciales. Nuevos nacionalismos desintegradores, los aludidos que si se extienden, como es posible y temible, dada la generalizada y loca orgía de la retrospección histórica diferenciadora y desintegradora a la que asistimos, podrían, no ya ensombrecer sino arruinar, una vez más, el futuro de toda España y, en su marco, el actual y próspero de Cataluña. Y ello, como tanto lo hemos reiterado, justo en el crucial tiempo en el que Europa, por imperativas razones de supervivencia colectiva y de aseguración del común progreso, exige una básica integración de todas las naciones-estado que la constituyen”. 

Más adelante, Cantarero del Castillo, se ocupa de traer a colación a quien sitúa en las antípodas ideológicas de Rafael de Casanova. Y es que, doscientos años más tarde, se pronunciaría el denostado –por conservador y anticatalanista, que dirán los independentistas catalanes- político español, José Antonio Primo de Rivera, para salir en encendida defensa de la singularidad catalana, ante el parlamento español:

Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental (J. A. Primo de Rivera)

“Teniendo en cuenta que hay multitud de españoles de signo conservador que rechazan en bloque todas las reivindicaciones catalanas, sin distinguir entre legítimas y carentes de base o de justificación, creemos útil transcribir cuanto, en relación con el problema catalán, mantuvo un español, José Antonio Primo de Rivera, que siendo radicalmente contrario a todo tipo de separatismo, admitió siempre la legitimidad de las singularidades históricas de Cataluña.

En tal sentido, en discursos poco conocidos y muy reveladores pronunciados en el Parlamento, los días 30 de Noviembre y 11 de Diciembre de 1934, el fundador de la Falange dijo: "Estoy seguro, Señores Diputados, de que a ninguno de nosotros, porque amamos a España, se nos puede ocurrir, en absoluto, formular la más pequeña cosa que envuelva la menor sombra de agravio a Cataluña; no es esta la primera vez que hablo en esta sala de semejante tema y ya sabéis que dije siempre -si es que tenéis la benevolencia de recordar- que hay muchas maneras de agraviar a Cataluña..." "y una de las maneras de agraviar a Cataluña es, precisamente, entenderla mal; es, precisamente, no querer entenderla..." "Lo digo porque para muchos este problema es una mera simulación... para otros este problema catalán no es más que un pleito de codicia: la una y la otra son actitudes perfectamente injustas y perfectamente torpes. Cataluña es muchas cosas, mucho más profundas que un pueblo mercantil..." "Cataluña es un pueblo profundamente sentimental; el problema de Cataluña no es un problema de importación y exportación; es un problema dificilísimo de sentimientos..." "Pero también es torpe la actitud de querer resolver el problema de Cataluña reputándolo de artificial. Yo no conozco más candorosa y aún más estúpida manera de ocultar la cabeza bajo el ala que la de sostener que ni Cataluña tiene lengua propia, ni tiene costumbres propias, ni tiene historia propia, ni tiene nada. Si esto fuera así, naturalmente, no habría problema de Cataluña, ni tendríamos que molestarnos en estudiarlo, ni en resolverlo; pero no es eso lo que ocurre señores y todos lo sabemos muy bien. Cataluña existe con toda su individualidad y muchas regiones de España existen con su individualidad y si queremos dar una estructura a España, tenemos que arrancar de lo que España en realidad nos ofrece..."

En  otra intervención anterior, ante el mismo Parlamento, había dicho: "En Cataluña hay ya un separatismo rencoroso de muy difícil remedio y creo que, en parte, ha sido culpable de ese separatismo el no haber sabido entender lo que era Cataluña verdaderamente. Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden, ni poco ni mucho, los que le que atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes. Cataluña es un pueblo impregnado de un sentimiento poético, no sólo en sus manifestaciones típicamente artísticas, como son las canciones antiguas y es la liturgia de la sardana, sino aún en su vida burguesa más vulgar, hasta en la vida hereditaria de las familias barcelonesas que transmiten de padres a hijos las pequeñas tiendas de las calles antiguas en los alrededores de la Plaza Real; no sólo viven con un sentido poético esas familias, sino que lo perciben conscientemente y van perpetuando una tradición de poesía gremial, maravillosamente fina..."

En el mismo Parlamento, en Enero de 1934, el malogrado hijo del Marqués de Estella, había dicho: "España no puede ser nunca nada que se oponga al conjunto de sus tierras y a cada una de ellas..." "Porque cuando en esta misma Cámara y cuando fuera de esta Cámara se planteó en diversas ocasiones, el problema de la unidad de España, se mezcló con la noble defensa de esa unidad una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que separatismo fomentado desde este lado del Ebro".

En Noviembre del mismo año de 1934, también en el Parlamento, dice "En la posición que estoy sosteniendo no hay nada que choque de una manera profunda con la idea de una pluralidad legislativa; España es así, ha sido varia y su variedad no se opuso nunca a su grandeza; pero lo que tenemos que ver, en cada caso, cuando avancemos hacia esa variedad legislativa, es si está bien sentada la base inconfundible de lo que forma la unidad española".

Termino reseñando que, quien así lo escribió hace ya 25 años, Cantarero del Castillo, malagueño, llevó tras de sus dos primeros apellidos castellanos, (Cantarero y Del Castillo), los de Margarit, Catalá y Llanzat, por sus abuelos maternos ampurdaneses y por una abuela materna barcelonesa, todos hijos de catalanes establecidos en Málaga a principios del siglo XIX, además de los de Peus, (alemán), Galo (francés) y Caminato (italiano).

AscoHastaLaNáusea


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