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A Dios rogando…

08/04/2016 19:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En general, en el mundo desarrollado, las personas más conservadoras tienden a educar a sus hijos en el odio a los diferentes, inculcándoles el miedo a los que no profesan su misma religión

Aunque el significado original del refrán “A Dios rogando y con el mazo dando” era otro, el Centro Virtual Cervantes reconoce que “En los tiempos actuales, ha tomado un sentido crítico […] contra las personas que rezan a Dios, pero hacen daño”. Por ello, resulta muy adecuado para encabezar, de forma evocadora, el presente texto, ligeramente crítico.

Hay personas que difunden por las redes sociales todo tipo de mensajes de paz y amor que, últimamente, casi siempre, dicen que proceden de escritos y documentos debidos al Papa Francisco, y, seguramente, será cierto, en muchos casos. Sin embargo, es evidente que, en la práctica, y, con carácter general, las propias personas que difunden esos mensajes, no los tienen en cuenta, en absoluto, en ninguna de sus actuaciones habituales.

En este sentido, no deja de ser sorprendente el comportamiento en la vida real de muchas personas, que dicen ser devotos seguidores de esos ideales de paz y amor. En efecto, con mucha frecuencia, su comportamiento dista mucho de reflejar las supuestas virtudes que propicia la teoría de la “moral cristiana”. Así, adoptan posturas, actitudes y prácticas insolidarias, como, por ejemplo, evasión de impuestos, trabajadores/empleados de hogar sin Seguridad Social, no respetar las normas de tráfico, aprovecharse de la posición, utilizar, para su uso personal y el de su familia, bienes (aunque sean pocos y baratos) de la empresa para la que trabajan, favorecer a los amigos y familiares (nepotismo), “al amigo el favor y al enemigo la ley”. No estamos hablando de grandes defraudadores al fisco, ni de grandes operaciones de corrupción, ni de nepotismo descarado, hablamos de pequeñas corruptelas, favorcillos a amiguetes, facturas sin IVA, ir de listillos, “pasar” de los límites de velocidad, etc.

Ésta doble ética, que “concilia” una postura social y solidaria y la práctica de corruptelas, no es exclusiva de las personas de ideología de derechas o de “comunión diaria”; en el caso de muchos agnósticos y personas de ideología progresista, también se dan parecidos vicios: defraudan a hacienda, robando, de esa manera, a sus conciudadanos en la calidad de los servicios que les puede ofrecer el Estado y en los niveles de asistencia y protección para los más desfavorecidos; sobornan o aceptan sobornos; practican o se benefician del nepotismo; infringen las normas de tráfico, poniendo en peligro la vida y la integridad física de otras personas; etc.

Un Evangelista pone en boca del que los seguidores de la Iglesia católica proclaman como su máximo líder, la frase “Al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios”; pero nadie dice que no se dé al César, el Estado, en el lenguaje actual, ¿no?, lo que le corresponde, es decir, los impuestos que establecen las leyes, sobre todo en los estados democráticos.

Personas que dicen seguir las enseñanzas de paz, sin embargo, reaccionan con violencia ante cualquier cambio, o atisbo de cambio. Abogan por mantener los símbolos religiosos como públicos, incluso en un país no confesional, y proclaman, además, no concebir una sociedad no confesional.

De hecho, si tendemos al estado confesional, nos acercamos más al pasado y a los estados islámicos, regidos por ayatollahs, o fanáticos de cualquier confesión religiosa, que a estados modernos democráticos.

En general, en el mundo desarrollado, las personas más conservadoras tienden a educar a sus hijos, no en las enseñanzas de paz, sino en el odio a los diferentes, inculcándoles el miedo a los que no profesan, o al menos, acatan, su misma religión. Al parecer olvidan, o no conocen, que el que se supone es su modelo, y ejemplo a seguir, se dejó matar por sus enemigos, sin oponer resistencia. Normalmente, los católicos y cristianos más radicalizados no solo no están dispuestos a dejarse matar por sus enemigos, sino que, más bien, parecen dispuestos a matar, preventivamente, a sus enemigos. “El que da primero da dos veces”. En eso se parecen, peligrosamente, a sus más temidos y, por ello, odiados, adversarios: los islamistas radicales.

Es más, parece que Francisco va a contracorriente de toda la jerarquía de la Iglesia, y de sus fieles, sobre todo los más exaltados. Francisco parece auténtico, parece que se cree lo que dice, pero ¿conseguirá que alguien le haga caso? No parece probable, ni siquiera entre las personas que le proclaman como su guía y referencia ética y moral, pues las ideas que trata de popularizar son, en esencia, aquellas en las que, supuestamente, se basa la religión católica, desde hace 2.000 años.

Los católicos y cristianos más radicalizados parecen dispuestos a matar, preventivamente, a sus enemigos. En eso se parecen, peligrosamente, a los islamistas radicales

Parece difícil de creer que se vaya a avanzar, ni siquiera modestamente, en ese sentido, pues lo cierto es que no se ha logrado nada en ese largo periodo de tiempo de 20 siglos, incluso cuando la propia Iglesia y los poderes políticos, influidos por ella, han tratado de universalizar esas ideas, recurriendo, con profusión en ocasiones, a la hoguera y los autos de fe.

Como es sobradamente conocido, normalmente, a lo lago de la historia, han sido los Papas y la jerarquía eclesial los que más se han opuesto, en su forma de vida, y en sus hechos, a las doctrinas que decían defender y no parece fácil que, de buen grado, vayan a permitir que alguien, aunque sea el propio Papa, se salga de la fila. “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.

La Iglesia, bajo el poder de los Papas, que no pretendían sino ser herederos de los emperadores romanos, empezando por Constantino, ha perpetuado el poder de las teocracias y de las castas sacerdotales de las culturas mesopotámicas y del antiguo Egipto. Grecia y Roma separaron, con bastante éxito, la religión del Estado, aunque no se puede decir que realmente fueran estados laicos. La historia del papado es una historia de lucha incesante por el poder y las riquezas, sin reparar en medios, no solo en el Renacimiento y la Edad Media, incluso en nuestros días.

No hay más que ver el Vaticano, como muestra de la acumulación de riquezas materiales por todos los Papas, para poner de manifiesto su inmenso poder, que, a su parecer, demostraba que servían a un poderoso Señor. Sin embargo, esa creencia era de cara al pueblo y a los fieles, para que no cuestionasen su influencia, su poder, sus intrigas y su forma de vida. Ellos se comportaban claramente como si no hubiera un mañana, es decir, como si estuvieran convencidos de que no existe ese “más allá” que plantean como la base de sus creencias y, en todo caso, “que me quiten lo bailao”.

La Iglesia, como organización, se ha ocupado tradicionalmente de los pobres como individuos, ayudando a algunos, a mayor gloria de la propia Iglesia, pero nunca se ha posicionado del lado de los pobres como clase, tratando de que cada vez haya menos pobres y que éstos, sean, cada vez, menos pobres. No es un asunto de limosnas, ni de caridad, ni siquiera de solidaridad, es un asunto de justicia, de tratar de influir en los resortes del poder para que el mundo sea más justo. Históricamente, por supuesto, eso no se ha visto ni de lejos, ni parece que la Iglesia haya pensado en ello.

Como ya puso de manifiesto Lutero en el siglo XVI, con las consecuencias de todos conocidas, la Iglesia ha tratado de drenar los caudales de los ricos ofreciéndoles que con ese dinero, entregado a la Iglesia y sus organizaciones afines, pueden comprar la salvación de sus almas inmortales y, de paso, aunque eso no lo aclaran, enriquecer con ellos, desde el punto de vista material, claro, a la Iglesia, a sus instituciones, y, en ocasiones, muchas más de lo que sería deseable y honesto, a los propios eclesiásticos. Unas migajas de ese dinero, a veces, se han empleado en “obras pías” y en socorrer, puntualmente, a pobres o personas necesitadas.

Algunos Papas recientes y algunos sectores disidentes de la Iglesia, Teología de la Liberación, por ejemplo, han intentado abordar el asunto de la justicia social, pero con poco éxito, unos han dejado la vida en ello, posiblemente, con gran alivio de una parte de la jerarquía, y ninguno ha encontrado seguimiento para sus propuestas en la Iglesia, como organización gobernada, básicamente, por los Cardenales.

La cristiana y católica Europa, firme promotora de los derechos humanos, sobre todo en países y territorios remotos, ha estado a punto de romperse, y todavía no sabemos cómo va a evolucionar el proceso, por las tensiones que está creando la llegada de refugiados, muchos de ellos, aunque no todos, de religión islámica. Todo el mundo dice que hay que acoger a esos refugiados, pero nadie quiere que se queden, ni siquiera que pasen, por su territorio. Se está dando dinero a Turquía (parece que de 3.000 a 7.000 millones de euros, de momento) para que no les deje seguir hacia occidente y, para mayor tranquilidad, de Europa, claro, los devuelva, con la mayor rapidez, a sus países de origen, o a donde sea, pero, si es posible, cuanto más lejos, mejor.

Se está incubando en la población de los países más desarrollados, sobre todo en Europa y en Estados Unidos, el temor al islam, y a los islámicos, quizá para que esos aterrorizados ciudadanos, algunos de ellos “de comunión diaria”, vean inevitable una nueva cruzada contra el enemigo exterior que amenaza “nuestra” civilización, “nuestra” libertad, “nuestra” religión, la única verdadera, por cierto, y “nuestro” modo de vida. ¿Se convocará, a poco que nos descuidemos, una nueva cruzada, que, conceptualmente, no es muy diferente de la jihad?.

Hay personas que difunden por las redes sociales mensajes de paz y amor pero, en la práctica, no los tienen en cuenta en sus actuaciones habituales

 


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